En el Ministerio de Igualdad, algunas y algunos se han lanzado a defender el velo islámico como signo de identidad cultural. A través de retorcidos sofismas se trata de quedar bien con los dirigentes islámicos que en diversos países mantienen la prenda opresora. La justificación cultural, sin embargo, es una camelancia. La realidad radica en que el velo significa una imposición en diversas naciones donde el islamismo limita de forma desmesurada la independencia y la libertad de la mujer. Elena del Pilar Ramallo ha resumido con palabras claves la situación: “El velo, lejos de ser un accesorio inocuo, ha simbolizado históricamente la sumisión de la mujer a la religión y al hombre”. Y se ha producido el rechazo a ciertas campañas del Ministerio de Igualdad: “Esa postura constituye una traición a los principios fundamentales que deben guiar a una entidad pública encargada de luchar por la igualdad, la libertad y los derechos de las mujeres”.
Parece claro que la libertad exige que una mujer se cubra con el velo si así le place. Y si lo que le da la gana es mostrar el rostro entero y el cabello, que pueda hacerlo prescindiendo del velo. Nadie está contra el velo. Pero casi todas, casi todos están contra el velo impuesto y obligatorio. Por mucho que se trate de mantener relaciones de cordialidad con naciones islámicas a las que se llaman “progresistas”, la realidad es que la imposición del velo no parece de recibo. Y significa un recorte sustancial en el derecho de la mujer a la elección de vestimenta, tal y como ocurre en las sociedades libres.
No se trata de una cuestión menor. Se trata de algo que hiere los derechos humanos y que millares de mujeres están soportando en países islámicos. Resulta rechazable que en España, por razones espurias, se trate de justificar la imposición del velo. Las feministas que se han lanzado a combatir la anomalía tienen razón. Toda la razón. Y hay que denunciar con la debida energía el atropello que supone imponer una prenda determinada a la mujer.