Entonces, ¿para qué tanto esfuerzo? ¿Para qué o quiénes todas esas privaciones de tiempo que se han dedicado para formar un texto hermoso y contenedor de una inteligencia o reivindicación o cual sea que fuera el motivo por el que decidieron hacerse? Para nada, evidentemente. Para nadie, lo más seguro. Raro será, podemos pensar, que alguien más allá de la persona que lo escribió sepa o quiera comprenderlo. Vuelve la pregunta trillada: ¿qué puede hacer la literatura? ‘No creo que la literatura cambie el mundo. Hoy tenemos una visión bastante cínica, bastante realista del mundo, para darnos cuenta, por desgracia, de que la literatura no cambia el mundo. Sin embargo, a mí la literatura sí me ha cambiado, y soy plenamente consciente de que sin la lectura no habría sido la persona que soy. La lectura ha sido fundamental en la construcción de mi ética, de lo que soy como ciudadana, como mujer. Sé hasta qué punto la relación que establecemos con la literatura es carnal, hasta qué punto forma parte de nosotros, de tal modo que se convierte en un órgano más. Estoy convencida de ello, como marroquí y por haberlo visto en Marruecos y en todo el mundo árabe’.
Son palabras de la escritora francomarroquí Leila Slimani, extraídas de la larga entrevista final que compone el breve libro El diablo está en los detalles/ Así escribo, traducido por Malika Embarek López. Si bien el tono de la entrevista, el texto Así escribo, es lo menos destacable del conjunto, ya que oscila entre la mezcla de comodidad y camelo que se desprende del tono del entrevistador, Éric Fottorino, sí que pueden salvarse determinadas respuestas de Slimani, en particular las que tienen que ver con su método de escritura, sus novelas, su visión del oficio y su acertada crítica a la falta de hábito lector en su país de origen y países árabes en general: ‘Son unos países con un promedio de lectura de seis minutos al año y unos sesenta millones de iletrados sobre una población de doscientos ochenta millones de habitantes. Durante años se ha impedido la lectura a los ciudadanos a causa de unas políticas construidas por unos dictadores que han decidido que la gente no debe leer, porque leer es peligroso, hace que la gente acabe sublevándose contra el poder’.
Mejores, en cambio, son las seis narraciones que lo preceden, especialmente la primera, de título homónimo y deleitables resonancias chejovianas, autor crucial entre las referencias literarias que cita.
Leyendo este libro y otros de Slimani, uno puede recobrar esos ánimos que flaquean humanamente a la menor de cambio cuando prestamos demasiada atención a los efectos de la literatura —casi siempre inadvertidos de primeras o imperceptibles de querer fijarnos con exactitud—, a todo lo periférico relacionado con la misma, en lugar del placer sin rodeos que resulta leer un libro, escribirlo si ese es el afán, regalarlo o comentarlo, criticarlo. Ser consciente, en definitiva, de que su cuerda sigue dando para largos ratos.