Opinión

Instalados en lo irreal, olvidados de lo importante

TRIBUNA

Fernando Maura | Viernes 03 de enero de 2025

En la última película del director italiano Paolo Sorrentino (Parthenope), un profesor de antropología considera que las gentes de su ciudad (Nápoles) se han instalado en lo irreal y se han olvidado de lo importante.

No constituyen elementos contrarios la irrealidad y lo que de verdad importa. Pero habrá que convenir en que el escapismo respecto de la comprensión de lo que pasa -lo que es real- nos hace más fácil tarea el olvido de lo principal.

Este final del año 2024 -en anuncio premonitorio de lo que nos traerá el próximo- nos permite advertir en los telediarios las imágenes de políticos, comisionistas, parientes de un señalado responsable institucional… presuntamente corruptos, desfilando hacia los tribunales. Muchos ciudadanos españoles observamos así, con un punto de satisfacción, que la justicia -aun lenta, por garantista- funciona, y que algunos de los procesados serán condenados después de una larga causa a las correspondientes penas previstas en nuestras leyes.

Un espectáculo ambulatorio que no deja de ser real. Pero más cierto y real todavía será, andando el tiempo, el resultado de estos recorridos judiciales. Pondré algunos ejemplos: que ninguno de los procesados por los ERE en Andalucía -más de 150 millones de euros de estafa, ¿recuerdan?- sigue en prisión dos años después de entrar en ella; una situación de perdón político a los corruptos que palidece si advertimos que más de un centenar de los participantes en el fallido golpe de estado provocado por el proceso soberanista en Cataluña se ha visto beneficiado por la ley de amnistía o por los indultos otorgados por el gobierno, ítem más, el traslado de presos etarras a cárceles del País Vasco y Navarra -todos-, la concesión de terceros grados -80-, las libertades condicionales -más de 20- o la aplicación del art. 100.2 del Reglamento Penitenciario que autoriza las salidas privadas de los presos, a lo que es preciso añadir el impresentable caso del descuento del tiempo pasado por algunos etarras en las cárceles francesas en una añagaza parlamentaria que pasó desapercibida a la oposición.

Habrá quien piense -creo que con ingenuidad- que “esas cosas sólo las hace Sánchez”-. Permítanme que abrigue serias dudas en relación con ese aserto. Las recientes declaraciones de Núñez Feijóo defendiendo como pacto lo que bien pudiera presentar como una coincidencia -el voto del PP y de Junts en contra de los llamados “impuestazos”- prejuzga un dilatado camino de negociaciones con un partido dirigido por un prófugo de la justicia. No sería de extrañar que un gobierno presidido por este dirigente popular condonara un día la pena de casi cinco años impuesta a Rodrigo Rato, por aquello de no ser menos que los contrarios.

Parece evidente que los delitos cometidos por políticos -o terroristas blanqueados por políticos- serían calificables como de “guante blanco”, a diferencia de los producidos por las gentes comunes y corrientes. Y eso resulta más “real” que el espectáculo de quienes entran y salen de los juzgados. Siempre habrá quien acuda al rescate cuando el calvario judicial concluya.

Y si esa es la realidad, y lo irreal el espectáculo que estamos presenciando, ¿dónde queda y qué es lo importante?

No es fácil la respuesta a esa cuestión. Pero tengo para mí que se encuentra muy cerca del acertado discurso de Navidad que nos dedicaba S.M. el Rey, y que por cierto ha sido contestado con el silencio de Vox -seguramente por considerarlo como una oración poco firme-, y por las adhesiones cínicas de los partidos mayoritarios que ya han vuelto por donde solían. En especial el partido del gobierno, que ya ha anunciado su deseo de que Don Felipe presida alguno de los 100 actos que pretende organizar con ocasión del 50º aniversario del fallecimiento del dictador.

Más allá de lo que podrían resultar las cuestiones más específicas del discurso -la inmigración, la vivienda…-, subrayaría Felipe VI la importancia del consenso como pilar fundamental de la democracia española contenida en la Constitución de 1978. Y no sólo del resultado del pacto, como si la virtualidad del acuerdo se situara solamente en la adecuación de lo acordado. Porque los pactos no siempre conducen a los resultados pretendidos. Es importante -lo dijo el Rey- valorar el consenso como procedimiento, como sistema de trabajo.

Quizás el cultivo de ese recurso no vuelva más divertida esta democracia-espectáculo que en España estamos experimentando, que la haga más aburrida. Pero yo tengo más nostalgia de lo que un día fueran las tediosas democracias del norte de Europa, donde apenas ocurría nada, en las que los políticos corruptos dimitían (en algunas dimiten, véase el caso del actual presidente de la Comisión Europea, António Costa, que dimitía antes como primer ministro de Portugal después de ser investigado por la fiscalía de su país), y las condenas se cumplen, y en las que los partidos están de acuerdo en las cuestiones fundamentales.

Puso en valor también el Rey la importancia de la solidaridad de los españoles ante la catástrofe humanitaria de la Dana, la firmeza de un pueblo que limpia el barro y ayuda a sus semejantes, la implicación de las gentes que saben bajar al ruedo dispuestas a implicarse en la tarea y dejando para otro momento su condición de espectadores.

Lo irreal sería entonces, en el caso español, la fiesta, la diversión o el comentario -agrio o cómico- ante las corruptelas políticas. Lo importante estaría en abandonar la condición de público para convertirse en agentes del cambio que el país demanda.

Al igual que el profesor de antropología de la película de Sorrentino recomendaría seguramente a sus vecinos napolitanos: que en lugar de extasiarse con la eventual explosión volcánica del Vesubio se apresten a combatir sus vertidos de lava.