En Madrid siempre antes la producción corrió a cargo de compañías invitadas, la última vez en 2010, en el mismo coliseo operístico madrileño, de la mano del Teatro Bolshoi de Moscú. La presente tiene al frente de la batuta al director levantino Gustavo Gimeno, qué será el próximo director musical a partir de la próxima temporada, es decir, en otoño de 2025, cuando concluirá el contrato con Ivor Bolton. Gimeno ya dirigió el pasado abril la ópera de Serguéi Prokófiev El ángel de fuego. Precisamente su excelente trabajo en la larga gira de esta ópera ha influido en que la entidad finalmente se decante por él como nuevo director titular. Nicola Luisotti seguirá como director emérito y para grandes proyectos se seguirá contando con la más que demostrada hasta ahora excelencia del director británico, así como con Pablo Heras Casado, cuya batuta ha estado al frente de la presentación gradual de la ópera wagneriana desde hace varias temporadas.
En la escena vuelve un director casi habitual del Teatro Real, Christof Loy (La Espera y La voz humana de Poulenc en 2004, Capriccio de Richard Strauss en la temporada 2018/2019, Rusalka de Dvořák en 2020/2021 o Arabella, del compositor austríaco citado, en 2022/2023). A Loy su trabajo le ha granjeado premios y galardones, pero también críticas, como pudo evidenciarse en el estreno de anoche. El público abucheó su tratamiento de la ópera de Chaikovski, seguramente por su excesiva sexualización (hasta los camareros llevan a cabo su propia bacanal no lejos de los invitados a la fiesta) y el manifiesto desconcierto en la dirección (por poner un solo ejemplo, el telón se cerró hasta en tres ocasiones -con la consiguiente interrupción de la música- sin que la escena cambiara aparentemente). La conclusión que se saca en casos como éste en que el director de escena, no sólo ha modificado el relato, sino los sentimientos que genera en el oyente el lenguaje musical de un compositor de la talla de Chaikovski, es que ha oscurecido el original al que en principio debería de haber rendido homenaje con su trabajo. Y es que Chaikovski -un exponente temprano del Naturalismo en la música, nacido el mismo año que Émile Zola-, al detener la mirada en el Eugenio Oneguin de Pushkin, quiso alejarse del drama teatral convencional, de la Gran Ópera, de los efectismos y en su lugar valoró la obra del literato moscovita porque contenía sentimientos hondos, pero también sencillos. Por este motivo, porque aspiraba a la naturalidad, el compositor prefirió estrenar su ópera con estudiantes de conservatorio en lugar de encargarla a cantantes profesionales. Pues bien, la apuesta escénica de Loy es casi todo menos honda y sencilla.
Dejando la escena y regresando a los autores, Eugenio Oneguin se inspira, en el sentido apuntado, en la famosa novela en verso con partes dialogadas de Alexander Pushkin, considerado el padre de la literatura rusa. La relación entre ambos, entre música y texto, es crucial: la ópera toma muchos de los textos literalmente, lo que le confiere una gran solidez literaria. Al igual que ocurre con el poeta alemán Heinrich Heine, cuya influencia es fundamental en la lírica alemana del siglo XIX, Pushkin es aquí el referente por el modo en que pone por escrito su visión de la Rusia de su tiempo. Uno de los temas que aborda es el amor no correspondido (en esto se acerca a ópera naturalista más conocida, la Carmen de Bizet), pero también y en estrecha relación, el paso inexorable de la saeta del tiempo: la nodriza, Tatiana, Oneguin, Olga, Lenskin…, todos tienen un antes y un ahora relacionado con el amor o con su antítesis. Aquí el autor se distancia del idealismo romántico típico de épocas anteriores. Un ejemplo claro es el de Tatiana: de ser una joven devoradora de novelas románticas, evoluciona hacia una mujer que asume sus sentimientos, decisiones y desilusiones. De este modo, el proceso de maduración de Tatiana se convierte en el eje de la ópera y lo que podría haber sido un relato común de amor no correspondido se convierte, gracias a la música de Chaikovski, en una reflexión sobre los sentimientos de añoranza, desesperanza y aceptación. Al otorgar a Tatiana, no solo una voz que resuena en lo emocional, sino también una dignidad intrínseca, el compositor ruso eleva la obra a un plano superior, evitando caer en el melodrama trivial. Es precisamente por este motivo por el que la escena debe, en este caso mucho más que en otros, respetar a los verdaderos autores.
En cuanto al lenguaje musical, Chaikovski estructura su ópera con una precisión sorprendente; emplea simetrías y cambios tonales que refuerzan los estados de ánimo de los personajes, recurriendo además constantemente a la simetría, construcción musical que tiene la virtud de retratar, no solo la emoción del instante, del aquí y ahora, sino también la transformación de los personajes en el tiempo -elemento éste que actúa de catalizador principal del amor- dotándola de unidad. Así, la frescura e ingenuidad iniciales de Tatiana están acompañadas por tonalidades más claras y armonías más sencillas, mientras que su madurez emocional y la resolución de su amor no correspondido tienen su reflejo en totalidades más sombrías y armaduras más complejas. Esta unión entre música y emociones -crucial en la ópera- es perseguida con precisión minuciosa por el autor para asegurar la eficacia de su trabajo, un aspecto, junto con la claridad en la escritura, que acerca su obra al legado mozartiano.
La ejecución de los cantantes fue loable sin excepciones. Aunque todas las intervenciones fueron excelentes, la más ovacionada fue la de la soprano rusa Kristina Mkhitaryan en el papel de Tatiana. Mención especial de técnica y buen canto adaptado al paso del tiempo merece Elena Zilio en el papel de la nodriza Filipievna y también la impresionante voz del bajo ruso Maxim Kuzmin-Karavaev como ríncipe Gremin. La iluminación, a cargo del alemán Olav Winter, fue otro de los puntos fuertes de la velada junto con la dirección musical de Gustavo Gimeno, que supo trasladar al público el valor de la música de Chaikovski.
Lista de cantantes y bailarines en el primer elenco
Cantantes
Larina: Katarina Dalayman
Tatiana: Kristina Mkhitaryan
Olga: Victoria Karkacheva
Filipievna: Elena Zilio
Eugenio: Oneguin lurii Samoilov
Lenski: Bogdan Volkov
Zaretski/Principe Gremin: Maxim Kuzmin-Karavaev
Capitan: Frederic Jost
Triquet :Juan Sancho
Bailarines
Anna Arboix, Yannick Bosc, Chiara Mordeglia, Clara Navarro, Eduardo Núñez, Carla Pérez Mora,
Marianne Ustvedt, David Vento
Representaciones
Eugenio Oneguin seguirá representándose en los días 25, 28 y 31 de enero y el 3, 6, 9, 12, 14 y 18 de febrero.