En su mítico libro ¿Por qué? Trampolín del actor, el actor, director y profesor estadounidense William Layton refería a la vida interior del personaje a interpretar por parte del intérprete. Aquello que motiva a sus acciones, esto es, sus deseos. A pesar de que los actores o actrices precisan de las palabras —esto es, de los textos— siempre debe prevalecer el subtexto: lo que no se dice.
Este pensamiento ahora puede parecernos elemental —la psique de la “criatura” surgida de un libreto teatral o de un guion cinematográfico—, pero no lo era tanto cuando Layton llegó a España y consiguió implantar, en la década de los sesenta, un método absolutamente renovador con el que formar a las nuevas generaciones de intérpretes de este país. Una ola de aire fresco paralizada desde la Guerra Civil y retomada por este genio de la escena, tan influyente en la formación de figuras como Julieta Serrano, Carlos Hipólito, Enriqueta Carballeira, Juan Luis Gallardo, Carmen Elías o Juanjo Puigcorbé. Todos ellos aprendieron a través de las distintas instituciones posibilitadas por Layton y otros nombres como los de Miguel Narros o Hermann Bonín: el Teatro Estudio de Madrid, el Teatro Experimental Independiente (TEI), el Pequeño Teatro, el Teatro Estable Castellano o el Instituto del Teatro de Barcelona.
Fue en este último donde estudiaría una digna heredera de las buenas prácticas de Layton en esta maestría para la interpretación actoral y que es una de nuestras más grandes actrices: Assumpta Serna. Si por algo destaca esta barcelonesa de trayectoria internacional es por haber emprendido algunos de los papeles más complejos y recordados de nuestra cinematografía y escena. Bastaría recordar algunos títulos emblemáticos como Dulces horas (Carlos Saura, 1982), Matador (Pedro Almodóvar, 1986), El maestro de esgrima (Pedro Olea, 1992) o su propia Minerva (2022) para percatarnos del trabajo llevado a cabo en el desarrollo de estos personajes tan atractivos y agradecidos para el visionado de los más exigentes públicos.
Monólogos para protagonistas va acompañado en su título por dos frases, conceptos o lemas más. Éstos ahondan en la esencia del contenido del libro; por un lado. Se trata de unos monólogos o textos que “harán brillar” a quienes los interpreten, no solo por el contenido de los mismos sino por las indicaciones de las que van acompañados; por otro lado, el convertir un “no” en un “sí” refiere a la aprobación que merecerán en un jurado quienes presenten los citados textos dramáticos como soporte para su examen como actores o actrices. Afirma Francesc Albiol en el prólogo a la obra que ambos autores buscan en los volúmenes poner “en primer término” la “dignidad del actor”: “Assumpta y Scott consideran que todos los actores o actrices, son protagonistas”. Ideas bien relevantes, pues la profesión del intérprete consiste no solo en mostrar una buena técnica sino también una capacidad para explorar sus emociones y ponerlas en bandeja ante el espectador para no actuar como meros secundarios —incluso siéndolos por el papel adjudicado—. Gracias a eso, puede interpretar diversos personajes y personalidades, hacer revivir historias escritas una y otra vez en escena o dejarlas registradas ante una cámara permitiendo que puedan visualizarse tantas veces como se quiera. Transmitir emociones para emocionar a través de la interpretación de las palabras. Como dicen los autores del libro, “no son las palabras ni cómo se dicen. Es por qué se dicen”. Un concepto que podría resultar complementario al anterior expuesto por Layton.
Serna y Cleverdon ponen al servicio del lector e intérprete potencial toda su sabiduría y creatividad para espolear la capacidad interpretativa a través de distintos monólogos o piezas dramáticas ideadas por ellos en solitario o en pareja. Cada una viene acompañada de una serie de directrices o sugerencias que pueden ayudar a poner en escena las distintas historias: “el por qué de su inspiración, consejos y recomendaciones” sobre cómo interpretarlos. Algo similar a “notas de autor”. Así, tenemos en el inicio una frase poética representativa de la esencia del monólogo, propia o de otros autores —de William Shakespeare a Voltaire, Sir Walter Scott o Groucho Marx—; a continuación, un párrafo explicando lo que impulsó a los autores a escribir el texto, así como otros sobre la puesta en escena, lo que el actor puede mostrar y los momentos clave.
En el prefacio de la obra, se comprende la génesis de este proyecto. Los autores fueron conscientes de la necesidad de “un método científico para poder actuar en cámara con efectividad”, además de “saber analizar el trabajo hecho y mejorarlo”. Para llevarlo a cabo, lo primero que había que resolver eran “los textos que se escogían”. Los textos elegidos por los actores son principalmente “fragmentos de obras de teatro, líricos” y “cargados de un estilo literario” que alejan de todo lenguaje y actuación “natural”. Ello tiene que ver con su formación teatral previa —al menos, cuando los autores empezaron a trabajar como profesores, el alumnado provenía principalmente de este ámbito—. Para huir de lo predecible, lo no interesante o mal traducido —en definitiva, de lo que “no funciona”—, Serna y Cleverdon buscaron textos originales que los intérpretes pudieran sentir como suyos y de lo que estuvieran orgullosos. Por ello, decidieron escribir ellos mismos estos papeles breves, ideales para interpretarse ante potenciales agentes y directores de casting. De todos los escritos a lo largo de los años, se seleccionan “los más efectivos y dinámicos”. Todos ellos han sido “probados, revisados y perfeccionados”, asegurando su perfecto funcionamiento —prueba de ello es, por ejemplo, el texto titulado Le quiero y le espero, incluido en el segundo volumen y con el que la actriz argentina María Milessi obtuvo el primer premio de interpretación en el Festival Internacional de Cine de Alcalá de Henares; también han sido testados por personalidades como la del escritor Greg Wise, el actor Víctor Clavijo, el productor y subdirector de Cine de Rtve Gervasio Iglesias o el periodista y escritor Guillermo Fesser, quienes se deshacen en elogios en torno a dichos volúmenes—. Su uso podrá derivarse hacia la formación del intérprete, su empleo en clases o incluso para la preparación de un videobook. Para quienes hemos participado del mundo de la interpretación o simplemente sentimos interés por él, su lectura resulta tan enriquecedora como fascinante.
En el apartado de Introducción se advierte la estructura de cada volumen en cuanto a organización de monólogos. Éstos quedan ordenados en tres grandes bloques, atendiendo a lo que “realmente los impulsa”; es decir, la “cabeza” —textos movidos por “ideas, pensamientos o la búsqueda de significado”—, las “tripas” —textos “que expresan emociones crudas”— y el “corazón” —textos “que exploran sentimientos positivos”—. Como complemento, se incorporan “textos de época” —“roles a años luz de nuestra realidad cotidiana”—.
De este modo se despliegan en ambos volúmenes historias que, de algún modo, aluden a conflictos universales y, por tanto, humanos. Aquellos que nos atañen porque nos describen en nuestra forma de proceder o desde nuestras preocupaciones: la culpa y angustia del amor perdido, la ambición creativa, la autoexigencia, la complejidad de las relaciones, la forma de pedir perdón o declarar un sentimiento amoroso a otra persona, el sentido de la equidad y la decencia, las diferentes perspectivas según las personalidades, el uso de la empatía hacia quienes aparentan ser diferentes —y, por contra, la mirada inquisitorial en las distintas épocas y sociedades de masas—, los sentimientos de pertenencia, identidad y propósito, la asimilación de la muerte y otras pruebas vitales, la capacidad de detectar sensaciones imperceptibles para otras personas, las creencias contemporáneas frente a la sabiduría tradicional, la elección de ser felices, la valoración de lo que verdaderamente vale la pena por encima de preocupaciones fútiles que hacen malgastar la vida, el rol ejercido dentro de la familia y lo que implica, así como la ruptura de esos roles familiares o sociales, la influencia de la educación de los progenitores en la personalidad, la descripción de determinados sentimientos o momentos especiales difíciles de encapsular en palabras; también la personalidad compleja de determinados personajes históricos como el Padre Clemente, el emperador Domiciano, el arquitecto romano Céler —quien, junto con Minerva, forman parte de la obra teatral de ambos autores—, Doña Urraca u otros anónimos que sin duda pudieron existir o que representan estados de ánimo concretos en determinados roles de época —soldados de los siglos XII o XIII jóvenes o veteranos (con lo que implica su edad), una mujer acusada de brujería y su acusadora o el arquetipo de una femme fatale—. En ocasiones, determinados monólogos tienen la particularidad de funcionar por parejas o trascender de un volumen a otro. Incluso determinados textos ambientados en épocas pretéritas poseen la peculiaridad de figurar con apariencia poética de versos, aludiendo a la lírica de su tiempo —dramatúrgica o musical—.
Estos libros deben ser eminentemente funcionales, si bien destacan para los lectores profanos en la materia interpretativa como un producto bien interesante —no se cierran a ningún tipo de potencial lector—. Aprenderán del oficio e imaginarán cómo se podrán llevar a cabo las distintas historias escritas; viajarán con la imaginación a lugares y tiempos muy especiales, acompañados de personajes inéditos aunque reconocibles en forma de ser. Todo un regalo por parte de dos autores que no solo destacan por sus conocimientos pedagógicos sino creativos, poseedores de una imaginación y sensibilidad bien poderosa. Dos mentes unidas en un proyecto innovador y necesario en el ámbito cultural.
Coda final: para quien se encuentre interesado, la presentación de ambos volúmenes tendrá lugar el martes 4 de febrero a las 19:00 en el Ateneo de Madrid. El evento incluirá la interpretación por parte de 10 actores de algunos monólogos de los libros.