Opinión

Alicia en el país de las maravillas III (una poética del absurdo)

TRIBUNA

Manuel Spínola | Viernes 24 de enero de 2025

Volviendo a la “Dolce Vita”, la Iglesia Católica cerró filas y condenó la película, tachándola de inmoral. Pues bien, dentro de la Iglesia sólo un colectivo de ella la entendió y apoyó a Fellini en su denuncia de esa clase social decadente, parásita, nihilista y vacía: los jesuitas, para el gran respiro de nuestro cineasta que se vio comprendido en su obra vanguardista y rompedora de valores establecidos, por personas como los jesuitas, altamente inteligentes y cultos, por lo menos en teoría, por su muy intensa y larga formación.

El film está lleno de paparazzi a la caza de fotos de los famosos, llevando una violencia inhumana hacia éstos, con tal de poder venderlas a la prensa del corazón, con cuanto más morbo y escándalo en ellas, mejor, tal y como ahora sucede, y sucedió con el accidente mortal de Lady Di, ejemplo paradigmático de sus conductas. Y resulta que uno de ellos se llama Paparazzo, que es de donde viene ese vocablo denominativo de los fotógrafos hacia los famosos.

Por otro lado, el film es enormemente rico en ideas, que llenan la narración durante las dos horas y media que dura. Se podría hablar de una verdadera “tormenta del cerebro”, según el término empresarial ya clásico, o sea, una lluvia de ideas narrativas intensas en sus tres guionistas, por tantas secuencias que en ellas suceden, a veces con un poco de desconexión a modo de los impresionistas y sus colores distintos para que la mirada los una con cierta distancia del cuadro/film. No obstante, creo que se resiente la estructura narrativa y dramática del film, al ser tan exhaustivo.

La película es, asimismo, en algunas secuencias, cine sobre cine, donde vemos en la pantalla otra película con su historia propia, viendo cómo se realiza; es decir, lo que se llama meta-cine, muy querido este género por nuestro cineasta, haciendo toda una obra de Arte en su film “Ocho y medio”, para muchos la mejor película de la Historia del Cine, o pocas delante de ella. Film bellísimo, lleno de pura poesía, que destila magia sublime.

El estremecedor final de nuestra película, “La dolce vita”, en el que el protagonista, Marcello (Marcello Mastroianni) tiene en sus manos el cruzar la puerta para abandonar ese grupo tóxico y destructor de almas que se pasea junto al mar en su última secuencia, siendo el viento de la playa el que le impide oír a la niña del humilde pero verdadero pueblo, donde reside la verdad, la virtud y la realidad, que le llama para unirse a ella, en otro de esos grandes finales de películas de todos los tiempos.

Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, quiero traer a la luz una obra cumbre de la Historia de la Literatura Mundial, donde se retrata, casi hasta la extenuación, esa clase decadente y fuera del reloj de la Historia, o sea , esa misma aristocracia de la película, en un mundo decadente en los salones del París de los primeros años del siglo XX, como fue la súper extraordinaria novela en 7 tomos de “En busca del tiempo perdido”, de la mano de uno de los más sensibles autores de todos los tiempos, unido a una prosa bellísima que cincela la mano de un verdadero artista creador de la Belleza con mayúscula, que muy pocos autores han llegado a escalar en esa su cumbre estética. Este fue Marcel Proust, un testigo de la muerte, ya definitiva, de ese “ancien regime”, coleando sus últimos estertores en los salones del París justo antes de esa deflagración mundial de valores y costumbres como fue la I Guerra Mundial, que, aparte de millones de muertos, pregonaba ya los más horrorosos e inhumanos regímenes ideológicos, responsables de unos genocidios de millones de muertos. Cuando acabamos de leerla como lectores, nos surge un problema: ¿a quién vamos ahora a leer, después de que tenga, no igual, que es casi imposible, sino parecida prosa estética que Proust creó?

También ahora todos pensamos en otra deliciosa película en la que se nos narra la realización de un film: “La noche americana”, de François Truffaut, un recorrido íntimo de todo lo oculto que hay detrás de la cámara en el rodaje de una película.

Me gustaría desde aquí y ahora, homenajear, otra vez, al equipo de jesuitas responsables de la sección de Cine –y de las restantes- en su revista cultural “Reseña”, un referente de la crítica y el estudio cinematográfico de aquellos años, en los comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, formados algunos de ellos en Italia con el también sacerdote Nazareno Taddei, -creo recordar-, que trajeron a nuestro país los conocimientos impartidos de teoría y crítica de Cine por dicho estudioso del Cine, que luego vertieron en la revista, para que aprendiéramos a ver, analizar y comprender mucho mejor el Séptimo Arte, y así enriquecernos con él en el deleite de la belleza y de la sabiduría de nuestra idiosincrasia, siempre ansiosa y curiosa de conocimientos en todos sus ámbitos por las más preclaras mentes y corazones del género humano.

Otra escena de Jesús con humor es la que se ve en la película “Pasión” de Mel Gibson, en ese flash-back en el que se retrotrae a la casa paterna de Jesús de Nazaret, antes de su vida pública, en el que le vemos jugando con su Madre, en un recuerdo delicado, bello, tierno y poético, que nos hace comprender más y mejor el lado humano de su figura histórica.

Estos creativos geniales dan un empuje muy valioso al devenir de la Humanidad, aportando belleza y profundidad en nuestro propio conocimiento de la casi infinita complejidad de nuestro ser. Y aquí entra el Dadaísmo, esa vanguardia fugaz que todo lo descolocaba con su versión arrasadora de la razón que, desde el Siglo de las Luces, llevaba rigiéndonos, hasta la explosión de los valores culturales y humanos de una época que se los llevó la Gran Guerra, en donde, no sólo mató a millones de personas, sino a toda la idiosincrasia cultural y humanista anterior a ella y que tan bien lo describe el gran escritor austríaco Stefan Sweig, en su conocido libro “El mundo de ayer”.

Quisiera comentar la última escena de “Alicia …”, porque, aparte de que es la más genial que he visto de un juicio con jueces, testigos, etc., en las muy frecuentes secuencias de películas del cine clásico, es, sencillamente, una bomba de relojería contra las prácticas del Derecho en nuestra sociedad. Otra vez todo ello es absurdo, hilarante, destructor, ingeniosísimo, lleno de ese humor inglés que tanto admiramos. Bien parece que Carroll no cree mucho en la Justicia humana y en sus prácticas para deliberar cómo se condena o absuelve un reo en sus tribunales de justicia. Me viene a la memoria la película del cine clásico, “12 hombres sin piedad”, que el gran realizador de tv. Gustavo Pérez Puig la llevó a la pantalla chica cuando era en blanco y negro, con todos los grandes actores de esa época, que se podría decir que eran del “star-system” español, por su extremada calidad. Me refiero a ese estupendo programa, “Estudio 1”, que llevaba al televisor grandes obras clásicas del teatro universal.

Una mofa, un escarnio a las prácticas de nuestra Justicia, la que se ve en “Alicia …”, pero también un juego divertidísimo para reírnos continuamente de principio a fin, para adolescentes y mayores, de cómo discurre el juicio, cada vez más y más absurdo. ¿También nuestro Poder Judicial en nuestras Democracias? Nos parece lo limitada que es, de por sí, la Justicia humana en todas sus acepciones a lo largo y ancho del Planeta.

Y siguiendo con la dinamita que estalla a la Justicia de nuestros siglos, aquí tenemos la pesadilla, llena de una angustia que va creciendo hasta lo irresistible, de la mano de un genio que retrata cómo el hombre ha creado, en estos tiempos, un monstruo de la práctica del Derecho y de todas sus connotaciones políticas y sociales, en un sistema que asfixia y oprime al ser humano de a pie, hasta la tragedia. Me refiero a Franz Kafka y su libro “El proceso”. Expresionista y existencialista, habla de la angustia, la culpa, la “burrocracia” o la soledad entre nosotros. En este libro, ya clásico de la Literatura Universal, se narra el proceso al que se ve sometido una persona corriente que se le detiene y se le enjuicia no se sabe por qué, qué delito cometió y cómo ese proceso de la Justicia se va convirtiendo en una verdadera pesadilla, cada vez más profunda y absurda, por un poder que aplasta a la persona hasta la tragedia, sin ningún medio real en que defenderse. Un maestro más del mundo onírico, irracional como el de “Alicia …”.

(Continuará)