Opinión

EU: presidencia imperial o CEO en la Casa Blanca con Trump

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 29 de enero de 2025

WASHINGTON, D.C.- El principal problema que se puede percibir aquí sobre la caracterización social de Estados Unidos es su falta de venero histórico y cultural. Los esfuerzos de Howard Zinn y Oliver Stone por acercarse a lo que pudiera hacer la verdadera historia social del imperio han sido avasalladas por el pensamiento oficial que se basa, quiérase o no, en el llamado Destino Manifiesto o mandato divino para convertir a esa nación en el ombligo del universo.

Estados Unidos ha tenido 8 etapas: la de las 13 colonias 1603-1776, la muy breve de la revolución americana que mostró indicios de propuestas generosas en 1776, las primeras batallas contra los indios para despojarlos de sus tierras a partir de 1680, el expansionismo territorial atropellando a los indios, comprando territorios y despojando a México de la mitad de su país 1778-1847, la guerra civil 1861-1865 para combatir la esclavitud, el surgimiento como potencia militar mundial en 1914-1918, la Segunda Guerra Mundial que entregó a EU el poder del dólar, la fuerza nuclear y el espíritu imperial del capitalismo para atropellar a otras naciones1940-1989 y el largo ciclo de hegemonía sin adversarios en el período1989-2025.

En este escenario histórico, el empresario Donald Trump no es una anomalía: en su primer período 2017-2021 no se comportó como estadista sino como CEO --Chief Executive Officer--, pero en realidad solo por conductas compulsivas porque en el fondo ha tenido las mismas intenciones de dominio mundial que los presidentes surgidos de la lucha política en los partidos. Si acaso, Trump tiene diferencias de imagen, actitudes y discursos, pero su pronunciamiento central --hacer grande otra vez a Estados Unidos, MAGA, por sus siglas en inglés-- es exactamente el mismo que pudieron haber tenido John F. Kennedy y su imagen progresista, el tramposo Richard Nixon, el ingenuo Jimmy Carter, el guerrerista Ronald Reagan y los presidentes burócratas Clinton, Bush Jr., Obama, Trump 1.0 y Biden: ejercer el poder como imperio dominante e impositivo para, como señalan todas las estrategias públicas de seguridad nacional publicadas desde Nixon a Biden, colocar con prioridad el mantenimiento del american way of life o modo de vida americano que se sintetiza en el bienestar para una élite a costa de los sacrificios del resto de la población.

El discurso crítico fuera de Estados Unidos choca con la realidad en las calles americanas. Al sur del río Bravo, en Europa y en otras partes del mundo se percibe la doctrina de dominación imperial para mantener vigente el capitalismo estadounidense, pero aquí, dentro de las fronteras americanas, existe menos grado de conflicto para explicar lo que afuera se asume como un despropósito inocultable: mantener la grandeza de americana con invasiones a otros países, exacciones de recursos naturales foráneos y ya no se diga favorecer a la totalidad de los estadounidenses sino a la élite de clase media que quizá conforme el 30% del paraíso terrenal americano.

Como empresario del sector servicios y activista de sí mismo, Trump supo entender la psicología del norteamericano que se puede resumir en movimientos pendulares que las ciencias sociales siguen sin entender: de Nixon-Ford que desprestigiaron a la Casa Blanca por actuar como gobernantes bananeros se pasó al Carter que quiso desaparecer la CIA y que regresó por honestidad el canal a Panamá, luego del Carter religioso al guerrerista Reagan. Pero los sacudimientos pendulares más importantes fueron los del Bush Jr. que quiso borrar del mapa a Irán y a Irak al Obama como el primer presidente como el color de piel afroamericana --es estadounidense de Hawái, hijo de un matrimonio interracial-- y luego el otro sacudimiento pendular que transcurrió de Obama a Trump. Y ahora la nueva oscilación del Biden progresista al regreso a Trump.

Las primeras decisiones ejecutivas de Trump al ser investido como presidente número 47 resultaron espectaculares fuera de Estados Unidos y dentro de Estados Unidos no se percibió en las calles más entusiasmo del que despierta el relevo natural de presidentes cada cuatro u ocho años. La centralidad de opinión pública en el tema de las deportaciones fue visto como natural porque muchas de las principales ciudades estaban ya padeciendo los estilos desordenados de inmigrantes ilegales que llegaron sin compromisos de empleo y que se instalaron en las calles con puestos ambulantes fuera de control, además de zonas de prostitución y tráfico de drogas.

El tema central real de Trump se resume en su propuesta de regresar a la grandeza estadounidense, entendida esta fase como el dominio absoluto del capitalismo industrial, comercial y financiero, a partir del criterio de que Estados Unidos habría perdido grandeza con la fase globalizadora que impulsó el Consenso de Washington a finales de 1989 --coincidencia histórica con principio del fin de la guerra fría y del modelo comunista soviético-- y que desperdigó las unidades productivas que le dan fuerza a la economía americana. Esa fue, para Trump, la edad de oro del capitalismo que quiere reconstruir.

La reestructuración del poder imperial pasa también por un replanteamiento de la política militar. Como empresario, Trump no sabe de enfoques de seguridad nacional ni de geopolítica militar y su único punto de medición es bajar el gasto militar y obligar a los demás aliados a subir presupuestos castrenses de hacerse cargo de la defensa de sus propios territorios, dejando a los Marines como la última instancia.

En su primer período, Trump no pudo conciliar su enfoque de CEO con las funciones geopolíticas de la Casa Blanca y todos sus problemas de gobernabilidad fueron producto de la imprudencia personal como forma de gobierno. Por lo tanto es posible prever Que Trump vaya a cometer en su segundo periodo los mismos errores y por lo tanto llegará a los mismos resultados: crisis de expectativas y crisis de gobernabilidad. Los primeros 100 días marcarán el futuro de Trump 2.0.