Opinión

Jubileaum A. D. 2025

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 26 de diciembre de 2024
¡Albricias! ¡por fin! ha llegado el Año Jubilar ordinario, el Año Santo 2025 también denominado como Año Santo Jubilar en el seno de la Iglesia católica, puntual y fiel heredero de la tradición iniciada en el año 1300 bajo los auspicios del papa Bonifacio VIII con puntuales reminiscencias bíblicas (Lev. 25, 1-19) y que por la bula emitida en 1470 se verifica cada 25 años, siendo el primero así, el correspondiente a 1475. Se trata de un año de gracia que marca su esperanzado inicio abriéndose la Puerta Santa de la basílica patriarcal vaticana por el sumo pontífice romano, traspasándola, materializando la sentencia bíblica del Santo Evangelio según San Juan: “Yo soy la puerta; si uno entra por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto (Jn. 10. 1-10)”. Visto de frente el sagrado recinto de la colina vaticana, se ubica ese quinto pórtico a la derecha y es de menor tamaño respecto a los otros cuatro que posee, mandado construir por Alejandro VI, el papa Borgia, con motivo del Jubileo del año 1500. ¡Loor a Dios!

El Jubileo 2025 convocado por la bula Spes non confundit –La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)– cuya divisa es «Peregrinos de Esperanza», transcurrirá del 24 de diciembre de 2024 al 6 de enero de 2026, como fiel calca del plazo concedido al Gran Jubileo del año 2000 convocado por San Juan Pablo II en su carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, colocándolo lo más próximo a la principal solemnidad cercana al año nuevo, que corresponde a la Pascua de la Natividad.

El papa Francisco apunta: “Ahora ha llegado el momento de un nuevo Jubileo, para abrir de par en par la Puerta Santa una vez más y ofrecer la experiencia viva del amor de Dios, que suscita en el corazón la esperanza cierta de la salvación en Cristo. Y advierte que es una antesala de una fecha fundamental: 2033, bimilenario de la Redención. Y manifiesta: “Nos encontramos así frente a un itinerario marcado por grandes etapas, en las que la gracia de Dios precede y acompaña al pueblo que camina entusiasta en la fe, diligente en la caridad y perseverante en la esperanza”. La estrofa final del Himno del Jubileo 2025, canta: “3. Una senda tienes por delante, paso firme, Dios sale a tu encuentro. Mira al Hijo que se ha hecho hombre para todos, él es el camino”. Regocijémonos de esta singularísima oportunidad para ganar el Jubileo.

La historia jubilar de la Iglesia es harto interesante y no debe confundirse el Jubileo con un año sabático. Entraña ser más sagrado que aquel otro. Partiendo de Roma como referente y piedra toral, instaurados en 1300 a verificarse los Jubileos ordinarios cada cien años, después se dispuso en 1342 que se repitiesen cada 50 años, con 1350 en la mira. Después, en 1389 se redujo la espera a 33 años, inspirándose en los años terrenales totales de la vida de Cristo. Y en 1470 se determinó el actual intervalo de 25 años, eso sin contar con los Años Santos extraordinarios y, desde luego, otras modalidades como son el Año Santo Xacobeo (d. 1126, el decano de tales) el Guadalupano en México y otros de diversa importancia, materia y jerarquía, motivados invariablemente por efemérides religiosas de gran envergadura. No pudieron celebrarse los jubileos de 1800 y de 1850 por diversos avatares y es verdad que se ha echado mano del rango extraordinario, tal vez en exceso, de manera más recurrente en la centuria precedente. No sé si hacerlo erosiona la idea de plenitud y espera que fortifica su eficacia y su trascendencia, ajándolas, pues, acaso, tan seguido frivoliza su quintaesencia, viéndoles a esos años santos extraordinarios como boletos facilones al Cielo y no debieran plantearse así. Quizá.

Revestido con sus rememoraciones bíblicas, un año jubilar es de gran importancia para la Iglesia. Representa un momento significativo de reestructuración, reflexión y relanzamiento de la fe. De conversión. A ello mueve. Ahora bien, no resulta ocioso interpelarnos: ¿qué significado puede tener en el mundo moderno, un año jubilar? ¿cuál es su repercusión? esta significativa tradición de origen hebraica que se marca atronadoramente con un jobel llamando a ese impasse transmutando a un año de gracia que favorece alcanzar la indulgencia plenaria, consiguiéndola con la suma de actos de contricción, cumplimiento de ciertos preceptos religiosos y rituales externos e internos ¿qué nos dice? En los tiempos bíblicos suponía un periodo de receso, de introspección, de perdón y enmienda a cambio de obtener la gracia divina, por tratarse de un año que reconfortaba al pueblo elegido. El catolicismo lo proyecta a la Humanidad como un tender la mano y a los creyentes y practicantes muy específicamente, propone dotarlos de ese estado de gracia divina especial siguiendo los lineamientos marcados por la Santa Madre Iglesia, justo para este año jubilar que recién inicia y que va por encima de estos tiempos modernos, convulsos y descreídos, tornando ganar el Jubileo como cosa exultante en caso de conseguirlo, robusteciendo la fe. Abrir en la Tierra la Puerta Santa es abrirla en los Cielos invitando a entrar, arrepentidos y aliviados.

Un Jubileo guarnecido de atenientes de luenga tradición vivifica ideas tales como liberación, indulto, perdón, absolución, pausa, meditación, retribución, retroacción en el sentido de dar marcha atrás a acciones equívocas y así encamina a la obtención de la gracia, vía una indulgencia plenaria jubilar. Es un tiempo reclamante y rebullante de las conciencias buscando enmendar conductas mejorando nuestra propia existencia terrenal y no solo la divina. Un Año Santo supone reafirmar la fe, enderezar, rectificar, purificar comportamientos y agradecer los dones divinos y sus efectos. ¿Los fieles están completamente conscientes de ello? ¿acaso solo siguen rituales por seguirlos y atravesar la Puerta Santa, verbigracia, solo es eso, una suerte de acto superficial, vacuo, de no respaldarse con todos los verbos enunciados previamente? Se corre el riesgo de que así sea. Allí subyace el equívoco frente al año jubilar y relativizarlo. No es ponerse místicos.

Hace muchos lustros a una colega judía, pregunté: “¿todo lo que pasa será porque Dios está enojado con nosotros?” y me respondió en ese clásico revire de carácter judáico que mucho aprecio, yo abierto a otras ideas: “bueno… es que no le hemos dado motivos para que esté contento”. El Año Santo es un año para reconciliarnos con Dios, si cabe corregir lo corregible. Es una oportunidad, siempre. No es cosa menor ganar la gracia divina con una indulgencia plenaria propia de un Jubileo y es un motivo de reconforte y anhelo espiritual. En el de 2025 se pone particular interés en las formas prescritas para ganar la indulgencia plenaria y al capítulo especial en sufragio de los difuntos.

Ya se sabe que entre los signos externos se encuentra el peregrinaje a Roma, pero es verdad que el Papa ha dispuesto que se prodigue alcanzar el Jubileo desde ciertos determinados centros de culto. Para el caso mexicano, muy concretamente, pero no solo, la santa iglesia catedral metropolitana de la Ciudad de México o la basílica de la Virgen de Guadalupe, cuyo inicio abriendo sus respectivas Puertas Santas, se verificará el domingo 29 y así hasta el 28 de diciembre de 2025, como mandata la bula pontificia ya citada.

Hace ya 25 años que San Juan Pablo II abrió el Gran Jubileo del año 2000. Recuerdo con afecto a un apreciado directivo salesiano expresándome hacia 1996, después de consultarle acerca de la naturaleza del Año Santo y recién llegado de Roma encontrándose su orden con el Papa, que, pese a su avanzada edad, el Vicario de Cristo estaba convencido de que conduciría a la Iglesia hacia ese tercer milenio y lo consiguió. Tuve muy presentes sus palabras aquella Nochebuena de 1999, cuando al polaco lo vimos impulsar hacia adelante las hojas de la Puerta Santa. Ahora toca al papa Francisco conducir a la Iglesia por este nuevo Jubileo ordinario. El primero de un papa latinoamericano. Magnífica su decisión de integrar una Puerta Santa en la prisión de Rebbibia. Incluyente, sin duda. ¡Grande el Santo Padre!

Me entusiama esta nueva oportunidad y al mismo tiempo, me deja azorado que se han ido otros 25 años. Volando, igual que los años previos de preparación espiritual. Mis votos en sufragio de que los más posibles, consigan ganar el Jubileo. En tanto, a ustedes, muy apreciados lectores en ambos hemisferios, envío mis parabienes por el nuevo año que inicia y ya descuella en el horizonte, agradecido de corazón con El Imparcial y a ustedes por el favor de su infaltable atención a esta columna un año más. Felicidades.