Javier Zamora Bonilla | Martes 25 de noviembre de 2008
El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, presentó el pasado lunes a los principales componentes del equipo económico que tendrá que bregar con la crisis y encontrar respuestas para encauzar la economía hacia nuevas rutas de crecimiento. Como vivimos en una sociedad nominalista y en gran medida personalista, los nombres (Timothy Geithner, Larry Summers, Christina Romer, Melody Barners) han tapado el fondo de las palabras de Obama, quien en ese mismo acto anunció un “new New Deal”, que algunos analistas internacionales calculan que se traducirá en inversiones públicas por valor de 700.000 millones de dólares, que se sumarán a las actuaciones que ya ha aprobado la administración Bush para el rescate de entidades financieras y aseguradoras.
Obama dijo que las medidas que pondrá en marcha nada más tomar posesión como presidente conducirán a la creación de 2,5 millones de nuevos empleos, que servirán no sólo para paliar la situación de muchas familias sino para reactivar el consumo y tirar hacia arriba de la economía del país. Si esto se consigue está por ver, pero a todos nos interesa que Obama tenga éxito, tanto por el bien de la economía norteamericana como por el bien de la economía global. El Estado no tiene una barita mágica que permita crear puestos de trabajo simplemente agitándola, y eso lo saben Obama y sus asesores. El nuevo presidente de Estados Unidos tendrá que ver qué caminos emprende para que sus políticas den los resultados apetecidos, y es seguro que su equipo económico, con currículos académicos y profesionales extraordinarios, es consciente de las enseñanzas del pasado. Entre ellos, varios son expertos en el New Deal de Franklin D. Roosevelt.
Las políticas de Obama se traducirán en una gran inversión estatal en áreas tan importantes como la educación, la sanidad, la lucha contra la pobreza, las obras públicas y las nuevas energías. Hasta qué punto estas políticas serán aplicadas directamente por el Estado o, si por el contrario, las inversiones estatales serán dirigidas hacia empresas privadas que gestionen las mismas para relanzar la economía y crear puestos de trabajo, es algo que ahora mismo se desconoce, incluso es posible que lo desconozca el propio Obama y sus asesores. Seguramente ambas políticas se mezclen. Si Obama cumple lo que viene prometiendo, por ejemplo en materia de educación y de sanidad, Estados Unidos se encaminará hacia un Estado del bienestar mucho más parecido que hasta ahora al modelo europeo. Las bases del mismo las puso hace más de setenta años Roosevelt, pero luego Europa y Estados Unidos siguieron sendas diferentes. Si la principal economía del mundo emprende este camino, llevará ya en su bagaje las lecciones aprendidas de los problemas que el mismo ha generado en Europa. El ejemplo de Suecia es en este sentido muy relevante de los límites del Estado del bienestar para un progreso sostenible de la economía. Lo importante es garantizar una serie de derechos sociales (no sólo por un sentimiento altruista sino como elemento de estabilidad del sistema) y no tanto la gestión pública o privada de los mismos. Aunque tampoco hay que caer en tópicos: ni el mercado es bueno por naturaleza y dejado a su libre albedrío permitirá un crecimiento económico permanente, ni la gestión pública tiene que ser intrínsecamente deficitaria.
Lo que la crisis económica actual muestra es que frente al reducido papel de gendarme en que los economistas liberales quieren recluir al Estado (algo que ya fracasó en el siglo XIX), la necesidad del Estado se hace cada vez más evidente no sólo como regulador imparcial (deseablemente imparcial) de numerosos sectores económicos que intervienen en aspectos de interés público, sino también como impulsor de la economía en tiempos de crisis, bien directamente bien indirectamente a través de las ayudas o del sostenimiento de sectores cruciales para el funcionamiento de la economía.
Los responsables de esta crisis, que seguirán en muchos casos disfrutando de sus inmensas fortunas mientras las perdidas que han generado no sólo a sus empresas sino también al conjunto de los ciudadanos se socializan, se olvidaron de algo que ya tenía muy claro Aristóteles: que economía viene de koinón, de lo común.
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