Opinión

La Côte Zenda

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 19 de enero de 2025

Con la relectura estos últimos días de Las pirañas, la gran novela de Sánchez-Ostiz que pronto verá la luz en una nueva edición, regresaba una y otra vez esa expresión que se repite a lo largo de sus estrepitosas páginas. Roer los zancajos. Maravillosa por cómo suena y por lo visual de su mala baba, aunque en la novela, dentro de su torrencial verbo, no se espera demasiado a que ese otro, quien sea de entre los muchos tarambanas que pululan por esas calles heladas, se ausente para poder ponerle a caldo. El protagonista, desastroso y acorde a lo mal dado por su escenario, suelta sus murmullos —a veces están más cerca de los alaridos— para quedarse a gusto, envenenado por soportar todo el peso de una sociedad cerrada, sellada en su negra provincia, creída de más. Una realidad deformada hasta más no poder, hasta que lo de guiñolesco se queda corto a la hora de dar una definición pero igualmente, cuando se deja el libro y se miran los informativos, la actualidad parece querer imitarla, sin dejar de encontrar similitudes, aun recónditas a primera vista.

Se acaba pegando el humor vitriólico, qué remedio. No está de más de vez en cuando, sobre todo si se viven situaciones que recuerdan lo criticado, aun recónditas las similitudes a primera vista, sí, desde luego. O no tanto como pareciera ni porque se haga por ocultarlas.

Recientemente tuvo lugar la gala de unos premios literarios, la primera edición, sacada de la manga y pergeñada entre amigos. Cuando en las redes sociales se anunciaron los galardonados, uno no podía menos que reírse de manera floja, de igual manera que cuando se tiene fiebre y deliras un poco pero estás consciente para captar algo, poca pero suficiente cosa. La ristra de nombres era de chiste. Todos los colaboradores del medio organizador fuimos invitados. ¿Quién querría perderse una ocasión así? No todos los días puede codearse uno entre nombres de tan altos vuelos, con escoltas rodeando el photocall porque llegaba el alcalde, todos pelados de frío.

La gala fue tan larga como casposa. Doce premios repartidos en tandas de seis, con intermedio musical incluido. Hubo entretenimientos. La gran pantalla sobre Espido Freire y Jesús Vigorra, quienes hacían de anfitriones, que se encendía y apagaba a placer. Las gentes que entraban y salían por los laterales tropezándose con las bombillas que daban una tonalidad clementina al regio ambiente. Los vítores inesperados a ciertas declaraciones muy animadas, todas del tipo ay qué buenos somos, qué bien lo estamos haciendo. Fernando Arrabal borracho, no sabemos si sólo de alegría, al recoger el premio de honor, cerca de los micrófonos gritando que era español, que era español, y los fantasmas de Umberto Eco y André Breton que visitaban su casa de París. El intermedio musical de Loquillo, demostrando que nunca ha podido cantar, mucho menos recitar musicalmente un poema de Gil de Biedma. El número humorístico final de Leo Harlem, con ese aire de falsa improvisación, chocando con la tristeza de los padres de Camila Cañeque, marchándose por la fila de en medio, cabizbajos, dejando la cortante estela de su silencio, uno que dejaba claro que nada tenían que hacer ahí.

Fue una noche memorable. En sus rostros se leía la satisfacción de quien ve cómo aguanta su cabaña ante las inclemencias. No era para menos, no se hicieron esperar al día siguiente las chuflas y comentarios corrosivos, algunos muy acertados y divertidos. Sin dejar de tener en cuenta la evidencia de la absoluta falta de fundamento de esos premios, ¿por qué esa necesidad de demostrarlo con tanta pompa y boato? Más vergonzante me parecía, cuando no paladas de sal en la herida, que salieran a entregar las estatuillas cargos empresariales que financian dicha revista digital, que el dinero aquella noche oliera tanto pese a los altísimos techos de la Real Fábrica de Tapices, que el discurso inicial de Pérez-Reverte —el mismo de todas las ediciones— se jactase de que ese medio se había creado no para funcionar como un negocio editorial y periodístico sino como portal en el que todos colaborásemos y pudiéramos vernos beneficiados cuando necesitáramos publicidad para los trabajos propios. Que estábamos ahí por el prestigio, algo fácil de decir cuando se tiene asegurado, pero con lo que, lamentablemente, uno no puede ganarse la vida. Evidentemente, muchos de los que allí estábamos no cobramos por nuestros artículos. El cuento del prestigio, cuántos cadáveres ha dejado por el camino. Los canapés y bebidas finales mantuvieron nutrido y regado ese huerto de vanidades, deliciosos, ahí no hubo fallo posible. Consuelo de tontos, tampoco hay que negarlo.

¿Saben esas celebridades, ese personal responsable de gestionar el medio periodístico que tanto mérito dicen que tiene su labor, mencionando datos, alcances, reconocimientos, saben, pregunto, que todo eso es papel mojado si los que sustentan ese castillo aéreo no ven retribuido económicamente su esfuerzo? Nos morimos de éxito, dirán como excusa. Nosotros aguantamos hasta el final, para volver a la gélida calle despejada a medianoche y empezar a roer por lo bajo sus distinguidos zancajos, hasta la próxima.