Opinión

Éter

PÁLIDA CONDENA

Miguel Ángel Gómez | Lunes 27 de enero de 2025

En la literatura española el aforismo está teniendo un momento de esplendor. Avanza por el flanco de la ciudad hacia otros lugares, a través de un valle boscoso. La nómina de buenos aforistas es como un río que se alimenta sin cesar y brota de fuentes insondables y manantiales sin fin, cuando se va a tonos creativos con ecos salvajes de la brumosa noche. La revista Aforistas, por ejemplo, es un expreso que resopla disparando nubes de vapor sobre las ancianas torretas marrones del edificio de la estación. Suena y tintinea la campana y el gran lector, de pie, mirando, se apresura sobre el tren.

Reúne Éter (Apeadero de Aforistas), de Demetrio Fernández Muñoz, un conjunto excelente de aforismos y algunos poemas que nos seducen con una brisa fresca que sopla entre las suaves hojas de hierba. Filosofía susurrante a una velocidad que no se puede calcular. Poesía en la que reina una sensación de indefinición temporal.

El Éter son los negocios desiertos en la medianoche aferrándose a las cosas, las tiendas de precio fijo, las salas de billar hablando en voz baja y en tono íntimo, los cines, la barra de caoba del bar donde se siente un olor a jabón limpio, el mundo que aterriza en un indiscutible liderazgo, el globo que solicita una presencia despertando en mitad de la pesadilla, el tornado con el que necesitar abrigos que abulten. Éter nos trae elementos clásicos en los que todo está proyectado para la siguiente generación. Citas que cruzan a grandes zancadas las vías del tren en medio de un viento huracanado.

En la parte inicial, “Acosmia” llegan los primeros aciertos del libro: “…es un hórrido imperio / sin gobierno / un sol oscurecido / por sí mismo / una voz / deflagrando / en el silencio / una nube de topos adivinos (…)”. Versos que se oyen como gritos en el aire helado, para concluir: “un foso / allá donde la paz / se desmorona / un ariete / caótico y certero / que enfila / sin ambages / su destino / derribando / las puertas del amor”. El amor es alzar la mirada con expresión de curiosidad.

Este Éter es decir simplificándolo todo “tú y yo, entre dos aguas, la misma gota”, “as, aunque la baraja esté mojada”.

El mejor aforismo no acostumbra a gozar del favor de la crítica a pesar de indecibles revelaciones porque quiere alejarse lo más posible del lenguaje cotidiano, relatar una historia distinta, ser un farol que aparece nuevo en el horizonte, brillando y proyectando las grotescas sombras del mundo.

Acierta Demetrio Fernández Muñoz cuando habla del desierto: “desierto está el espejismo: todo son oasis”, “amor: tierra a la vista”, “oasis a medida de mi sed”. Los aforismos funcionan muy bien como un todo. Enumera paraísos, metamorfosis, destinos, selvas domésticas, pasiones consumidas: “amar, yo, como tú, como el fuego, sin correas”, “nación del deseo, tierra quemada donde me disperso”, “adaptarse a que florezca el edén de todos”.

En la sección “A puerto” el agua nos sume en nuestros pensamientos: “la rana se ennoblece en nuestra charca”, “que el destino nos saque a flote”, “les ruge el silencio a las cascadas”. Reflexiones como piedras preciosas, pensamientos dorados que destellan como semáforos: “naturaleza: injertos de gravedad”, “gravedad, con apero, es corteza fútil”.

Éter nos enseña a ver una realidad animada. El miedo está envuelto en una ola de perfumes, el ego se comporta con normalidad, Sísifo recibe misericordia andando a la deriva.

“Arado el ego, germina el amor”, leemos en la última sección. Hay algunas ocurrencias emborronadas: “personalmente, prendo el plural si te conjugo”, “puestos a quemarnos, nos hundimos” que parecen repetidas hasta la saciedad. Pero son excepciones que no tienen importancia en un libro que se infla con grandes aforismos, con el viento, restallando con fuerza. Tres ejemplos: “misericordia como la ejercida por la primavera”, “primavera: matemáticas atiborrándose de vida”, “vida y milagro deben ser sinónimos”.

El Éter de Demetrio Fernández Muñoz está plagado de aciertos que nos incitan a preguntarnos qué hacer a continuación. Éter no es un ejercicio lúdico, es poesía, arte como un gran abrigo de invierno que nos muestra la realidad, lo que ocurre cuando no ocurre nada.

En la contraportada del libro se nos indica: “aquí los aforismos no son acotados ni concluyentes, sino que, limítrofes en sus orillas, se ceden el testigo unos a otros bien a partir de una letra, una sílaba, dos sílabas o una palabra que los hermane tanto lineal como circularmente”.

A un gran puñado de aforismos de Éter -con edición espléndida de José Luis Trullo- se le puede aplicar lo que dijo Mark Fisher sobre las películas de Christopher Nolan: “poseen una cualidad serenamente obsesiva, en la que una serie de elementos repetidos son reorganizados”.