Aprovechando que en 2024 Yo fui Johnny Thunders ha cumplido 10 años de su publicación y que la editorial Salamandra vuelve a ponerla en circulación, reseño –ahora para EL IMPARCIAL– la cuarta novela de Carlos Zanón. Uno de esos libros que, a pesar de su mocedad, consiguen la aureola de míticos.
Dar con alguien que no redacte con plantilla; que desde la primera frase agarre al lector de lo más íntimo llevándolo por donde le da su real gana; y, por otra parte, que esa víctima prendada (aunque mucho haya leído) dé su venia para seguir transitando mundos ignorados…, encontrar, decimos, autores capaces de todo esto es tan difícil como pasar el día hoy sin partidos de baloncesto.
Este arrebato literario se dispara desde el capítulo 0 de Yo fui Johnny Thunders, cuando despertamos junto a un tipo drogado pregonando el final de una historia, la suya, en la que, adelantamos, hubo una esposa que lo abandonó, hijos que no le hablaban, títulos de varias canciones que lo marcaron a fuego –destaca una: Live and Die–, y también sexo, droga y rock’n’roll; pero donde sobre todo hubo lucha, y mucha, por salir adelante antes de caer vencido por el peso del despiadado pasado.
Es complicado resumir las novelas de Zanón, meterles el diente a lo «pasa esto y aquello». Todo es esencial, nada sobra. Con este escritor percibimos nuestras limitaciones a la hora de dar con algo que no se haya dicho. Y en el caso de esta obra suya, tras dos lustros de imparable carrera, aún más. Buscamos, en definitiva, eso distinto que impulse a nuevos lectores a querer adentrarse entre los feroces vericuetos de Yo fui Johnny Thunders…
«Johnny Thunders, 1989», capítulo 1 de la novela, es un largo flash back. Mr. Frankie se siente pletórico en el escenario del Màgic porque con su guitarra Gibson va a acompañar a una leyenda viva del rock, a Johnny Thunders (guitarra solista y voz de los grupos The New York Dolls y The Heartbreakers), quien arrastra fama de caótico. Los músicos afinan sus instrumentos a la espera de que salga la estrella. Derrumbado en un sofá Johnny necesita una dosis de speedball (heroína y cocaína mezcladas en una jeringa) para tocar. El grupo tantea una introducción a lo Sweet Jane hasta que surge el mesías del rock: camisa negra, pantalones pitillo, viejos zapatos agujereados. Thunders no da una y se equivoca hasta en el estribillo, buscando con la mirada a Mr. Frankie, que hace lo que puede para taparlo con su Gibson. Aunque la novela lleve su nombre, hay que estar atentos porque asistimos a la única aparición del crepuscular Johnny Thunders… Y es que el auténtico protagonista de Yo fui Johnny Thunders no va a ser otro que Mr. Frankie (Francis), este guitarrista con ganas de comerse el mundo en una década tan salvaje como fueron los 80 (con sus festivales, tatuajes cutres, tupés grasientos y vinilos de segunda mano…), aquella época de amigos, novias, grupos, el punk, el dinero y la cocaína, donde la juventud no ponía techo para el ambicioso talento.
La guitarra Gibson de Mr. Frankie
El capítulo 32, «Just your friends, 1993», es otro flash back y presenta un nuevo concierto. Estamos en las tablas de la sala Be Good, donde la banda llamada Rey Pachuco versiona canciones de Mink DeVille con Mr. Frankie a la guitarra acústica. Ensombrecido por el guitarrista principal Francis se siente de relleno, toca desganado, con dedos torpes y considerables desfases:
«El latido se ha detenido, ya no lo oye. Tiene abiertos los ojos sin poder ver nada. Está como dentro de un agujero negro que, en este mismo momento, está succionando la banda, los sueños, los recuerdos. Es el fin de tu mundo, Francis. Eres invisible Mr. Frankie. No eres nadie para nadie».
Pero se produce el apagón que acarrea un momento mágico, la gran epifanía de la novela. Mr. Frankie con su guitarra rasga los primeros acordes de Just your Friends. El batería acompaña esa voz de gato callejero mientras el cantante del grupo calla respetuosamente. Francis se acompaña con su armónica, una armónica que lleva en el bolsillo ya más como amuleto que como instrumento. Canta «porque sí, porque hay un lugar donde alguien vive canciones y luego las toca y las canta para regresar al primer instante y el resto, todo lo demás, no importa. Al menos no para Francis» (en frases así resuena el Johnny Carter de El perseguidor). Cuando acaba la canción, quizá rehabilitado consigo mismo tras ese genuino momento, Mr. Frankie deja el escenario y sale a una calle fría y abandonada que recuerda a ese callejón de la basura al que da la puerta trasera del Gaslight club, comienzo y final de A propósito de Llewyn Davis (irrepetible película de los hermanos Coen).
Willy DeVille y Llewyn Davis
Entre los conciertos de 1989 y 1993, que pautan dos épocas del protagonista, un rosario de recuerdos personales repartidos por las páginas de la novela define tanto su tortuosa personalidad como la errante trayectoria por él llevada. Citamos algunos: un viejo disco de Patti Smith; el primero de los Pretenders con aquella Chrissie Hynde que para Francis hubiera sido la novia/amiga perfecta; una montaña de casetes grabados por sus colegas que va desde Gene Vincent a Parálisis Permanente, pasando por los Stones de Some Girls o las arrogantes fotografías de Johnny Thunders «esas fotos de ángel caído, de yonqui sensible, hijo de puta».
Johnny Thunders
Desde su derruido presente Francis convoca a sus novias. A Ona, pero sobre todo a la loca del pelo rojo –Liz, su primer amor–, aunque sin pretender olvidar al resto. Un bloque de mujeres que por mucho que se esfuerza no es capaz de individualizar y que solo ahora le hace comprender en qué se traduce el éxito: en su intrínseca soledad.
En 1986, en el Caribou, fastuoso local de la playa de Sant Boi que él elije para plantar a Ona se siente el amo de la barraca. Así le ven:
«Frankie es diferente a cualquier otro. Y eso hace que todo encaje en el último minuto. Es una estrella y lo será mucho más. Fijo. Es un puto cohete. Un superhéroe venido de un planeta a años luz de la tierra. Con superpoderes que le evitarán engancharse, reponerse de todos los golpes, de todas las caídas en este mundo de azoteas, mánagers y supercanciones».
Esas cumbres conquistadas por el talento y con ayuda de las drogas duran poco y por ello resulta feroz el choque con el presente (Yo fui Johnny Thunders se desarrolla durante los primeros años de gobierno de Artur Mas en la Generalitat –2010-2016–; somos incapaces de una mayor concreción). Ese presente es real, tiene alas rotas y no tolera espejismos: entre otras cosas conlleva el regreso a la casa de un padre a quien el guitarrista detesta.
Retornar al barrio sacudido por la vida y no poder pensar en cosa distinta que en la necesidad de desengancharse a nadie hace feliz... cruel panorama el presentado por Zanón. Un padre y un hijo derrotados, ambos con baratas dentaduras postizas que llagan las encías alineadas sobre su lavabo compartido, ¡qué implacable metáfora del desgaste! Frente al espejo del baño un irreconocible Mr. Frankie, fondón de tanto comer y beber alcohol para atenuar el mono, sin un solo traje que le quepa para ir al juzgado... Y aquí no tiene misericordia consigo mismo. Se increpa:
«…recuerda la de caricias, golpes y pinchazos que han tenido lugar en este su cuerpo. Ese paisaje de labios, pellizcos y roces, pelos, y metal, un envase ahora vacío que un día escondió algo, un yo, un no sé qué que en las canciones él llamaba alma o rabia».
Es más frecuente que Mr. Frankie amoneste o aconseje a Francis en segunda persona: «Todo irá bien, le confió Mr. Frankie a Francis. De hecho, aún no has hecho nada que pueda joderte la vida. Robar cuarenta euros es casi una estupidez». Este recurso –el diálogo que mantiene el hombre arrastrado con la conciencia de sus mejores tiempos– viene magistralmente plasmado.
En Yo fui Johnny Thunders abundan las referencias musicales. Así, sus cuatro partes vienen encabezadas por otras tantas canciones (The Great Pretender de The Platters; Come and Go with me de The del-Vikings; I Wonder Why de Dion & The Belmonts; y Love Poison nº9 de The Searchers), pero muchos de sus capítulos están asimismo condimentados con títulos como King Creole interpretada por Elvis Presley, Just your Friends de Mink DeVille o por esa canción que tiene capital importancia para la relación de Francis con su hijo mayor: Live and Die de The Avett Brothers.
The Avett Brothers
Aun reconociendo la importancia de la música, hay que avisar que esta obra tampoco es la biografía –ni mucho menos su autobiografía– de un rockero de segunda fila. ¿Entonces? Para nosotros Yo fui Johnny Thunders resulta ser la crónica certificada de unos personajes rotos tirándose a tumba abierta sobre un puerto rebasado de curvas y cunetas con doble intención para así tratar de resurgir de sus cenizas.
Hay crímenes, vale, y robos también. Sucesos estos que, para bastantes, serán suficientes para incluir a esta novela, –seguro que a su pesar–, en un catálogo de tan limitado interés como es el del actual género negro español…
Yo fui Johnny Thunders no se queda ahí. Claro que no.
Porque en este libro encontramos inútiles intentos por salirse de la droga –los de Francis–; topamos con pederastas convertidos en ancianos arrinconados por su lacra –Francisco Aliaga, Paco, el padre de Francis–; nos perturba una belleza sin domesticar –Marisol– nacida de una prostituta, la cual, por su mala cabeza, acaba recibiendo la ducha de ácido sulfúrico que le enjareta un moro violento y celoso –Amoah–; temblamos con el dueño del bingo Verneda –don Damián–, ese sórdido amante de Marisol, «enviagrado» sin descanso y con vocación gansteril, que planifica el asalto a una furgoneta cargada de cocaína (con cuya parte Francis espera ponerse al día con las pensiones que debe a sus hijos), o damos con ese novio «oficial» de Marisol –Xavi– que no se porta nada bien al dejarla pronto de visitar en el hospital Vall d’ Hebron.
La Barcelona de los 80 y 90, y la actual, son las épocas en que se desarrolla la novela.
Para su ambientación el autor ha elegido Horta-Guinardó –escenario de la juventud de Francis–, pueblo-ciudad dormitorio con puticlubs («putas bizcas y clientes tarados en un mundo de caspa y terciopelo rojo, abrasado de manchas de licor y semen triste»), deprimentes bingos, carreteras apocalípticas o mensajerías como Dit i Fet, tapadera de don Damián para sus turbios planes. Incluso los locales en donde Mr. Frankie toca resultan ser antros que sufren apagones y con urinarios superpoblados por zombis recién colocados. Y es que todo el libro no pasa de ser una gigantesca jaula con barrotes kilométricos rebozados en polvo blanco sobre los que sus ciegos prisioneros tropiezan –una y otra vez– sin el menor propósito de enmienda.
La respiración de esta novela oscila entre el ritmo seco de un tiro de cocaína y al más alambicado del chute de caballo. Debido a estos vaivenes la narración ofrece poderosísimas imágenes solo capaces de ser creadas por un genio. Grande, muy grande Carlos Zanón.
Para los que aún no leyeron Yo fui Johnny Thunders (¡qué envidia!) si mientras lo hacen escuchan las canciones para ella seleccionadas, les aseguramos que la experiencia resulta flipante. Más que eso. Imperecedera.
«Las drogas se le habían llevado un montón de hermosos residuos cada vez que arrastraban las redes por el suelo de su cabeza y de su corazón. Y con esas redes, canciones, recuerdos, nombres».