En su comparecencia para hacer balance de 2024, su “annus horribilis”, Sánchez ha pasado por alto los casos de corrupción que afectan a medio Gobierno, a la propia Moncloa, al fiscal general y a su mujer y su hermano. A pesar de las actuaciones de los tribunales y del Supremo, el presidente insiste en que se trata de un montaje de la ultraderecha, de meros bulos. Y respalda hasta el final a García Ortiz; “más que nunca” llegó a decir, a pesar de ser pillado por la Guardia Civil con las manos en su móvil para borrar las huellas del delito, siempre presuntamente.
Resulta impúdico escuchar el autobombo de Pedro Sánchez durante más de una hora. Como si en 2024 hubiera cumplido con todos sus compromisos políticos, cuando incluso se ha inhibido de actuar durante la dana, la mayor tragedia natural de la reciente historia de España. Toda su actuación se resume en una imagen, la de su tocata y fuga en Paiporta. La de un político cobarde, incapaz de enfrentarse a una catástrofe. Pero en su balance del año, Sánchez dibujó la España de 2024 como el país de las maravillas que nunca ha sido. Llegó a decir que nuestra nación había protagonizado la mejor gestión económica del mundo, que “había llevado la riqueza a todos” (que se lo pregunten a Ábalos, Koldo y Aldama). Olvidó, sin embargo, que nuestro país está a la cola de la UE en la tasa de pobreza y en la del paro.
Pedro Sánchez, en fin, se agarra a Puigdemont y al fiscal general del Estado para recuperar su mayoría parlamentaria y no ser arrumbado por la Justicia. Abrazado a ellos, intentará culminar la legislatura. Ocurre, sin embargo, que uno, como acaba de hacer, puede retirarle su apoyo parlamentario en cualquier momento y el otro, puede ser condenado por el Supremo. Pero así parece estar dispuesto a seguir hasta el final. Abrazado a un golpista que se chotea de él y a un fiscal a punto de ser condenado por revelación de secretos.