Opinión

Mariano Antolín en llamas y al galope

TRIBUNA

Diego Medrano | Domingo 12 de enero de 2025
Un río negro de palabras desfila por las calles en cuesta de las grandes urbes americanas, un río negro neoyorkino baja y arrolla por todos los madriles bohemios, un gran río de tinta fresca y lenguaje aroma todos los fumaderos de opio orientales. Muere Mariano Antolín Rato, padre de la contracultura, con las botas de cuero español puestas y el bigote mojado. Supo ser nómada, piel roja a caballo, intruso, extranjero, tarambana, forastero de paso y humo junto a los interrogatorios más largos y tediosos de la pasma. Un hombre libre, un sabio sin dogal, una luna rota en el plato y en los charcos rotos de la calle, una escritura de viento y pensar firme con los harapos puestos.

Digámoslo con todas las letras: si hubo un beat español fue él, por la senda de Ginsberg y Burroughs, contracultura de una máquina de escribir caliente y un frigorífico congelado en el apartamento minúsculo de las mayores ilusiones blancas. La muerte es blanca, la soledad es blanca, blanco es el caballo del jaco por la vena inflamada, blanca es la verba como farla que se amostaza, paladea y no sale. Su bigote de carpintero (como el de Pepe Hierro) olía a viajes y tintorro. Los beatniks en Anagrama tienen todos su firma, que solo cobró una vez, pese a las muchas reimpresiones. Hablaba de su último editor (Jorge Salvador, Pez de Plata) como de un familiar/ángel tras el olvido de Valeria Ciompi (Alianza). Gastaba la dureza del bohemio, la fortaleza del diferente, donde los amigos son hermanos y nadie es el dueño, ni pasa la cuenta, del horizonte compartido.

Llegó a lo máximo: premios nacionales por obras de exquisita vanguardia, truenos imposibles aplaudidos en varios idiomas, el amor convulso al estilo y el desprecio por todo argumento (leía cada año “Cristo versus Arizona”, de Cela, solo para enloquecer). Un duelo triste de canutos perfila su orla fúnebre. Leía despacio, escribía despacio, vivía deprisa: sabía del placer lento que prolonga la vida y niega el beneficio. Le pregunté en una ocasión si había cobrado cien kilos por la traducción del prospecto/tocho de IBM (presunto encargo de Felipe González Márquez el de la Bodeguilla: “calla ya, muhé, calla ya, muhé”) para españoles legos y con los ojos como platos: escapó a la francesa y dando brincos. Le pregunté si los beats eran jipis: negado categóricamente, porque abunda el jipi ajeno a libros y cultura, cuando ellos eran intelectuales, crecidos en circuitos universitarios, donde Burroughs jamás se quitó la corbata. Le pregunté por los cuatro kilos en metal que cobró por “American Psycho” y solo me dibujó vómitos, asco y colitis de ese mismo trance.

Lo recuerdo joven (ya viejo) con su mochila de estudiante y su bigote venerable, la melena canosa, las patillas rizaditas y goyescas. Buscaba clásicos en los baratillos, le gustaba beber muchas cervezas congeladas seguidas, una tras otra, con tiempo por delante para que el vidrio volviera a llenarse y los libros no se cansaran. Mirada lobuna, sin parpadeo, y sonrisa de bosque, con muchos proyectos y muchos árboles. Olía al salitre de guitarra rockera. Olía a bañarse desnudo en playas donde nadaba como un atleta. El mayor virus es el lenguaje: laberinto eterno, carrusel encendido, ruido de escritura propia y artesanal. Fue leyenda pura, texto por todos lados, ahora pena blanca, lágrima blanca, ausencia blanca. Recordamos su gran foto con Ginsberg a la entrada del Círculo de Bellas Artes, principio de los noventa, Maria Calonge al fondo, y el momio beat hierático: té verde y neurolépticos, té verde y antipsicóticos, té verde y sedantes, mientras preguntaba cuántos dólares cobraría por el show.

Mariano Antolín Rato nunca fue un realista: frente a los escritores de la observación, sí, aquellos otros de la imaginación. La generación del 68 lo tuvo claro a la salida de las aulas: boom americano, fluflú beat o generación perdida (donde tantos camareros y albañiles, en plan Steinbeck, escribían). Incluso cuando abandona la etapa salvaje (Cuando 900 mil mach aprox, Mundo araña, Whaam!, etc) e inicia la serie de Ramón Lobo (Lobo viejo, No se hable más, Fuga en espejo, etc) es un falso realista. El viaje de su vida no fue lisérgico sino gramático, a pesar de no olvidar su idilio con la heroína, refiriéndose a ella como “mi enfermedad”.

Recuerdo una presentación donde decía que desayunaba un canuto para escándalo del personal. En otro acto, que se la pelaba y cascaba como un mono, porque en literatura era fundamental la muñeca. Mariano fue el tábano socrático que disolvía prejuicios. Lo más íntimo arde en Pez de Plata (La suerte suprema, Silencio tras el telón del sueño, etc) donde las palabras son cucarachas negras y lujosas piedras de azabache. Olvidado por Anagrama, Alianza y Espasa, fue Pez de Plata quien lo salvó. Un día le pregunté si un jipi/beat se casaba en Los Jerónimos con chaqué y parafernalia, para él contestar que depende de a quien hiciera feliz con ese carnaval (nos referíamos a sí mismo y su enlace). Ningún yonqui pierde el pelazo –dice Ussía Junior- y solo unos pocos los piños. Mariano ventiló la literatura española con los mejores aires imposibles: los del peligro, los de la vida. Jamás dejó el presente para después ni conoció los paréntesis.

El chaval que echaron los jesuitas por vampiro, el muchacho que procesaron en la mili por regalar revistas porno, el traductor que formó a miles de universitarios españoles en contracultura americana, el escritor de mirada ácida y suelas de viento, el madrileño de bocata de calamares y ascensor de jaula con techos altos, el gurú exiliado en Motril… no supo ser viejo. No dejó entrar al viejo dentro. Supo, desde el principio, que la juventud era un estado mental que debía durar la vida entera. Nadie le quitó el entusiasmo, la magia, el talento, la ventura. Murió tras haber puesto el punto final a su última obra. Como el mejor albañil del mundo. Un obrero entero de las palabras. Qué grande.