Opinión

Las nuevas narrativas

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Sábado 11 de enero de 2025
Acabo de ver un vídeo en el que el urticante filósofo Jesús G. Maestro destroza, sin piedad, la poética de “Y su barco se llamó libertad” de José Luis Perales, una canción a la que algunos ven ramalazos de alta literatura. Maestro la compara con La canción del pirata de Espronceda, y el contraste es, por decirlo suavemente, abismal. Mientras Espronceda nos lleva con versos repletos de imágenes efectivas al corazón de la rebeldía romántica, Perales ofrece una metáfora algo endeble que, como apunta Maestro, resulta superficial y desprovista de la fuerza poética que reclama el lenguaje de la libertad. Se marchó, ¿a dónde?, ¿qué vió? Gaviotas. ¿Qué hizo luego?, volvió… en realidad esta letra gana mucho con la fuerza emotiva de la música y la voz de Perales. Es un himno, es cierto. Quizás sea demasiado retorcido ir más allá, pero una de mis labores como columnista es la de hacerles pensar. Vamos a ello.

Las batallas culturales se ganan mediante pequeñas escaramuzas narrativas, pero, ¿qué es la narrativa? Ricoeur, en su obra Tiempo y narración (Temps et récit, 1983-1985), desarrolla una teoría sobre ella que se centra en cómo los relatos estructuran nuestra experiencia. Al narrar, construimos un "mundo" coherente donde el pasado, el presente y el futuro se entrelazan.

El reguetón y el trap han sido criticados, y a menudo despreciados, por sus letras explícitas, su aparente simpleza y su obsesión por el hedonismo, el lujo y las dinámicas de poder. Sin embargo, despojarlos de forma absoluta de valor literario es un juicio apresurado. Estos géneros son, en muchos sentidos, un espejo de nuestro tiempo: un mundo digitalizado, inmediato, dominado por imágenes de éxito, consumo y placeres fugaces. La repetición, el ritmo y las frases icónicas (como un “dale hasta abajo que ese culo responde” o un “Ando perdido por culpa 'e esa diabla”) construyen un lenguaje propio, que resuena en las calles y en los discobares, pero también en los estados de ánimo de quienes habitan esta época y se ponen su música en el transporte público o en casa un sábado por la mañana para motivarse ante lo que le espera por la noche.

¿Hay poesía en el reguetón? Sí, pero no de la forma que solemos concebirla los boomers. Mientras Espronceda dibujaba un mundo épico y romántico con un lenguaje rico y exaltado, Bad Gyal o Feid hacen lo propio con un vocabulario urbano que prioriza el impacto inmediato sobre la profundidad. Su poesía no se encuentra en la belleza formal, sino en la autenticidad con la que capturan las contradicciones y aspiraciones del presente. Puede no gustarnos, pero no podemos obviarlo. Los jóvenes quieren himnos, frases sueltas que les digan algo, estribillos antes de los veinte segundos, temas que caducan a la vez que los yogures del súper. Un mes y a por otra cosa. Todo va muy rápido y la memoria es más parecida a una RAM (borrable, rápida, de trabajo), que a un disco duro (perdurable, estructurada, acumulativa). El poema de dos versos, que lo pueda copypastear en un whatsapp y con eso suficiente. Hasta aquí ha llegado la literatura de nuestro tiempo que, quién sabe, quizás sea reivindicada dentro de décadas por ser de una calidad muy superior a la de ese tiempo futuro incierto.

Volvamos a Ricoeur, que introduce el concepto de "identidad narrativa", sosteniendo que nos comprendemos a nosotros mismos a través de los relatos que contamos sobre nuestra vida y los que otros cuentan sobre nosotros. Las narrativas son, por tanto, fundamentales para construir el sentido del "yo".El lenguaje no solo describe el mundo; lo crea. Las letras de las canciones, como cualquier forma de arte, contribuyen a configurar la manera en que interpretamos nuestra realidad. Cuando escuchamos a Rosalía cantando sobre "motomamis" o a Natos y Waor describiendo los “sudores fríos” de un amor que tiene fuerza como relato (créanme, la tiene), no solo estamos oyendo historias: estamos participando en la construcción de un imaginario colectivo. Estas narrativas definen qué consideramos importante, deseable o temible y son legado para el futuro.

Vamos a donde yo quería: esta construcción narrativa afecta también a lo que significa que nuestra percepción de una noticia o un discurso depende de cómo encaja en las historias que ya damos por ciertas. Esto implica una confirmación de creencias: Si una noticia refuerza la narrativa que tenemos sobre el gobierno (ya sea de confianza o de sospecha), es más probable que la aceptemos como verdadera o bien un choque narrativo. Cuando una información contradice nuestra visión del mundo, tendemos a rechazarla o racionalizarla para proteger nuestra narrativa personal.

La filosofía, al desentrañar cómo las narrativas configuran la realidad, nos da herramientas para cuestionar qué relato estamos aceptando y por qué. Estas herramientas son artefactos culturales que van moldeando nuestra educación mediática y formando así el pensamiento crítico. Esto nos permitirá diferenciar entre una verdad manipulada y una mentira convincente, en un mundo saturado de escaramuzas narrativas en busca del triunfo en la batalla cultural.

Ahora bien, ¿estamos alimentando adecuadamente esta educación mediática? ¿es nuestro relato alta literatura? ¿Tiene fuerza emotiva la música que reproducen los mass media? Les responden en Polaris varios de estos músicos actuales: Quiero entenderte, pero no entiendo na'. Pues eso; más o menos lo mismo que dijo Sócrates.