I) La mayoría de los individuos hablan a una velocidad de 125 palabras por minuto, pero la mente puede oír únicamente 800. La diferencia de velocidad entre el decir y la audición manifiesta malos hábitos de escucha recíprocos, así como muy numerosas distracciones.
Considerando que somos capaces de pensar casi cuatro veces más deprisa de lo que podemos, hablar deberíamos caer por ello mismo en la cuenta de que nuestras meninges se encuentran superpobladas de hiperacusia mientras escuchamos y de hipoacusia mientras pensamos que estamos escuchando. Llevando lo dicho al terreno de este libro, sé que hay muchas palabras en él que no se entienden sin diccionario, aunque se explican por el sentido de su entorno, o eso al menos es lo que he deseado en cada una de sus páginas.
Por otra parte, el primer cuarto de hora es zona de alto riesgo para las buenas relaciones, pues en ese brevísimo intervalo se enriquecen o se enconan casi un 50% de las discusiones con las que nos atropellamos entre nosotros. Llevado lo dicho al terreno de este libro, ruego al lector no pretenda entenderlo todo durante el primer cuarto de hora.
Antes de entrar en terapia suelo rogar al consultante que piense en lo qué espera del terapeuta y de sí mismo, y que imagine cuál va a ser la postura de dicho terapeuta y del propio consultante durante el tratamiento. A la terapia no se va únicamente “a ver qué me dice”, sino también “a ver qué no me dice”. Un poco de confucionismo al respecto nunca sobra. Está por saber quién terminará sabiendo más de quién y qué hacen con todo ello cada uno de ellos.
La terapia del “cada cual en su casa y Dios en la de nadie” floreciente en no pocas sociedades líquidas sin sujeto terapéutico común, refuerza especialmente el “qué puedo yo recibir del grupo terapéutico”, desconsiderando el “qué puedo yo aportar al nosotros terapéutico”. Terapia que sólo me ayuda a mí no ayuda a nadie, y por ende tampoco a mí mismo, porque la terapia se da en forma de racimo.
No siendo posible analizar a todos y cada uno de los miembros de la Tierra, hay que hacer lo posible para que el paciente y el terapeuta analicen a la entera humanidad mirándose a sí mismos.
Para una sociedad lastrada por la abundancia de abuelos y abuelas abandonadas, madres solteras y padres maltratadores/maltratados no habrá en el próximo siglo democracia terapéutica posible, pues sólo es buena democracia la terapéutica buenamente ejercida.
El peso social de los actos individuales ignorados en cada acto particular se traduce en violaciones en manada: entonces las personas se comportan como meros individuos inconscientes y, a manada violadora, individuos supuesta pero no realmente inocentes.
No es buena terapia la que se limita a la reconstrucción del ego individual sin al mismo tiempo reconstruir el contexto personal, familiar, social e histórico en cuya trama vivimos todos, incluso Roninsón Crusoe. Cada terapia es multiterapéutica, pues incluye en ella al entero mundo. Será este el único aprendizaje terapéutico que no mate moscas a cañonazos ni se euivoque de diana.
El nacionalismo de la bandera más grande devasta las neuronas porque impide cualquier ecuanimidad terapéutica: “será un torturador, pero es muestro torturador”. De tal nacionalidad, tal enfermedad. El pan de la obstinación psicosocial reductivista se come en cualquier rincón del mundo terapéutico, por pertenecer al subconsciente colectivo, más íntimo que nuestra propia intimidad[1].
Para poder decir “no” con autoridad terapéutica a lo ilegítimo el terapeuta debe estar por encima de ello, y este es el motivo por el que se dice que la justicia no nos torna justos y que son los justos los únicos que pueden construir una verdadera justicia no solamente haciendo lo justo, sino también con prontitud y agrado.
La falta de seriedad terapéutica es un drama con formato de tragicomedia. Por eso lo que resulta siempre imprescindible aún en la desolación es el humor terapéutico, si bien la terapia no es el lugar de los experimentos con champán, sino el de la experiencia: los pacientes no son conejillos de indias. Los terapeutas no jugamos a la gallinita ciega (“aquí nadie sabe más que nadie, vendemos nuestros ojos y golpeemos para hacernos con la piñata, chicos”). Nosotros estamos obligados a saber más que nuestros pacientes, a menos que así no sea, en cuyo caso deberíamos cerrar el negocio y no seguir estafando.
Si bien se aprende mucho del paciente, que te hace consciente en tus propios errores de los fallos recíprocos, su corrección pide el magisterio de los colegas sabios y de los buenos libros. Estoy convencido de que no cabe terapia sanadora si el terapeuta no escribe sus propios libros, gracias a los cuales puede darse cuenta de lo mucho que todavía no ha aprendido, y ello sin soberbia autodestructiva.
El terapeuta no pone parches, ni su terapia es la del “tente mientras cobro”. No por más cobrar son mejores las terapias. Yo cobro poco, o nada: esa es mi mejor paga hasta la fecha.
A pesar de la mediocridad, el terapeuta tiene que esforzarse para conseguir ahora una nueva humanidad columbrando incluso la escondida detrás de toda disolución paranoica y de cada descomposición psicótica.
El terapeuta aspira a lo absolutamente mejor si quiere alcanzar lo relativamente mejor. Es el modo de madurar que corresponde a los seres humanos.
El terapeuta es alguien que instaura un orden que no existe, pero sin el cual ningún otro orden podría satisfacernos. Para ello hay que luchar primero contra la injusticia que cada uno de nosotros llevamos en nosotros mismos. Por eso el combate no tendrá fin.
Con frecuencia el terapeuta (al menos yo) se avergüenza de sí mismo al comprobar que ve lo mejor, le parece admirable, pero termina haciendo lo peor.
Una relación terapéutica cuyo objetivo fuera el qué y no el quién carecería de valor técnico necesario.
Del terapeuta impostor no puede derivar una cura eficaz, pues sus pacientes debelarán su impostura antes o después; una terapia es deforme cuando todavía el paciente no ha descubierto la impostura de su falso sanador, ni cuando el propio terapeuta no ha descubierto la suya propia, ni cuando el propio paciente lo ha hecho. Esto no significa que el paciente deba acudir a terapia para espiar los posibles fallos ajenos y luego correr a contarlos.
Terapeuta es el que nos pregunta cómo estamos y espera a oír la respuesta, aquél con quien se puede pensar en voz alta, el que es consciente de mi soledad y me abre las puertas sin que esperar a que le pida auxilio.
El sentido de la vida ha de ser descubierto y encontrado creativamente, hay que estar despierto. El terapeuta no puede enseñar lo que no siente ni sanar lo que en él mismo está enfermo. Debe estar sano, no solamente para no ser descubierto en contradicción entre lo que enseña y lo que practica, sino también por respeto a los valores mismos.
El terapeuta tiene como misión profundizar en el sufrimiento hasta un nivel en el que pueda ser compartido; para ello ha de saber guardar la distancia adecuada, sin demasiada lejanía ni demasiada cercanía.
Lo que necesita el paciente es que, cuando esté cerca del terapeuta, sienta que puede contarle todo lo que le pasa por ser una persona en la cual pueda tener plena confianza.
Presumir de empatía alta es conducir con faros cegadores, y además de cegarles empalaga.
Para ser psicólogo hace falta inteligencia emocional y mucho sacrificio. Para ser psicólogo no basta con ponerse en los zapatos del otro, pues los más necesitados de salud son los que andan descalzos y sin zapato alguno. Para ser psicólogo hay que caminar con los pies al desnudo, pisar las brasas y vendar las heridas. Para ser psicólogo no hay que ponerse simplemente en la piel del otro, sino entrar -sístole y diástole- en su corazón: cor/razón, razón cordial, razón cálida.
El terapeuta respeta cuando no se puede amar. Nadie da lo que no tiene, a lo imposible nadie está obligado.
El terapeuta no cura para la legalidad en curso, por ser muy frecuentemente ilegítima.
Terapeuta es el otro nombre del educador, de ahí que para decir “no” al terapeuta haya que estar por encima de su “sí”.
No es terapeuta aquel a quien no le afecta el paciente, aunque haya de procurarse guardar la distancia. Desde luego, me declaro incapaz de convertirme en un terapeuta ex machina.
Ni siquiera el mejor terapeuta debería insensibilizarse ante el ajeno sufrimiento en beneficio de la máxima carga de objetividad.
El psicólogo conoce suficientemente la desgracia propiua y ajena a fin de comprender la felicidad, y poseer el suficiente refinamiento para poder convertirse en un bárbaro.
No basta con tolerar, hay que procurar ayudar a corregirse.
Por muy confiada que sea la relación terapeuta/paciente, el “nosotros” no es recíproco.
Aunque a todos haya de darse el mismo trato, no debe recetarse a todos la misma medicina; a algunos hay que medicarlos con gentileza a otros con severidad, a otros con nada.
Es mala terapia aquella que procede desde el arriba de la propia cosmovisión del terapeuta, desde la cual juzga despectivamente a los pacientes, a veces como tarados y a veces como dioses, incluso alternativamente, al modo de las peores tragedias griegas.
Sería un terapeuta cruel aquél que para agradar al enfermo permitiese seguir su curso a la gangrena, como cruel es dejar a un muchacho que juegue con un nido de víboras.
Terapeuta es el que me ayuda a enmendar mis errores señalándome lo reprobable de mis desaciertos, y así me dignifica para que mejore.
El conocimiento en pequeñas dosis cautiva, en fuertes dosis desespera.
Cuando se tiene el arco siempre tenso, al final se rompe.
El no sufrir puede ser un indicio de enfermedad.
Lo que más duele es lo que más sana, ubi dolor ibi sanitas.
Terapia que no duele empeora. Hay que “dejarse ver”, pues nadie es profeta y señor de su propio dolor.
Sólo hay un poder y un honor: el poder de salvar y el honor de ayudar. Cuanta menos gente te duela, más pobre en valores será tu dolor.
Profundidad de la herida: quien no la abre a los sufrientes va muriendo para aquello que no ejerce, y entonces llama “vida” a la costumbre de ir muriendo.
El consultante viene acuciado por una urgencia, la de reencontrar la felicidad perdida, y por un instinto de huída y de ocultación del sufrimiento que lleva dentro; es un infirmis en espera de ayuda.
No existen fórmulas mágicas, ni pueden conseguirse resultados de forma mecánica.
El conocimiento en pequeñas dosis cautiva, en fuertes dosis desespera. Cuando se tiene el arco siempre tenso, al final se rompe.
El no sufrir puede ser un indicio de enfermedad.
Mi propuesta terapéutica es la de asumir la muerte que hay en la vida y la vida que hay en la muerte, eso que vengo llamando “logo/tanato/terapia”. Enseñar a vivir muriendo y a morir viviendo constituye el eje humilde de mi personal convicción terapéutica.
No te apartes del mal cuando te inunde. Baja con él a tus infiernos para que te ayude a resucitar de entre los muertos.
Hay que gritar el dolor, con o sin lágrimas. Si existen seres felices sobre esta Tierra, ¿por qué no gritan, por qué no salen a la calle a proclamar su alegría?
Una cosa es la necesaria discreción y otra la innecesaria, el tapujo.
La prueba de que alguien siente en sí mismo una alegría permanente, una irresistible propensión a la serenidad, es su fuerza de contagio. Si la felicidad existe, debe ser comunicada.
Quizá no todos los individuos felices sean conscientes de su propia felicidad. Si ello fuera cierto, nosotros los terapeutas podríamos ofrecerles parte de nuestra conciencia a cambio de una parte de su inconsciencia.
Las cargas muy pesadas se soportan mejor entre dos que cooperan en el transporte del cajón. No puedo sin enfermar más todavía cargar con el exceso de filautía mórbida o amor desordenado de mí mismo, y tampoco serviría de nada saberse de memoria un manual de autoayuda.
Cuando el yo no puede consigo mismo, inútil pedir cireneos.
La terapia para quien la trabaja.
El “yo asumo en primera persona” resulta posible desde el rostro del tú, el cual nos hace conscientes del impulso de estar vinculados.
No basta con tolerar, hay que procurar ayudar a corregirse.
El dependiente deja su propia identidad en manos de quienes le poseen, ha renunciado a ser.
Cuida que el pequeño círculo de amigos íntimos no termine siendo tu prisión.
No afrontar el efecto desmoralizador de quienes dicen compartir los valores que ejercen en sentido contrario es terapia que no terapea.
Considero un fracaso las terapias dilatadas que terminan convirtiéndose en un compadreo, en cuyo caso recomiendo el cambio urgente de terapeuta.
Se puede sufrir sin estar enfermo, y puede estarse enfermo sin sufrir.
Los conflictos no son inevitables, ni deben ser evitados por principio, pero en el momento en que se presenten hay que estar allí tan pronto se pueda y en la medida de lo posible.
Si un individuo no se enfrenta al sentido de su vida para evitar la tensión específicamente despertada por ella, padecerá todo tipo de neurosis.
Sólo la persona es un animal refundable; reglas y normas son necesarias a toda institución. La inexistencia absoluta de normatividad en nombre del respeto a la libertad creativa individual es la otra cara del impositivismo.
Quien amablemente muestra el camino al extraviado ha de iluminarle con la propia luz, pero sin perderla. Corregir es rendir homenaje a la luz.
Si las mentalidades psicológicamente maduras son capaces de intercambiar argumentos, las adolescentes tienen piel irritable incapacitante para ir al fondo de los problemas.
[1] Según Lacan, “el sujeto yo (je) es lo más desconocido por el yo (moi)”, aunque sea exagerado afirmar que “el inconsciente es el discurso del otro”, y que el origen de sentido no puede situarse ya allí donde creía encontrarlo el fenomenólogo, es decir, en el autor de los enunciados, en el individuo que cree estar expresándose por medio de ellos, con lo que el sujeto abandona la condición de creador de su propio discurso para dar cabida a una serie de condiciones lingüísticas no conscientes que lo constituyen a él y a su mundo; la condición del inconsciente no es el lenguaje, sino a la inversa, el lenguaje la condición del subconsciente (Ingala, E: Proyecto de la crítica de la conciencia. Jacques Lacan desde la perspectiva de la filosofía trascendental. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 2010, pp. 384-385). Yo no diría con Lacan, pues, que el lenguaje sea la condición del inconsciente, pues no estoy dispuesto a creer en inconscientes mágicos de los que mi yo sería una marioneta: ni mi yo es otro, ni otro es mi yo, ni yo me siento otro. Esto significa que rechazo también ese kantismo sin sujeto trascendental del que había hecho antes gala Jean Paul Sartre.