Opinión

Cortinas de humo

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 15 de enero de 2025

La fábrica textil de la Moncloa ha vuelto a sacar al mercado lo penúltimo de su colección: las famosas cortinas de humo marca “francomodín”. Don Pedro, astuto como acostumbra, sabe que a mediados de enero los días comienzan a ser más largos y conviene subir las persianas para lucimiento de los cortinones; cosa que con el sol de invierno dan ese juego de contraluces que dejan ver, pero al mismo tiempo disimulan las intimidades.

Los cien actos programados por don Pedro para conmemorar la muerte de Franco no son otra cosa que una cortina de humo para escabullirse de presuntas irregularidades que, en clave familiar, se sigue en sede judicial. El relato es la fórmula magistral que viene utilizando desde el inicio de su andadura como presidente del gobierno para alimentar su ego caudillista, adalid de la libertad mundial. Nada más lejos de toda creencia, teniendo en cuenta que el argumentario de Franco, a estas alturas, tiene el mismo efecto que si Pedro Sánchez utilizara a los suevos, vándalos y alanos por haber invadido la península Ibérica allá por el año 409.

Sea como fuere, la campaña “francomodin” refuerza la teoría de un guion tan trivial como el falso lema de “50 años de España en libertad”; o sea, don Pedro se cree el inventor de la democracia a pesar de que el susodicho tendría tres añitos cuando Franco murió en 1975, y además haciéndolo en la cama sin que existiera una oposición política de por medio. Él imagina que tiene superpoderes, tratando de evitar la vuelta de los totalitarismos con sus correspondientes dictadores al frente, excepto para el centelleante dictador Maduro, con quien está a partir un piñón. Mientras tanto, el pueblo venezolano, valiente y decidido, se enroca en la miseria existencial en uno de los países más ricos del mundo y más robados del orbe por culpa de quienes se desayunan con la codicia y los discursos vacuos doctrinales, argumentando que eso de la democracia y las libertades es una falacia del mundo capitalista.

Y uno se pregunta por dónde andará la Justicia Internacional, la ONU, los Derechos Humanos, la Europa tan acostumbrada a mirar de reojo la tibieza de las ilegalidades. Pero nadie responde. Heráclito, aquel pensador oscuro, mantenía que nada en la vida es permanente, ni puede serlo, porque la propia naturaleza de la existencia es el cambio. He aquí que la perpetuidad de quienes se regodean con el poder dictatorial debería hacérselo mirar con algún consejo de sabios de los antes citados y poner orden en favor de los pueblos cuya voluntad popular se ha pronunciado en urnas de manera democrática.

¡Ay don Pedro, don Pedro!, licitador de libertades. Grandilocuente a raudales, una vez más acude a Franco como comodín de la llamada, para inculcar a la nueva hornada lo que sucedió en España. De ello, lo que pasó fue por culpa de un laudo entre vivos y muertos de dos bandos. Y ahora, en vez de proteger a los jóvenes con promesas de ayer, léase 184.000 viviendas que prometió hacer, resulta que saca de la manga fastos de libertad, más bien por ansiedad y disimulo —ya saben, cortinas de humo—, en lugar de apostar por un país con futuro. Claro que para ello habrá que crearlo, es decir, invertir en el pueblo y sus libertades, hacer valer la protección del derecho a la propiedad, respetar la separación de poderes y la educación, que son pilares de ejemplo. Obedezca a la razón, don Pedro, déjese de milongas sin perder más el tiempo. Haga gobierno sin muro, para todos por igual; si no le parece mal, abandone la degradación ética de la política actual, invierta en seguridad, acabe con el “capitalismo de amiguetes”, donde ciertos poderes privilegian a individuos y empresas no por su buen hacer, sino por sus contactos y amistades. Este tipo de actos dinamita el esfuerzo de los agentes que no cuentan con esa “ayuda” injusta, cosa que acobarda y asusta. Incentive la inversión e innovación, haga de este país un lugar productivo, deje de mirarse el ombligo, que con tanto dingolondango bananeros seremos y que nos vayan dando.

Aquí paz y después gloria. Que no es poco dada la situación.