Cultura

Los cien metros libres: vida y milagros de la Escuela de Cine (1947-1976)

EXPOSICIÓN

José Manuel López Marañón | Sábado 04 de enero de 2025

Esta exposición sobre la Escuela de Cine (que abarca desde su fundación hasta el cierre) puede visitarse –de forma gratuita– hasta el 27 de abril en la Filmoteca Española (calle Magdalena, 10·28012 Madrid; Metro: Antón Martín –Línea 1–; Autobús: 6, 26 y 32). De miércoles a viernes el horario es de 15:00 a 20:00. Sábados y domingos de 12:30 a 20:00. Los sábados, a las 12:30, hay visitas guiadas, muy bien llevadas por la mediadora cultural y actriz de teatro Claudia Guijarro, secundada por la también mediadora cultural Erika Gómez.

Lo primero que sorprenderá a los visitantes más jóvenes de esta completa y magnífica exposición es descubrir cómo se enseñaba cine en aquella España cuya doctrina nacional-católica impregnaba la vida social y cultural del país. Heredera de los métodos pedagógicos de la disuelta Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos, la Escuela de Cine supuso un paréntesis de libertad en la oscuridad del franquismo.

Las escuelas estatales de cine proliferaron durante la primera mitad del siglo XX en Europa. La de Moscú abrió sus puertas en 1919 y en ella estudiaron, y fueron luego profesores, talentos de la envergadura de Einsenstein y Pudovkin. No solo el comunismo vislumbró el poder mediático del cine, también la Italia de Mussolini creó en 1935 el Centro Sperimentale di Cinematografia en el que pronto fermentaron las ideas del neorrealismo (allí estudiaron, entre otros, Michelangelo Antonioni, Claudia Cardinale, Marco Bellochio o Vittorio Storaro).

Creada para renovar los cuadros profesionales del cine español, la Escuela de Cine formó a la mayoría de cineastas españoles importantes durante la segunda mitad del pasado siglo. En las tres décadas que permaneció abierta nunca decreció el irresistible atractivo que esta carrera despertaba entre quienes estaban llamados a engrosar las élites culturales de nuestro país.

La Escuela tuvo tres ubicaciones en Madrid. En la Escuela de Ingenieros Industriales se creó (en 1945) el primer centro español dedicado exclusivamente a la enseñanza cinematográfica: el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (IIEC). En 1960 el Instituto se trasladó a un palacete de la calle Montesquinza y es en esta sede donde la ya Escuela Oficial de Cine (EOC) vivió su particular edad dorada.

En 1968 la EOC se va a un edificio de la Dehesa de la Villa. La mejora resulta notable desde un punto de vista de instalaciones y tecnología, pero es obvio que, instalándolos en las afueras, se pretende aislar a los alumnos de cine y así evitar su participación en aquellas violentas revueltas estudiantiles del final de la década. Esta tensión con el poder fue causa principal para que Juan Julio Baena, último director de la Escuela, diseñara el cierre de una institución que se había convertido en un «nido de rojos» y que se hará efectivo en 1976.

Aunque es conocida fundamentalmente porque en sus aulas se formaron grandes directores, en la Escuela de Cine también estudiaron muchos otros profesionales del cine español. De hecho, su plan de estudios contemplaba ocho especialidades: Dirección, Producción, Decoración, Interpretación, Guion, Cámaras, Sonido y Técnica de laboratorio. La Escuela ofrecía otros servicios como Platós, Decoración y Carpintería, Cámaras, Sala de Montaje, Laboratorio, Proyecciones / Cine club, Biblioteca y Publicaciones.


Cámara Arriflex 35 mm de la EOC

Durante el primer año de vida del centro a las mujeres solo se les permitía matricularse en las especialidades de Interpretación y Decoración. Afortunadamente, esta limitación fue revertida por el segundo plan de estudios y a partir de 1948 pudieron acceder a todas las especialidades, si bien su presencia en la Escuela siempre era marginal: de los 1.515 estudiantes que lograron ingresar solo 180 fueron mujeres.

Algunas actrices tuvieron carreras consistentes dentro del IIEC-EOC a fuerza de intervenir en las prácticas, y también porque fueron capaces de construir un tipo de personaje característico y reconocible. Concha Gómez Conde, María Elena Flores, Mercedes Juste, Julia Peña o Victoria Vera crearon personajes femeninos que poco tenían que ver con el modelo que fomentaba el régimen. Mujeres fuertes, desprejuiciadas e incluso desafiantes…

En nuestra visita guiada a LOS CIEN METROS LIBRES tuvimos la fortuna de encontrarnos con Ana María Morales, ex alumna de la Escuela Oficial de Cine. No tan famosa como su hermana Gracita, Ana María estudió interpretación y trabajó en películas importantes como Doña Rosita la soltera (Antonio Artero, 1965); La querida (Fernando Fernán Gómez, 1976); y en títulos de Pedro Lazaga y Mariano Ozores. Fue además esposa de Francisco Molero, productor que en 1964 promovió dos emblemáticas obras maestras de nuestro cine: La tía Tula (Miguel Ángel Picazo) y El extraño viaje (Fernando Fernán Gómez).

Con Ana María Morales

Pero lo verdaderamente milagroso de aquella Escuela era la posibilidad de rodar un número nada despreciable de prácticas. Filmar películas en los tres cursos en que se dividía el plan de estudios fue una grandísima oportunidad de aprendizaje y había alumnos que voluntariamente repetían curso para seguir engordando su filmografía escolar. Aquellos metros de celuloide permitían que en algunos trabajos aflorasen discursos de oposición al régimen (la desnudez pasó a ser un tabú no siempre respetado).

Los centenares de cortos rodados dialogan con las corrientes más en boga del panorama internacional, el Neorrealismo primero y la Nouvelle Vague y el cine pop después. Late siempre el deseo de escapar de una realidad hostil y deprimente que se representa a través del motivo recurrente de alguien corriendo mientras le persigue la autoridad: curas, guardias, militares. Un poco a la manera del Antoine Doinel de Los 400 golpes (François Truffaut, 1959).

Entre 1960 y 1966, gracias a una iniciativa del director José Luis Sáenz de Heredia, se proyectaba una selección de las prácticas de licenciatura del año anterior. A esas sesiones, celebradas en una sala de la Gran Vía con gran aforo, asistían personalidades del cine español, autoridades y medios de comunicación. El objetivo era dar a conocer los trabajos que realizaban los alumnos para facilitar así su desembarco en el cine profesional. Esta estrategia de visibilidad dio fruto: en todos los cursos celebrados con anterioridad al último de 1962-1963 se habían incorporado a la profesión 47 titulados de todas las especialidades; solo en el curso 1962-63 lo hicieron 37 (9 directores entre ellos respecto a los 6 de todo el largo período anterior).

La deuda del cine español de la segunda mitad del siglo XX con la Escuela es impresionante. Sin el concurso de sus directores, productores, intérpretes, directores artísticos, guionistas, directores de fotografía, técnicos de sonido y laboratorio que se formaron en el IIEC-EOC, el cine español hubiera sido otro.

La EOC vive en los años sesenta su particular edad dorada. Las excelentes prácticas de licenciatura que firman los miembros del grupo bautizado como el «Cabo de Buena Esperanza» (Martín Patino, Summers, Picazo y Borau) y su exitoso desembarco en el cine profesional de la mano de productoras como Surco Films y Eco Films son muestra de una esmerada y rigurosa enseñanza.

Grupo «Cabo de Buena Esperanza». De izquierda a derecha: Francisco Prósper, Basilio Martín Patino, Manuel Summers, Miguel Picazo y José Luis Borau.

En la última etapa de la Escuela Oficial de Cine tenemos dos generaciones de cineastas cuya aportación resulta clave para entender el democrático cine de la Transición. Por un lado el «grupo donostiarra», llamado así por el origen vasco de muchos de sus integrantes: Antonio Eceiza, Santiago San Miguel, José Luis Egea, y, por encima de todos, el vizcaíno Víctor Erice.

Cineastas de la Escuela Oficial de Cine. En la fila de arriba: José Ayllón, Jesús García de Dueñas, Ramón Masats, Carlos Saura, «Pirigo», Víctor Erice y Juan Antonio Porto. En la fila de abajo: Wilhen Ziener, Santiago Sanmiguel, Mario Camus, Angelino Fons, Pedro Olea y Mario Gómez Martín.

Y luego está un grupo más difuso llamado «la generación de Argüelles», que tiene en Iván Zulueta, Jaime Chávarri, Antonio Drove y Fernando Méndez-Leite sus más sobresalientes figuras. Estos directores fueron los encargados de abrir la ventana por la que se colaba una refrescante bocanada de aire anglosajón que teñía con los colores del pop esa España de grises matices.

Rodaje de «Un, dos, tres… al escondite inglés» (Iván Zulueta, 1969). De izquierda a derecha: Antonio Drove, Mercedes Juste, Jaime Chávarri (coguionista), Iván Zulueta (director) y Teo Escamilla (cámara).

De la última promoción de la EOC forman parte Imanol Uribe, Fernando Colomo, Javier Aguirresarobe, Juan Antonio Ruiz Anchía, Miguel Ángel Díez y Carlos Pumares.

En 1971 se interrumpe la admisión de alumnos y se decreta el cierre de la Escuela Oficial de Cine, que seguirá operativa hasta que se licencie el último de los alumnos matriculado ese año.

1973 es el año del estreno de El espíritu de la colmena, película que sintetiza lo mejor que se ha hecho en el cine español y en donde se percibe con claridad las huellas de los debates, enseñanzas y preocupaciones formales de tantos alumnos de la Escuela de Cine.

En 1975 se estrena Furtivos. Con guion de dos exalumnos de la EOC, Manuel Gutiérrez Aragón y José Luis Borau, la película está dirigida por este último.

El espíritu de la colmena y Furtivos ganan (en 1973 y 1975) la Concha de Oro a la mejor película en el Festival de Cine de San Sebastián.

En 1976 Jaime Chávarri estrena El desencanto y el cine español, ya sin Franco, afianza su etapa de despegue nacional e internacional.


Mercedes García Granizo, directora de la Biblioteca de Alovera y factótum de este trabajo; Erika Gómez Heredero, mediadora cultural y guía de la exposición; y José Manuel López Marañón, autor de este reportaje.