Opinión

Alicia en el país de las maravillas I (una poética del absurdo)

TRIBUNA

Manuel Spínola | Viernes 17 de enero de 2025

“Es verdaderamente horrible –murmuró para sí- la manera cómo razonan todas estas criaturas. ¡La vuelven a una loca!”

“- ¡Ay, déjame en paz! –dijo la Duquesa-. ¡Nunca he podido soportar los números!”

“… pero yo no quiero andar entre locos –observó Alicia-. Ah, no podrás evitarlo –dijo el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco, tú estás loca.”

“- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le …! -. ¡Absurdo! –cortó Alicia, con voz fuerte y decidida, y la Reina calló.

-Así es –dijo la Duquesa- y la moraleja de eso es: “¡Ah, el amor, el amor pone en marcha al mundo!”

Acabo de aprobar una asignatura que tenía pendiente desde hace un montón de años. Leer esta joya, no sólo de la Literatura, sino del Patrimonio Artístico de la Humanidad. Como tenía que suceder, hay versiones llevadas al Cine, una de Disney en 1951 y otra de Tim Burton de 2010. Las dos no las he visto, pero Burton es un director muy interesante, del que habrá hecho un film con el espíritu de “Alicia …”, tanto para niños como para adultos. Pero no creo que esté a la par de toda la riqueza ideológica del texto de Lewis Carroll. Y yo quisiera ahora proponer una visión venida desde lo recóndito de mi ser y mi memoria, para lectores adultos con sensibilidad poética, imaginativa y ensoñadora, pues el texto bien lo merece. Espero entregarles, lo mejor que pueda, la mente y el corazón del autor y, a la vez, dando un poco fruto de mi cosecha, con el que intento enriquecer aún más el texto, que tiene, ya de por sí, un muy hondo calado literario, ideológico y filosófico.

En efecto, “Alicia…” es algo fantástico, creado por un verdadero genio inmortal en ebullición, con su verdadera agudeza y talento. El asombro, la admiración, la risa y la carcajada rendidas al maravilloso humor que destila la obra, inundan nuestra mente de lectores, en el gozo y fruición de disfrutar el Arte, a la vez que de sentir el vértigo de habitar un mundo de ensueño y del revés a nuestra cotidiana, rutinaria y chata vida del día a día.

A medida que pasamos las hojas, Carroll nos desconcierta y nos lleva a una dimensión de nuestra existencia, inexplorada antes, como dije, y yo diría que hasta hoy. No exagero. Leed el libro, a pesar de todo lo escrito después, y veréis a un genio del humor tan brillante como casi inalcanzable. Me viene ahora la presencia de nuestros otros dos genios españoles del humor: Tip y Coll, con esos diálogos para besugos, llenos de absurdo y surrealismo, con la sal y la chispa de la vida a raudales, y que todo lo dinamitaban, como debe hacer todo creador que se precie: romper, una vez asimiladas, todas las reglas académicas anteriores a él.

Toda esta serie de disparates que, al principio, nos sorprenden y luego caemos en su juego, con una vena de agudeza súper inteligente para lo conceptual e irracional, propia de la finura intelectual de un inglés lúcido y divertido, prodigioso en todas sus acepciones, nos saca a la luz, “avant la lettre”, las reflexiones y vivencias personales sobre el absurdo, en Albert Camus y los existencialistas de la posguerra. Para él, la existencia no tiene sentido, lo que lleva al absurdo de vivir. La vida es, básicamente, una sucesión de acontecimientos inútiles, vacíos y ausente de significado, que repetimos cada día por inercia, costumbre o tradición. En su ensayo “El mito de Sísifo”, desarrolla esta filosofía del absurdo de la vida. Este mito es muy caro para mis experiencias personales, pues a lo largo de mi vida se estaba cumpliendo al pie de la letra. En él, subía una montaña donde Zeus me había castigado a ascenderla con una pesada piedra que, al llegar a la cumbre, a la meta de mis esfuerzos, el dios, implacable, arrojaba la piedra hacia la falda del monte y, de nuevo, tenía que volver a empezar la misma costosa escalada con la misma piedra de la vez anterior, y así hasta el infinito.

Junto a Camus está otro “hermano” en la filosofía del absurdo. Me refiero a Jean-Paul Sartre, padre del existencialismo como corriente filosófica, que podría adscribirla también al fenómeno del absurdo y la nada, en nuestra Cultura actual. Él defiende, entre otras muchas ideas a lo largo y ancho de su obra, muy comprometida, que el individuo es libre y totalmente responsable de sus actos. En esto transforma el sentido de la vida, que es una creación íntima y una ética individual, apartada de cualquier sistema de creencias externo. Esta idea se remonta a Kant y a su defensa de la Ilustración.

Junto con la novela y el ensayo existencialista está otro grande en el género literario del absurdo: el teatro; en este caso cubriendo las inquietudes intelectuales de la segunda posguerra mundial. Fue Eugène Ionesco un miembro destacado suyo, con obras como “la cantante calva” y “el rinoceronte”. Le sigue en importancia Samuel Beckett con su inigualable drama, fiel reflejo de cómo respiraba Europa en esos años, y yo diría que ahora también, “Esperando a Godot”, en los que los personajes esperan la llegada de God (Dios en inglés)-ot. El caso es que, Dios-Godot no llega, y queda el teatro vacío y helada su respiración.

Los elementos comunes de la ficción absurda incluyen la sátira, el humor negro, la incongruencia, la degradación de la razón y la controversia sobre la condición filosófica de ser “nada”. El teatro del absurdo se caracteriza por tramas que parecen carecer de significado, con diálogos repetitivos y falta de secuencia dramática que, a menudo, crean una atmósfera onírica. Carroll, como vemos otra vez, se adelantó un siglo a las inquietudes del ser humano en la edad contemporánea. La incoherencia, el disparate y lo ilógico son también rasgos muy representativos y comunes de estas obras.

España aportó un gran autor con propia voz y personalidad, como Fernando Arrabal, a este mundo de poesía, del ensueño, del encanto y lo irracional. Dramaturgo, poeta, novelista, cineasta y creador plástico, fundó el Movimiento Pánico, muy afín al Surrealismo y al Dadaísmo de Tristán Tzara. Su obra, lúdica, bohemia, rebelde, constituyó una revolución permanente. Entre ella, se podría destacar como absurda y llena de poesía escénica, su comedia “El cementerio de automóviles”. Fue largamente premiado a lo largo de toda su vida por su variopinta y fértil obra.

Recordar que fueron también grandes dramaturgos de estas corrientes artísticas, Sartre y Camus, así como grandes novelistas, con las que les valieron a ambos el premio Nobel de Literatura. Pero, muy fiel a su ideología revolucionaria, Sartre rehusó el premio.

Y pues en nuestro libro está muy presente el Surrealismo de principios del siglo XX, una vanguardia muy fructífera, que abarcó varias formas artísticas, como la Literatura, el Arte, el Cine, etc., Carroll es ya profeta y visionario de nuestra contemporaneidad, con toda su revolución cultural que se va forjando en la primera mitad del XX, como dijimos. Dentro de este desquicie, de este reírse de nuestro mundo, tan estúpido, cruel, brutal, donde lo que nunca existe es la razón y el sentido común, que hemos creado los humanos, me recuerda mucho a estos otros anarquistas dentro del Arte, esta vez del Séptimo. Me refiero, cómo no, a los Hermanos Marx, con el mismo humor anglosajón, con la misma revolución de todos los visionarios de la justicia social y de todos los supuestos valores de la sociedad, pero sin pistolas. Al contrario, con su inteligencia y los dones que la Naturaleza les ha regalado, pues eran, y son, ingentes, se ríen de todo y de todos, de usted y de mí también. Desde que les vi, me convertí en un verdadero marxista: les perseguía para disfrutar y relajarme del stress y la seriedad, allí donde estuviesen, con ganas de reírme del mundo.

Aparece asimismo en el horizonte, la figura surrealista y revolucionaria del genio del Cine español y mundial, Luis Buñuel, poeta de la revolución perenne desde las salas de Cine, con su militancia, fiel desde su primer film hasta el último, del Surrealismo, quitando aquellos que tuvo que realizar a comienzos de su carrera, en México, para subsistir, aunque siempre había ese toque breve, onírico, marca de la casa. Otro grande de la Humanidad. Él, en sus cerca de 30 películas, nunca dejó el mundo del sueño, con sus pinceladas irracionales, llenas de un misterio que nunca quiso desvelar, quizás porque él mismo tampoco lo sabía, (por eso eran irracionales), que nos desafían a nuestra razón, tan parca y limitada. Era, según mi propio criterio, un recordatorio de toda la inmensa proporción de irracionalidad y sinsentido que tenemos los seres humanos en nuestra condición.

Murió en pleno ateísmo, y escéptico quizá, de todo, pero con una inquietud espiritual de la Religión siempre presente en todas sus películas, muchas de ellas obras maestras y, casi todas, con un toque de escenas oníricas como ningún otro y en la vanguardia del Surrealismo, hasta su última película, según dije. Un hombre, un artista, que nunca estuvo contento con el Mundo; que lo quisiera cambiar por medio de su Arte, denunciando las flagrantes injusticias y absurdos por todas partes donde el pie del hombre se mueva. Y enemigo a muerte del conformismo burgués que mata lo mejor del espíritu y de la persona.

(Continuará).