Los Austrias concibieron la estructura de su reino, de forma totalmente descentralizada, “La corona de los veinticuatro reinos”. Cada territorio, de su dominio, conservaba sus fronteras, características, idioma, leyes y costumbres. Únicamente, la autoridad del rey los unificaba. “Los reinos escribe Solórzano, se han de regir y gobernar como si el rey, que los tiene juntos, lo fuera, solamente, de cada uno de ellos”.
Los Borbones, con sus “Leyes de Nueva Planta”, trataron de unificar centralizar el Estado y lo lograron de forma incompleta, respetando los Fueros de Navarra y El País Vasco y sin acabar en Cataluña, vencida, pero no convencida.
Desde entonces, se ha cambiado, mil veces, la organización territorial de España.
Franco también hizo la suya y tratando de borrar las huellas de los antiguos reinos y condados, dividió España, administrativamente, en cincuenta provincias, aunque agrupadas, nominalmente, en Regiones. Y únicamente respetó los Fueros de Navarra, en premio a su lealtad.
Durante la Transición, tratando de acallar, definitivamente, las reivindicaciones y sentimientos separatistas del País Vasco y Cataluña, sin crear desigualdades entre los territorios, se acuñó la fórmula de dotar a todos, de las que se consideraban máximas prerrogativas posibles, sin perder la unión. El famoso “Café para todos”.
Pero se cometieron, a mi juicio, grandes atrocidades:
Desguace de la histórica Castilla, quitándole la salida al mar, la potencia económica de Madrid y hasta la cuna del castellano, La Rioja, creando una minicomunidad, con solo ese objetivo.
Creación de diecisiete Comunidades y dos ciudades autónomas, con hechuras de Estado: Gobierno, Parlamento, administración, etc….lo que además de ser una rémora para el buen funcionamiento del conjunto, ha creado una clase política infinita, en activo o en espera, dedicados exclusivamente, al juego político de escalar y no caerse... del poder. Concesión, por la puerta de atrás, de ventajas electorales, que siguen permitiendo a Cataluña y El País Vasco tener, demasiado a menudo, un peso decisivo capaz de inclinar la balanza, a favor o en contra, de alguno de los partidos de ámbito nacional.
Permisividad en el uso de sus idiomas. No en cuanto a la comunicación, que ha sido, siempre, libre, aun en tiempos de Franco, sino en su uso inmersivo en la educación. Hasta está en litigio constante su chocante pretensión de que sean consideradas lenguas oficiales en la Unión Europea.
Estado permanentemente abierto del reparto de competencias de las distintas Comunidades, lo que se traduce en un continuo chalaneo, por parte de aquellas con poder de decisión en las elecciones y otras operaciones de balanceo del poder.
Estas imperfecciones y muchas más, de menudeo diario, hacen que la operación de la organización del Estado, en la llamada Transición, el famoso “Café para todos”, se pueda considerar como una chapuza, en su concepción y en su funcionamiento.
Este Estado, permanentemente abierto, a posibles concesiones, hace que tengamos todo lo contrario a lo que se pretendía, una negociación continua, pues los nacionalistas rechazan, precisamente, la igualdad y pretenden ser diferentes, camino de la independencia, por utópica que sea o parezca.
Las concesiones que se hacen al separatismo no sirven para acallar las demandas. Todo lo contrario pues, para ellos, estos logros, son argumentos, a favor, de que van por buen camino. Satisfacer las demandas del separatismo es como tratar de llenar, con agua de mar, un pocito hecho en la arena de la playa.
Un macabro juego de trileros, que hace insoportable la consideración del heroísmo de tantos, que dieron la vida por mantener la unidad de España y la igualdad de todos los españoles.
Y aquí estamos donde estábamos. Otra ocasión perdida. En la cura del nacionalismo se baja la dosis o se corta la medicación en cuanto hay una ligera mejoría. Y vuelta a empezar.
Este problema solo se solucionaría si, establecidas las condiciones de verdadera igualdad entre los españoles, los partidos que se turnen en el poder, adoptasen las soluciones legales acordadas, por duras que fueran y las mantuvieran, exquisitamente. O sea…