No es de menor importancia la costumbre de cambiar de calendario una vez transcurridos los doce meses de rigor. Con ello vuelven los retos, ya saben, la parte contratante de la primera parte de cuantos deseos y demás jeringonzas que nos marcamos como modelo de lo que somos, lo que representamos e incluso por lo que nos guiamos. En definitiva, el nuevo anuario nos invita a redimirnos de los intentos fallidos del pasado para imponernos grandes gestas, si no a perpetuidad, sí a recibir a porta gayola lo que salga, ya sea correr la maratón de Nueva York, aprender maorí o coronar el Annapurna en salto de cama. Lo demás es pura existencia y destino.
Si con la ingesta de doce uvas uno ha de pasar por el ojo de una aguja para sentirse nuevo, renovado o mejor persona, me río y me parto. En cierta ocasión un monje tibetano me dijo que lo más esencial en el ser humano no estaba en el cambio de calendario, sino en la reencarnación. Un servidor le respondió que eso estaba bien siempre que el resurgimiento no lo fuera en forma de ñu africano; ya saben, esos mamíferos que tan solo se limitan a hacer la sabana ofreciendo su cuerpo al mejor postor. Si hay leones, se almuerzan con ñu. Si hay cocodrilos, ñu para la merienda. Si el comensal es un leopardo, ñu para la cena; de manera que a uno se le quitan las ganas de una segunda oportunidad.
Y luego viene el tema de los deseos. Primero, con lo de salir y entrar: “Feliz salida y mejor entrada”. Me suena como a puertas giratorias o algo parecido. Lo entendería, por decir algo, con ese medio quiebro al entrar o salir del vagón del metro; pero llevarlo al punto de hacerlo con quien te cruzas en plena vía pública, en el ascensor de casa, en el supermercado, en la consulta del dentista o estando en el WC con desarreglo intestinal de por medio y que te llamen al móvil para soltarte el deseo: “Feliz salida y entrada”, a mí se me antoja algo raro, como fuera de lugar.
La verdad es que se comienza con mucho ímpetu con lo de: “Feliz Año Nuevo” y, a medida del transcurrir de los días, la cosa va perdiendo sonoridad. Creo que debería estar regulada por ley la vigencia de este soniquete, porque hay quienes a mediados de febrero, incluso por marzo, te felicitan el año en curso. Insólito porque en febrero busca la sombra el perro, a finales que no a primeros; y en marzo quien no haya podado se ha quedado atrasado. Ya me dirán ustedes qué pinta lo del nuevo año.
Como todo en esta vida se reencarna, al decir del monje, y aquí sí le doy la razón, la tarjeta de crédito lo hace en forma de hija de Satanás. Dos meses después de haberte comido aquel txangurro a la donostiarra y demás gollerías navideñas, compruebas cómo comienza la disfunción eréctil de la cuenta bancaria, y lo peor no es eso, es que no consigues recordar a qué obedece tanto vaivén. Sin embargo, no todo es tan malo si has sido previsor; es decir, tres meses antes de los fastos consumistas puedes comprar de todo, incluidos los regalos de Navidad y Reyes, con un sustancial ahorro. Eso sí, hay que congelar lo que compres; da igual que sea un rodaballo que los calcetines para el abuelo o la chaqueta de perlé para la abuela.
En fin, que ustedes tengan una feliz salud 2025.