El fútbol es uno de esos deportes en los que un pobrísimo desempeño puede dar paso, en un fogonazo de excelencia, en un lapso de autoridad, a un triunfo de gran valor. Ese es el guion que se desarrolló este martes en el estadio Da Luz de Lisboa -recinto de la Décima madridista y del 2-8 de infausto recuerdo 'culé'-, en el partido que enfrentó al Barcelona con el Benfica. El conjunto catalán defendió muy mal y recibió una goleada pero un golpe de suerte recortó la distancia en el marcador y entonces los locales temblaron hasta despeñarse, literalmente, en la última jugada del encuentro. Así se escribió la clasificación directa de los azulgranas a los octavos de final de la Liga de Campeones, con una jornada por jugarse, en un desempeño problemático que terminó en épica triunfal.
Sabía Hansi Flick que el irregular rival de esta noche entrañaba cierta dificultad cuando compite en su feudo, por eso alineó a todos sus titulares. Sin ir muy lejos, en la segunda jornada de este torneo los lisboetas habían arrasado al Atlético de Simeone en la capital portuguesa, y llegaban después de ganarle la Copa de la Liga al Sporting. El ambiente generado en la tribuna mezcla a la perfección con la intensidad y la identidad guerrera de la entidad que dirige desde los despachos el mítico mediapunta Rui Costa. En el presente no disponen de un futbolista de semejante calidad y jerarquía, salvo el veteranísimo Ángel Di María -suplente en esta fecha al estar tocado-, pero suplen esa carencia con músculo, pujanza física, agresividad y velocidad.
Esos ingredientes obligaban al Barça a competir con la concentración adecuada, mas los visitantes saltaron al verde seguros de que sólo con sus virtudes técnicas iban a pasearse. Y lo pagaron rápido. En el segundo minuto un cambio de banda brillante de Tomas Araújo pilló a Koundé descolocado, el estupendo Álvaro Carreras -gallego de 21 años, ya está en la agenda de los grandes del Viejo Continente- pintó un centro quirúrgico y Vangelis Pavlidis inauguró el marcador tras adelantarse a Cubarsí. Abrió de este modo el delantero griego el rendimiento más elevado de su carrera. Pagaron por él 17 millones de euros en verano, al AZ Alkmaar, y sólo había marcado una vez en los 12 duelos precedentes, pero las facilidades de la zaga azulgrana le brindarían un triplete del todo inesperado.
No encajó bien el golpe el sistema barcelonés, todavía sorprendido. Acumulaba pérdidas en pases sencillos, como la que cometió Lamine Yamal y que se tradujo en una contra dirigida por Carreras que perdonó Kerem Aktürkoglu -minuto 7-. El plan ideado por el técnico Bruno Lage incidía en la verticalidad para disolver la seguridad 'culè' en la táctica del fuera de juego. Los extremos locales salían como flechas hacia adelante y los cambios de orientación profundos provocaban que las ayudas visitantes no llegaran a cubrir los costados. Dañaron sobremanera por esa vía, forzando al titular Wojciech Szczesny a tapar un centro peligroso de Andreas Schjelderup. La electricidad del juvenil noruego (20 años) dio verdaderos quebraderos de cabeza a Casadó y a Gavi. Ambos serían relevados pronto.
Jugaba el Barcelona como siempre, con la defensa muy adelantada y tratando de presionar. Suya era la pelota y conseguían fabricar ocasiones claras en el ida y vuelta, como la que Robert Lewandowski mandó a las nubes tras un robo alto -minuto 9-. No está disfrutando el goleador de finura, aunque la estadística refleje otra cosa. En este duelo firmó un doblete, de penalti, después de marrar ocasiones claras. Sea como fuere, es el pichichi de la competición y su cosecha del día comenzó en el minuto 13, al embocar una pena máxima cometida por Tomas Araújo -central devenido en lateral- sobre hiperactivo Raphinha. El brasileño lideró antes del intermedio con su personalidad, todo lo contrario que un Lamine apagado y poco participativo. Cuando recibió la pelota se mostró fallón, poco encarador e impreciso en la finalización. Aún así, el arco de Anatoli Trubin recibía amenaza y el titubeante arquero ucraniano logró despejar una volea a bocajarro de Gavi, en el minuto 20. Entonces ocurrió un punto de inflexión: en el 22 Szczesny y Alejandro Balde chocaron cuando iban a por un balón y Pavlidis agradeció la pelota suelta para anotar, en el epítome de las flaquezas del libreto de Flick. Una pelota a la espalda de su defensa, rompiendo el fuera de juego, bastó para generar el caos. Los riesgos de ese diseño táctico se multiplican cuando hay pasadores atinados y desmarques afilados enfrente.
Quedó señalado en esa acción el portero polaco. Venía de jugar bien tras relevar a Iñaki Peña, pero en esta ocasión dejó en mal lugar a la puesta de su entrenador. No en vano, en el minuto 30 llegó tarde en una salida apresurada y cometió penalti sobre el fulgurante Aktürkoglu. Pavlidis abrochó su tercera diana sin pestañear. Una vez más, un balón a la espalda obligó a la defensa a correr hacia atrás. Con la desorientación de la línea defensiva visitante, Orkun Kökçü giró el juego con Fredrik Aursnes y el portero polaco no llegó a tiempo para evitar el desastre táctico. Con 3-1, dos pifias en el remate de Lamine y Raphinha, y la sensación de inferioridad por pura energía y rigor, el Barça entró en vestuarios. Había dispuesto del 74% de la posesión y rematado siete veces, pero sólo tres entre palos, las mismas que los lusos. Se estaban repitiendo los síntomas que les han arrebatado el liderato liguero que ahora ven a siete puntos de distancia. Les urgía que apareciera un líder para activar a sus compañeros en la reanudación. Y tomó las riendas Pedri, como tantas veces en esta temporada de altibajos. El canario marcaría la pauta de una segunda parte que quedará inscrita en los anales de la Copa de Europa. Por imprevisible, batallada y explosiva.
Volvieron al césped los catalanes con el compromiso renovado en la presión. Y con una mayor concentración. Ahora sí encerraban de manera sostenida al Benfica en su tercio de campo. Y Pedri alimentaba una circulación que al fin hacía volar al cuero. Extraordinaria la actuación del tinerfeño, moviendo de lado a lado o filtrando balones por dentro, como el delicado pase aéreo que Koundé no supo embocar con todo a favor -minuto 49-. Lamine marraría otra opción nítida en el 59, en otra jugada nacida de la visión de un número '8' que en el 60 le puso a Lewnandowski un centro para que rematase a puerta vacía y el delantero ni leyó la intención. Incluso probó los guantes de Trubin con latigazo raso lejano. Lo intentó todo para que sus colegas creyeran en la remontada.
En el otro terreno también había actividad. Más racheada, pero siempre al galope de los desajustes de la adelantada defensa que compartieron Ronald Araújo, Cubarsí, Balde y Koundé (Íñigo Martínez sigue lesionado). A base de contragolpes y pases en profundidad, los locales dispusieron de hasta tres oportunidades para sentenciar el partido. En el 52 estrellaron dos remates en los zagueros azulgranas antes de que Aursnes definiera mal dos chuts propicios, en pleno desbarajuste oponente. Cubarsí, in extremis, salvó a los suyos en uno de esos lances. Mas el relato del encuentro guardaba todavía otro punto de inflexión, esta vez para desnivelar la relación de fuerzas hacia el lado español.
El golpe de suerte que necesitaba el Barça para superar su impotencia y falta de puntería ocurrió en el minuto 65, cuando Trubin despejó en largo y la pelota le rebotó en la cabeza a Raphinha para colarse en la portería. Así recortaron distancias los 'culés' y dejaron a los lisboetas con un mar de dudas creciente que no salvaría ni Otamendi. El gol en propia meta de Ronald Araújo -en otro desajuste en el achique, minuto 69- no resultaría más que una anécdota dentro del escenario definitivo. Porque a los de Lage no les llegaba la camisa al cuello y Flick ya había metido en cancha a más atacantes y competía con tres centrales. Y porque quedaba tiempo para la traca final. En el 77 el colegiado pitó un penalti polémico de Carreras a Lamine y Lewandowski anotó; en el 87 Pedri dibujó un centro delicioso y Eric García cabeceó el empate, a placer; y en el 96, en la última jugada, mientras que los portugueses pedían una pena máxima en el área de Szczesny -que había detenido un zurdazo clave a Di María-, Raphinha se escapó y estableció el 4-5 postrero. Para convertir la decrepitud en paroxismo, las dudas en indestructibilidad. Así de bonito es este deporte, en 90 minutos cabe todo eso.