Opinión

Ser bohemio hoy

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Viernes 31 de enero de 2025

Acabo de releer Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada y de alguna forma todavía no he salido de esas primeras páginas en las que se describe la bohemia madrileña de principios del siglo XX con su vino peleón, su mugre y sus escritores en los huesos con sus abrigos raídos, muertos de frío y hambre, practicando el arte del sablazo para meterse una taza de caldo aguado en alguna tasca mugrienta cerca del acueducto, del de verdad, del que no tenía mamparas.

De adolescente quise ser bohemio y soñé con vivir en Madrid. La beca SICUE que me ofrecieron me destinó a Mallorca y allí, con el calorcito, la playita, las cañas a un euro y los disco bares del chupito genérico y los restaurantes del carbohidrato alegre no hay quien se hiciera bohemio. Me faltaba un viaducto, o que lloviese, o un café Gijón, no un Megafun Sports Bar como el que había allí en Can Pastilla, eso sí, librerías no encontré ni una.

Durante unos días del 2003 me acantoné en el salón de unos amigos míos que vivían en Valladolid, por ver si allí me empapaba de Umbral. Me compré una bufanda blanca y todo. Al quinto día yo ya apestaba como invitado y la bufanda tenía manchurros de licor y vino pitarra. Al sexto estaba de vuelta a mi casa al calor de la calefacción central de mamá. Desistí de mi bohemia y eché el currículum en un hipermercado para pagarme el resto de la carrera.

No sé si tuve suerte o no. Leo que hay una editorial relativamente cercana a mí que pide dinero con amenaza. Esquivé esa bala de milagro. También escucho que envió a gente a una feria de Estados Unidos donde, en realidad, nadie les esperaba. Tan solo le faltaba decir al editor que les regalaba el viaje a Los Ángeles andando. Leo que otra editorial, una de las grandes de la autoedición, contesta a las propuestas narrativas con un copia-pega de ChatGPT.

Para quienes a día de hoy sueñan con vivir de la literatura, la realidad golpea duro: sin un respaldo económico considerable, ser escritor parece más un sueño que se sigue terminando con la llamada para trabajar de un hipermercado que un objetivo alcanzable. La bohemia, que antaño encontraba financiación en mecenas y en pequeñas editoriales con fe en la calidad, hoy se ve obligada a negociar con grandes plataformas o a sacrificar su autenticidad para ser "vendible".

La pregunta entonces es: ¿cómo puede sobrevivir el espíritu bohemio en esta era del selfi y del Excel de ventas? Mi respuesta es fácil: fingiendo. Las redes sociales tecleadas desde la calefacción de las casas de mamá y papá se convierten en el nuevo Montmartre, donde los artistas se exponen, comparten y, en ocasiones, se prostituyen creativamente para obtener unos ingresos que les permitan acceder a una vivienda a precio imposible. Los artistas ya no viven en Lavapiés. Siguen en Abenójar, Venta de Baños o Arnedo. Con un ordenador ya tenemos nuestra propia bohemia digital, porque lo de los sabañones en los dedos se presuponen viendo al precio al que está el gas.

Algunas nuevas estrellas de las letras han construido su camino publicando primero en redes y encontrando luego editoriales interesadas. Pero, ¿a qué costo? La autenticidad a menudo se diluye bajo la presión de los algoritmos, y el tiempo que antes se dedicaba a escribir ahora se gasta curando un perfil atractivo. Los poemas que mejor funcionan en redes van directos y al pie. Son aforismos dulzones como un cono de incienso pachuli. Góngora tendría veinte seguidores en redes hoy en día.

La inteligencia artificial, por su parte, plantea un nuevo reto. ¿Podrá valorar algún día la subjetividad y el riesgo, y tendrá la capacidad de enamorarse de un manuscrito rompedor y diferente? La bohemia, después de todo, siempre ha tenido la esencia de la imperfección, y yo pienso que quizás ahí reside su magia.

La bohemia digital existe. Vale, es cierto; ya no hay escritores malditos que paseen una caja de zapatos con un feto dentro. Ahora quizás sean comerciales o maestros y sus colegas le miren de lado por ser el rarito de la oficina o del claustro a pesar de tener eso que llaman storytelling, o pescaderos y entre un mirloto y otro encuentran la esencia de luz del otoño. Nunca se sabe. Esa bohemia real escribe con Bic en un bloc comprado en los chinos. Sus poemas puede que jamás vean la luz, pero si han pasado frío cuando se han escrito. ¿Quién va a seguir a Luisón, el repatidor de repuestos, en redes por muchos poemas que recite? Solo sabe lo que es realmente escribir aquel que no tiene ni para comprarse hidrocortisona con la que curar sus sabañones y aún así sigue dándole al Bic cristal. Eso sí es bohemia sin mampara, eso sí.