Estaba claro lo que Pedro Sánchez iba a hacer: arrodillarse ante el prófugo golpista Carlos Puigdemont y ceder. Ceder en todo, en el contenido del decreto y en la exigencia de la moción de confianza. Naturalmente, con desmesurado cinismo se presentó después en televisión para presentar como un gran triunfo personal su humillante derrota. No hay quién le pare. Sobrevive en una situación angustiosa y está dispuesto a utilizar todas las armas del Estado para permanecer sentado en la silla curul del palacio de la Moncloa. Incluso, como afirma un sagaz comentarista, aportando, además de las concesiones, el dinero que haga falta.
No tenía Pedro Sánchez que buscar los votos bajo las piedras. No tenía que convencer a algunos diputados del Partido Popular esgrimiendo una argumentación irreprochable. Le bastaba acudir al prófugo golpista y humillarse, una vez más, otorgándole todo lo que pedía, incluso si hubiera sido necesario dinero enmascarado. Ah, y la moción de censura la lidiará al natural, con su asombrosa mano izquierda. No se expondrá a una votación que podría resultarle hostil, salvo que la tenga amarrada. Demostrará una vez más su extraordinaria habilidad para escabullirse de situaciones comprometidas.
El criterio generalizado es que Pedro Sánchez no convocará elecciones generales hasta que no le quede más remedio en el año 2027. Para sacarle de la Moncloa se hace necesaria, no una moción de confianza, sino una moción de censura en la que el PP, Junts y Vox se pongan de acuerdo en un presidente independiente que convoque de forma inmediata elecciones generales. Que es lo que necesita el país.