Lindante con el madrileño parque del Retiro, en la calle Claudio Coello 4, se encuentra la prestigiosa galería Guillermo de Osma. A pesar de su merecida fama, permanece oculta a ojos de los curiosos viandantes, emplazándose en lo que fueron dos antiguos pisos de un inmueble más que centenario. La acogida del visitante se hace en todo momento cálida, siendo recibido por los encargados de la galería y permitiéndole pasear con libertad por ambos espacios que separa un clásico y castizo rellano.
Albergan actualmente sus muros una magnífica exposición de Dis Berlin, nombre tras el cual se encuentra el soriano Mariano Carrera Blázquez (Ciria, 1959). Su rostro queda oculto tras su inconfundible arte, en el que conviven elementos de nuestra cultura pasada, presente y —me atrevería a decir— futura. Integrante del movimiento contracultural de la Movida madrileña, su imaginativa plástica le hizo un más que digno miembro de dicha tendencia, siendo deudor de las más representativas vanguardias del siglo XX —metafísica (“proyecto el misterio interior hacia las cosas y el mundo para construir una realidad nueva”), pop o dadaísmo—. Con su esencia ha ido conformando unas piezas de estilo bien característico. Como él mismo afirma, pertenece “a la estirpe de los artistas poetas”, pues desde niño sintió “la necesidad de crear mundos”. A diferencia de lo que se pueda pensar, no reconoce a sus cuadros como surrealistas: “no buceo en el inconsciente, no me atraen las zonas oscuras de la consciencia”. Quién lo diría, pues representaciones como Madame de la grotte II parecen hacer carne aquella afirmación de Lautréamont tan del gusto de los discípulos de Breton: “El encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y de un paraguas”.
No obstante, el carácter evocador de lo surrealista sí se encuentra presente, permitiendo al espectador plantearse lo que está viendo, el significado de las imágenes que componen cada una de las escenas. Como habitante consciente de la postmodernidad, Dis Berlin exhibe sus cuadros fragmentarios y enigmáticos. Lienzos que son reflejo de este mundo actual, tan híbrido como complejo. Cobra todo el sentido que el cineasta Pedro Almodóvar se sintiese tan atraído por sus composiciones, decidiendo componer con ellas los escenarios de sus películas. Un Almodóvar que nunca dejó de ser rompedor tanto en plástica como en contenido pero que, con el paso de los años, se ha ido sofisticando cada vez más en su concepción formal. Por ello, decorar las estancias de sus estancias con Dis Berlin viene como anillo al dedo para los personajes. ¿Y es que no son los cuadros de las casas reflejos del alma de quienes las habitan? Afirma Dis Berlin que el manchego es su mayor coleccionista. Cómo no serlo, pues desde films como Kika o Átame y llegando a Dolor y gloria o La habitación de al lado, sus imágenes son presencia constante en el celuloide.
La pincelada de Dis Berlin es tan sutil que apenas se aprecia en la tela, aparentando más una impresión que un trabajo artesano hecho a mano, centímetro a centímetro. Tiene vocación de artista flamenco en ese preciosismo y delicadeza, en esa capacidad de detalle y minuciosidad, donde la mano del creador parece desaparecer en su huella. Su realismo no excluye los elementos más abstractos, sabe hacerlos convivir a la perfección. Los títulos dados a sus imágenes dotan a lo visto de un nuevo sentido, planteando al espectador distintas asociaciones que probablemente no vio al observar la pintura. Destilan poética, como Las noches de Robinson o Hijos de la tormenta.
Que su pintura consiste en volcar el interior psíquico mostrándolo con un criterio propio lo demuestran piezas de la exposición como Perpetuo éxtasis o Escenario mental II, en las que asistimos a todo un gabinete de curiosidades rescatadas de dentro del artista. Aquellas recuperadas de tantas experiencias vitales para conformar un museo propio de visiones. También la acumulación de posesiones de muy diversas y extrañas naturalezas lleva a la contemplación reflexiva, como en su tiempo fueron los vanitas barrocos. Por ejemplo, en Templo de las metáforas.
La ausencia como presencia se manifiesta en obras como Familia —donde podemos imaginar a los inquilinos de un hogar a través de sus enseres —algo que inevitablemente nos lleva a Magritte—. También en Antepasados, Reunión o Guateque, donde se juega al mismo acertijo pero variando los habitantes del lugar deshabitado. En definitiva, la conversión de lo humano en objetual, su geometrización o purificación en formas ideales —algo muy platónico y cezanniano—. Prueba de ello son Tres amigas o Hijas de la noche. Pero lo vivo también está presente a través de ciertos animales e insectos —Fantasía inglesa, Misántropo, Navegantes del tiempo o Ikebana habitado—, personas —Eva metafísica III— o fragmentos de las mismas —Casa de panteras—.
Lo que está por llegar y se nos muestra latente lo encontramos en Aventura no vivida III, donde podemos observar una embarcación a punto de abandonar tierra firme; parece esperar al viajero, quien se adentrará en futuras vivencias desconocidas. Otras experiencias mágicas se encuentran en trabajos como Aventura no vivida V, donde un monumento megalítico parece dialogar con un zeppelin —pasado y futuro de la civilización—, generando curiosos significados en quienes lo observan.
En ocasiones lo mistérico desborda lo terreno para llegar a lo astronómico, con todo lo que tiene de inabarcable. Sucede con estampas como Palacio cósmico, En un lugar del cosmos o Familia bajo la influencia de Saturno.
La clara influencia oriental se presenta en visiones como las de Bodegón japonés, Homenaje a Bárbara Hepworth o Vida silenciosa, donde el autor parece invitarnos a una filosofía de vida regida por la sencillez, buscadora de la satisfacción plena.
Quien observe cada una de estas obras verá en ellas las otras disciplinas artísticas a las que su autor también ha dedicado parte de su talento, como la fotografía o la escultura —su mencionado cuadro dedicado a la escultora Hepworth es ejemplo de esta influencia—. Sus encuadres y presencias volumétricas beben de dichas manifestaciones, y éstas a su vez de la pintura, lógicamente. También, sin ser compositor ni intérprete, debe mucho a la música, empezando por el nombre artístico de “Dis Berlin”: el “Berlin” lo obtuvo del álbum de Lou Reed de mismo título, mientras que el “Dis” lo achaca al haber intentado asumir inconscientemente las iniciales de David Bowie.
Al escribir estas líneas, siento insuficientes las palabras empleadas para describir las visiones de Dis Berlin. Por ello, invito a quien también se haya quedado con ganas de una mayor información —en este caso visual— a acudir a la mencionada exposición, que estará abierta al público hasta el 31 de enero.