Opinión

Dalmacio Negro (1931-2024)

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 26 de diciembre de 2024

Cuando yo era un estudiante joven en busca de orientación pude encontrar un pequeño número de sabios que representaban modelos de magnanimidad y erudición, representantes de una sabiduría que había permeado sus vidas más allá de una academia que anunciaba la ruina que hoy sufre. La reducción del saber a la escala del sistema tecnocientífico iba anquilosando la práctica de la filosofía y enrareciendo la atmósfera universitaria con la difusión de una degradada ideología. Encontraba, como he dicho, un número muy escaso de maestros que no voy a enumerar. Con el fallecimiento de Dalmacio Negro, todos ellos han desaparecido.

A Dalmacio Negro tardé en reconocerlo como el maestro que es porque le conocí tarde y mal, aunque recuerdo haber tenido en mis manos el programa de un seminario que impartía en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense al que hubiera asistido, si mi horario de trabajo no me lo hubiera impedido. No pudo ser y pasaron años antes de encontrarme con una obra deslumbrante y sutil. Recuerdo que mi interés por el positivismo de Comte fue la ocasión para mi primera aproximación. Bastaron unas pocas páginas para reconocer la dimensión de aquel autor cuyo rastro, aunque perdido, nunca había olvidado.

Cuando Gustavo Bueno falleció en 2016 recuerdo haber pensado que sólo quedaba uno de la ya vieja lista de figuras que habían poblado mi horizonte juvenil. De ahí que hoy sienta una profunda soledad. Sé que sus obras alentarán un diálogo interminable y que hay herederos de su trabajo que lo prolongarán. Esto debería paliar esa soledad, pero hay un elemento en la viva voz y en la enseñanza oral que no aporta un maestro ex lectione. A Bueno lo escuché en numerosas ocasiones. No, desde luego, en el trato personal y cotidiano de los discípulos que nutren su escuela. Mi relación con Dalmacio Negro es todavía más remota, aunque me siento orgulloso de la amistad de alguno de sus discípulos. No puedo decir que yo lo sea de ninguno de ellos, no son mis maestros. La relación de magisterio es fundamental en la definición de un filósofo y de ahí que yo no merezca tan honorable título.

Una de las últimas ocasiones perdidas de encontrarme con D. Dalmacio fue la presentación de “El gran heterodoxo”, libro extraordinario de Agapito Maestre en torno a la figura de Marcelino Menéndez Pelayo que sirvió para reunir a estos dos nombres excepcionales del terreno de la filosofía política que me han sido y me son especialmente próximos. Admirables ambos, siempre he sentido que el liberalismo escéptico de Agapito inhibe la formación de una escuela, aunque pudiera dar de sí algo mayor y de otra escala.

En cualquier caso, carezco de la acreditación requerida para entonar la loa de la vida y la obra de Dalmacio Negro. Ya escucho el reproche: ¿entonces a qué viene esta página?

Hace algunos años recibí, para mi sorpresa, una invitación para participar en un curso de verano en la ciudad de Cartagena. Era un honor inesperado e inmerecido que acepté de inmediato. Apenas pensé en mi falta de acreditación, soberbiamente seguro de que tenía algo que decir. Como estaría presente mi más querido y admirado profesor, la figura más próxima a la de un maestro que yo había podido disfrutar, la invitación me llenó de alegría. Supe después que también estaría presente Dalmacio Negro. No diré que me arrepentí de mi temeraria aceptación, pero me conozco y temí verdaderamente manifestar mi ignorancia ante su enorme figura.

La Providencia me reservaba otra sorpresa. No recuerdo con exactitud la fecha, pero sí que viajaría a una hora tardía la noche anterior al inicio de aquel breve curso y que me dijeron que esa hora era perfecta para llevar a Dalmacio Negro. Me sentí inmediatamente abrumado. Limpié mi viejo vehículo para dejarlo presentable e hice lo que pude con mi persona. Resultó que esa noche se presentó uno de esos temibles aguaceros que asolan el Levante de vez en cuando. Dalmacio Negro insistía en que viajáramos en todo caso, abominaba de los meteorólogos y no dudaba de que las noticias dibujaban el paisaje excesivamente sombrío. Finalmente logré convencerle. Saldríamos temprano la mañana siguiente y me alegré de no haber intentado el viaje la noche previa.

Fue la mañana de mi primer encuentro con su persona. Llegué temprano a su domicilio, a la espera de hallar al sabio, cuyos merecidos honores me parecían insuficientes, al admirado pensador de la cosa política. Encontré a una persona sin rastro de glorias mundanas que no necesitó abrir la boca para presentarse como un viejo católico a carta cabal. No diré más, salvo que en las horas de aquel viaje se despertó en mi un afecto profundo a aquel hombre, de ojos casi rasgados, voz matizada por los años y una pausada alegría de vivir. Las anécdotas no son para este lugar, pese a que darían idea de la profundidad de un espíritu abismal pero soberanamente cálido. La amistad exige simetría y entre D. Dalmacio y un servidor sólo la habrá cuando me toque atravesar la última frontera, pero diré que guardo hacia su persona un cariño entrañado y profundo. Nunca me atreví a perturbarle con mis ideícas y apenas volví a verle. Hace unas semanas asistí, sin embargo, a un homenaje en el que participaba. Tras el mismo quise saludar al gran hombre que me recibió, otra vez, con el alma abierta y con una inmediata cordialidad que hacía caer todas las barreras, que son muchas en mi caso. Como si se acabara de bajar de mi viejo automóvil, tras aquel accidentado viaje hacia un levante anegado. Dalmacio Negro era el mayor filósofo político de nuestro tiempo, pero era – por decirlo con una imagen que no me pertenece – más grande por dentro que por fuera.