Pues sí. Andamos ocupados en diferentes versiones. Por un lado, “okupados”: dicho sea de aquellos que usurpan la propiedad privada con alevosía y sin ningún reparo de hacer suyo lo que es de otros. Es decir, ‘lo tuyo es mío, porque me sale del níspero’. Para esta versión no hay antídoto; es más, hay defensores que lo aplauden y lo sustentan e incluso cargan contra los quejicas afectados, reprochándoles además que pierdan el tiempo con sus jipidos, protestas o condenas. Una lacra que se mueve por culpa de ese poder omnímodo que todo lo abarca, carente de límites ni contrapeso, por lo cual aquel que lo ostenta puede imponer su voluntad y actuar de acuerdo a sus propios intereses, sin preocuparse por las consecuencias. ¡Madre mía con el problema de la okupación, ¿eh?! Al parecer, así lo soltó Irene Montero. Quizás por una de esas razones espurias con licencia para proteger al que delinque a costa del ciudadano que cumple con sus deberes y obligaciones.
El tema de los okupas (o inquiokupas) es tan perverso como la propia normativa que lo consiente. Miles de personas están sufriendo un auténtico calvario al verse desprotegidos por el Estado, donde la policía y los jueces tienen las manos atadas por una ley tan pérfida como inmoral. El Gobierno de Pedro Sánchez viene naturalizando este grave problema, haciendo que la propiedad privada esté supeditada a la necesidad del que lo habita, de tal manera que los derechos del dueño sean secundarios frente al ocupante. Uno se pregunta: ¿por qué tiene que hacer el Estado política social con la vivienda de un particular? Entonces, ¿para qué está el Estado? ¿Para qué sirven los servicios sociales de los ayuntamientos, comunidades autónomas y el propio Gobierno central?
Las víctimas son en su mayoría pequeños propietarios a los que el Estado obliga a mantener a sus okupas e incluso a pagarles los suministros. El famoso mundo al revés, ese dispositivo retórico que promueve el contagio entre diferentes grados de desorden. Y de ahí proviene la maldad de usurpar lo ajeno con la condescendencia de los que gobiernan en clara alianza con los poderes totalitarios.
En esta sociedad irritan los vicios y las maldades; se han apoderado de la moral, de la honradez e incluso de la vergüenza. La palabra y el verbo anidan en la oscuridad de su propio sentido y lo peor de todo es que el entendimiento ha dado paso a la frigidez desnuda de principios. Personas que son laceradas por la condición de ser dueños de lo suyo, mientras aquellos que malgastan el erario público ríen y celebran el drama de personas moralmente buenas obligadas a compartir su piso con su propia okupa mientras esta insulta y agrede, pero no la echan porque es vulnerable. Otro caso, durante cinco años, obligada la propietaria a mantener a una okupa en edad de trabajar y embargar a la propietaria la pensión por no pagarle el agua. El drama de otro propietario, viudo, con una hija y obligado a mantener a una inquiokupa que se lucra realquilando habitaciones, entre otros miles de casos.
Y he aquí, que llegado el momento, cabe decirles a cuantos quieren gobernar el mundo y viven sin gobierno que España se ha llenado de caudillos bramando engaños manifiestos; también, los que maman de la teta a mesa puesta a modo de devanadores de provechos ajenos; sin olvidar a socios untados y opositores de gama blanda que oscilan entre ocuparse en preocuparse y la nada. Y con estos mimbres el pueblo se desgrana entre la felicidad barata y artificiosa del pobre, que a la sazón es la que nos inoculan, haciéndonos creer que somos la locomotora de Europa cuando no el cohete o el ombligo del mundo libre y expedito.
La amenaza velada de Pedro Sánchez hacia las herencias que los padres legan a sus hijos tras su fallecimiento nos ha dejado una apostilla cargada de enjundia: “Nos estamos enfrentando a un problema grave, muy serio, de enormes implicaciones sociales, económicas y políticas que exige una respuesta decidida… y si no lo hacemos, la sociedad europea y española va a acabar dividida en dos clases de personas: las que reciben una o varias casas de sus padres, y pueden por ello dedicar el grueso de sus ingresos a formarse o viajar, y las que se pasan la vida trabajando para pagar un alquiler y llegan a la vejez sin ser propietarios de la casa en la que viven".
Es lo que hay, pero no se preocupen, siempre quedará el famoso ¡Exprópiese! ¿Les suena de algo? Pues eso.