Opinión

El papado de Pedro

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 20 de enero de 2025

Ahora Pedro – creerá que el nombre le avala – quiere ser Papa. Escuchen a la ministra de Igualdad que – acaso por eso lidera semejante ministerio – carece de todo criterio y resulta incapaz de fijar cualquier diferencia. En la noche oscura todos los gatos son pardos, quiero decir, iguales y esta señora podría resplandecer como ministra de la noche absoluta. A su juicio, el derecho constitucional ha de aplicarse a la administración espiritual de la Iglesia que no podrá discriminar al ciudadano por su preferencia sexual. Pondrá el grito en el cielo – perdón por la expresión – cuando se entere de que no recibimos el sacramento muchísimos otros, porque se trata de un sacramento y no de un derecho constitucional. A su juicio, ha de darse la comunión al individuo LGTBIQ+, es decir, a cualquiera en nombre de su fe. Esta fe ha de entenderse, naturalmente, como una emanación de su conciencia o una prerrogativa de su preferencia por una u otra identidad religiosa. No debiera sorprendernos, desde que aceptamos una comprensión de la fe como mera cuestión de conciencia. La sola fe se concibe desde hace tiempo como una suerte de aquiescencia subjetiva a brumosas ideas más o menos sentimentales. Es cristiano, en tal caso, todo el que afirma ser cristiano. Si algo así se asume en el terreno de la “opción sexual”, es hombre el que dice serlo, cómo no había de aplicarse al terreno de una fe que – encerrada en el claustro de la propia conciencia – resulta enteramente inaccesible para cualquiera que no sea el propio sujeto.

La ministra de la indiferencia generalizada clamaría a su idolatrada tabla de derechos humanos si descubriera cuántos son discriminados por una misma rendición ante el pecado. No por su condición de pecadores, común a todos los hombres. En una sociedad terapéutica, que ha resultado de un largo proceso de exculpación, la idea misma de pecado resulta perfectamente incomprensible.

Por otra parte, la tensión entre las nociones de delito y de pecado es, sin duda, un momento importante en la conformación del derecho moderno. Una tensión irresuelta porque el Estado triunfante ha buscado siempre extender su dominio a los terrenos de la subjetividad e imponer su hegemonía en el ámbito de la intimidad personal. Incluso los sacerdotes atenúan la idea de pecado, en ocasiones, para hablar de responsabilidad o de error. Para la ministra de todo-es-lo-mismo el único error culpable consistirá en no pagar los impuestos a este Leviatán de inagotable capacidad de digestión.

Naturalmente un ciudadano tiene libertad para pertenecer o no a la iglesia, a una u otra iglesia, a la Umma o a la Shanga: puede declararse mahometano o protestante, budista, católico o judío como puede practicar sus actividades sexuales preferidas con el límite – repetido como si fuera una evidencia no problemática – de no interferir en la libertad de terceros. La ministra debería saber que la Iglesia no es el Estado y que esa diferencia, inasimilable para su reverenda Igualdad, es el elemento distintivo de la vieja Europa. La Iglesia no es el Estado, ni el Estado es la Iglesia o para ajustar mejor los términos: la diferencia entre sacerdocio e imperio o entre auctoritas y potestas es el elemento determinante de la singularidad europea. Otra diferencia que la igualdad anega en el charco interminable de lo mismo.

La diferencia entre el poder temporal y el poder espiritual – con sus tensiones inherentes – ha basculado, ocasionalmente, hacia los intereses temporales de la Iglesia o hacia los dominios espirituales del imperio. De algún modo persistió la diferencia tras la ruptura de la unidad cristiana de Europa, a la escala primero de los estados absolutos y, más tarde, de los estados nacionales. El pensamiento moderno ha tratado de dotarse de un poder espiritual que supla el procedente de Roma que quisiera ver eclipsado. A menudo es La Ciencia el sucedáneo – con ese singular mayestático que delata su intención metafísica – o la Democracia y los Derechos Universales del Hombre. Pero ha de saber la señora ministra que la Iglesia es anterior a la formación de los reinos sucesores de Roma, que precisaron del modelo eclesiástico para la formación de sus cuerpos jurídicos, históricos y sociales. Sólo más tarde tratarán de integrar y reducir a la Iglesia en el campo de su tolerancia, sin lograrlo nunca plenamente. No es la primera vez que vemos a la Iglesia concebida – si en el reino de la igualdad sin matices puede hablarse así – como una ONG, un club privado o una Fundación de fines determinados. Pocas veces hemos escuchado, sin embargo, voces con la rimbombante soberbia de la promotora de esta noche oscura de la igualdad. Soberbia e ignorancia, dos fuerza atávicas que hay que saber afrontar. Hay que volver a declarar, arrostrando las consecuencias, que nuestro reconocimiento del poder del emperador no alcanza a juzgarlo divino.