Opinión

Decoro

José Lasaga | Miércoles 06 de febrero de 2008
En los años treinta, Carl Smith convirtió en categorías políticas los términos "amigo" y "enemigo". Con más discreción y menos éxito, Ortega y Gasset, intentó lo mismo con otro vocablo cuyo campo semántico tampoco cae del lado de la cosa pública. Me refiero a la palabra que me sirve para titular esta nota: decoro. Según una de sus etimologías (Corominas), viene de 'decere' y significa lo que conviene y está bien. Cuando en el teatro los actores hacían bien sus papeles se solía decir que su interpretación había sido "decorosa".


Actualmente es el nombre de una virtud privada que significa el estilo correcto de hacer las cosas, asumir, por ejemplo, una obligación con delicadeza, atender a un favor que nos es solicitado sin énfasis innecesarios, desarrollar nuestra tarea sin adornos, etc. Es evidente que se trata de una virtud menor, más bien formal, cuya línea de máximos es la elegancia -que el mismo Ortega emparentó con la magnanimidad aristotélica y situó en el ápice de sus preferencias morales- y su opuesto lo chabacano.


Pero, ¿qué puede significar el decoro como virtud en la vida pública? Pues asumiría, según Ortega, la función de determinar el estilo del Estado: lo que conviene y es decente en el comportamiento de las personas que lo encarnan. Remite esta idea del "decoro del Estado" a un régimen de respetabilidad y autoexigencia, de prestigio y fuerza moral. Si el problema de las democracias es la corrupción -y no sólo la económica: burlar a y hacer fraude de la ley también es corrupción- su mejor antídoto es el decoro en los servidores del Estado. Ello ocurre cuando los poderes públicos no se ponen al servicio de la parte, sea un individuo, una familia o un partido.

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