Opinión

Cómo mejorar la democracia

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 24 de diciembre de 2024

I- Nuestro pesimismo cuando analizamos el momento político español procede de que cada vez apreciamos una diferencia más irreductible entre la derecha conservadora y el Gobierno, de modo que los graves problemas que tenemos difícilmente pueden abordarse con posibilidades de éxito. Estas diferencias no son solo estratégicas, según se esté en el poder o en la oposición, o ideológicas, en torno a la discusión sobre el actual sistema social y político, que se trataría en un caso de mantener esencialmente y en otro de cambiarlo , caminando con mayor o menor decisión hacia un horizonte (de progreso, se dice) fundamentalmente diferente. El problema, tal como lo veo, es que ambos contendientes, la derecha y la izquierda, cuestionan en su comportamiento las mismas bases del sistema, su auténtica estructura, en el que se debe insertar necesariamente el conflicto entre ellas. Bien mirado, creo, tanto la derecha como la izquierda adoptan una actitud enemiga del modelo social y político que tenemos, apuntándose a una idea de la política que al final es incompatible con nuestra democracia constitucional.

II-¿Es que hay, me gustaría saber, algún cuidado por averiguar lo que en las diversas situaciones de la vida política exige la justicia, esto es, tratar de reparar en lo que demanda el bien común, el interés general, el bienestar del mayor número?. El objetivo de la política no debería estar relacionado sólo, con lo que hay que hacer para mantener o alcanzar el poder, sino, ante todo, en hallar lo que conviene a la comunidad; y el criterio para juzgar la actuación política debería ser la adecuación de la decisión tomada según esa referencia. Decía San Agustín que los gobiernos no son sino asociaciones de malhechores si se prescinde de la idea de la justicia.

Esta idea de la política nos lleva a una visión dialógica de la misma: lo que exija el bienestar de la ciudad, solo puede resultar de una discusión en la que la comunidad, a través de sus representantes, considera lo que conviene a todos. Discusión desarrollada además de acuerdo con determinadas pautas de razonabilidad, esto es, en publico y en libertad. Luce especialmente el carácter dialógico del pensamiento de Habermas: lo que garantiza la corrección de las posiciones políticas, (y de su plasmación normativa), es que las mismas han sido sometidas necesariamente al procedimiento discursivo, en el que se acepta que prevalecerá el argumento mejor fundado. Y sabiendo que las instituciones de representatividad deben ser completadas por lo que se ha llamado instituciones de la imparcialidad y la reflexividad (administraciones independientes y jurisdicción constitucional especialmente), que a su modo también pueden presentar las demandas de la comunidad.

III-A este planteamiento abierto y participado de la política le viene bien una actitud que huye como de la peste de dos enemigos de la idea racional de la misma. Estoy hablando del dogmatismo y la idea agonística-emocional de la confrontación.

La justificación de las libertades públicas en las democracias no tiene que ver solo con el respeto del ámbito de actuación personal que ellas suponen: nadie, en efecto, puede impedirme o dificultarme hablar o asociarme o manifestarme con quien quiera, sino con el aprecio a su relieve público, esto es, a la convicción generalizada de que sin el ejercicio de tales facultades la democracia es imposible. Es que no hay democracia sin libertad, sin el derecho a criticar a los gobernantes; es que sin ella no hay alternancia ni se garantiza el desempeño limitado, temporal y competencial, del poder. El suelo de la libertad consiste en el convencimiento de no existen títulos permanentes de dominio, reservados para alguien por sus especiales atribuciones, personales o de conocimiento.

El carácter abierto del debate en las sociedades democráticas, como su rasgo sobresaliente, solo ha sido posible a medida que se han producido la derrota del dogmatismo y la afirmación del relativismo, logros sin duda de la Reforma y la Ilustración; se ha reconocido el derecho de todos a participar en igualdad de condiciones en la discusión política, de acuerdo con los postulados de la Revolución; y se ha afirmado una visión optimista de la capacidad de la mayoría, típicamente liberal, observadas, según hemos visto, ciertas exigencias metódicas en la discusión. Como he recordado alguna vez, este modelo de debate libre y racional, que en el siglo xix alcanzó un nivel bien alto de calidad e imparcialidad, traslada del ámbito económico al espiritual las ideas fundamentales de la libertad y la igualdad en la concurrencia propias del mercado.

En fin, por tanto, la referencia intelectual de la democracia aparece ayuna de dogmatismo. Como hemos visto, la disposición de las mismas oportunidades de gobierno para todas las fuerzas políticas descansa en la asunción de la sustancial igualdad de las mismas para establecer lo que le conviene a la comunidad. Así la democracia no diferencia cualitativamente unas opciones de otras ni estimula el fervor en relación con alguna de ellas. Reposa sobre un cierto escepticismo y es reacia a las adhesiones inquebrantables o la descalificación. Se trata de la forma de gobierno más razonable que existe, en la que el horizonte no es la perpetuación en el poder sino la alternancia, y que, por consiguiente, resulta incompatible con la atribución de supuestas ventajas morales para ninguna fuerza contendiente. Este planteamiento, obvio es decirlo, no lleva en la vida política a la discusión encarnizada con el oponente, al que se desprecia, sino a la discrepancia civilizada con el adversario, con el que se dialoga y cuyos valores democráticos se comparten, después de todo.