“Nuestra gran referencia en España es la Constitución de 1978, su letra y su espíritu”, ha afirmado el Rey en su discurso de Navidad, tan moderado y transparente. Al subrayar como referencia política y social nuestra Carta Magna, Felipe VI ha tenido el acierto de aludir junto a la letra constitucional, el espíritu que la informó. Frente a la España de las tres guerras civiles del siglo XIX; frente a la España de la atroz guerra civil del siglo XX; frente a las dos Españas a garrotazos del cuadro de Goya, Felipe VI ha subrayado el espíritu que informó la Transición, es decir, la concordia y la conciliación entre los españoles.
Al superar la larga dictadura derivada de la guerra incivil de 1936, España recuperó el lugar que le corresponde en el concierto internacional incorporándose a la Unión Europea, porque la idea de Europa, conforme a las palabras del Rey, “es una parte esencial de nuestra identidad compartida”.
Aludió el Monarca en su discurso a los grandes problemas de nuestro tiempo: las crisis climáticas, el precio disparatado de la vivienda en nuestra nación, la dificultad creciente para el diálogo, la realidad migratoria. Apeló a la “serenidad en la esfera política y en la vida privada” y proclamó “el reconocimiento de la dignidad que todo ser humano merece” y también “la firmeza que requiere la lucha contra las redes y las mafias que trafican con personas”.
Como es lógico, el Rey se refirió, con la extensión obligada, a la tragedia tremenda con que la gota fría, la dana devastadora, asoló la región valenciana y territorios adyacentes. Reclamó que se atiendan “las demandas de una coordinación mayor y más eficaz de las administraciones”.
Felipe VI habló ante las cámaras con la vocalización precisa y el ademán adecuado que se exige a los profesionales de la televisión. En el marco histórico del Palacio Real, sus palabras acentuaron una vez más la gran virtud de la Corona en la Monarquía parlamentaria, en la Monarquía de todos: la neutralidad que debe caracterizar la acción de la Jefatura del Estado.