Opinión

Tartarín de Königsberg en un velador de Baeza

TRIBUNA

Gastón Segura | Martes 04 de febrero de 2025

Aunque la estridente actualidad nos lo haya emborronado, nos hallamos en el bienio machadiano, ocasión propicia para recordarles un asunto sustancial en el tejido de la poesía de uno de los hermanos, Antonio. Me refiero a sus bien digeridos fundamentos de Filosofía —especialmente de Kant—; pues con ser objeto constante de las meditaciones de su Abel Sánchez y del discípulo del anterior y su siguiente heterónimo, Juan de Mairena, no menos discurre y hasta forja sus versos con una liviandad y una cotidianidad que se nos antojan, en lugar de elucubraciones metafísicas, observaciones de puro sentido común. Y en absoluto; es don Antonio explicando, como muy pocos, al sabio de Königsberg, y hasta disputando con él, bajo esa sencillez apaciguante que transpiran todos sus escritos.

Ya en su Biografía (1913) anota: «Mi pensamiento está generalmente ocupado por lo que llama Kant conflictos de las ideas trascendentales y busco en la poesía un alivio a esta ingrata faena». He aquí la pugna de Machado entre su afán por indagar en la descripción kantiana del proceso del conocimiento y la tarea del poeta de conmover la encarnadura de ese yo transcendental; a quien llegará a definir en su Proyecto de un discurso de ingreso a la Academia de la Lengua (1931): «no sabemos cómo sea el rostro, ni el carácter, ni el humor, ni sabemos cómo siente ni siquiera cómo piensa, sólo sabemos cuál es el rígido esquema de su razón». Sin embargo; entiende perfectamente cuál es su función, y así la resume en uno de sus Proverbios y cantares (1912): «En mi soledad/ he visto cosas muy claras,/ que no son verdad». Esas cosas, esos espejismo —los fenómenos— elaborados por este yo transcendental le revelan más nítidamente el otro yo, su soporte palpitante —ese que le había señalado Bergson en el curso parisino de 1910—, y la tarea de poetizar su fugaz sustancia: el tiempo; ocupación predilecta de Azorín —a quien admiraba profundamente— y que se plasmará en recoger la importancia de lo minúsculo, de lo pasajero, incluso de la demoledora monotonía; o sea, de la vida, pero de una vida compartida con sus semejantes, porque, como dijo en otro de sus Proverbios, «poned atención:/ un corazón solitario/ no es un corazón». Tanto es así que nos aclara en una nota de 1924, titulada Problemas de la lírica: «[el] sentimiento no es una creación del sujeto individual [...]. Hay siempre en él una colaboración del tú, es decir, de otros sujetos […]. Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien nuestro».

Ese «nuestro» le hace reparar en algo contrario al aséptico y escrupuloso edificio kantiano: las irracionales creencias, motivos de tantas acciones humanas. Es más; don Antonio afirmará por boca de Juan de Mairena: «Por debajo de lo que se piensa, está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro espíritu. Hay hombres tan profundamente divididos que creen lo contrario de lo que piensan». Y lo abrochará con las creencias «son más fecundas en razones que las razones en creencias», en un apunte inédito para este personaje.

Al constatar esta refutación consuetudinaria del empeño kantiano, Machado se acoge a su tarea de poeta de la que ya ha aseverado en Juan de Mairena (1934-6): «la acción —y la poesía lo es— obliga a elegir provisionalmente uno de los términos de la antinomia [implícita en las ideas trascendentales kantianas]. Sobre uno de estos términos —más que elegido, impuesto— construye el poeta su metafísica». ¿Y cómo se patentizará esta metafísica? En «darnos la emoción del tiempo», había sintetizado en Los complementarios (1912-26).

Este «darnos la emoción del tiempo», cuya modulación es la métrica y cuyo argumento se inscribe en los antedichos límites azorinianos, me suscita a un pensador que está ultimando en ese instante Ser y tiempo·(1927), Martin Heidegger. Pero mientras el alemán apela a la hermeneusis —a la develación de los conceptos a través de la historia; o sea, del tiempo—; es decir, invoca al lenguaje mismo como única «casa del ser»; Machado, en tanto, se devana con las creencias, tan antikantianas y, a la vez, tan motrices del sentimiento, la materia inefable —permítanme la contradicción— de su quehacer poético. Esto y su desconocimiento —pese a su cercanía con Ortega y Gasset— de la fenomenología y de su hermeneusis derivada le impide a Machado reparar en el lenguaje mismo y en su, digamos, calcificación histórica; singular propiedad de las creencias. Machado se atiene al lenguaje como instrumento heredado y específico para compartir la emoción; aunque expusiese con una llaneza traslucida el «sentir» del ser-ahí heideggeriano e incluso participase de su angustia de estar arrojado al mundo, cuando por voz de Mairena señala a la muerte como única certeza; tanto que «la llevamos en el pensamiento […] y hemos acabado por no creer en ella». Algo radicalmente distante de Heidegger, quien proclama la eticidad heroica de «vivir como si estuviésemos al borde de la muerte», e incluso una concepción del poeta como un personaje egregio, alumbrador del ser —repasen sus Interpretaciones sobre la poesía de Hölderlin (1936-68)—; asertos que conducen hacia un individualismo adverso a la aspiración machadiana de la «comunión cordial».

Y no obstante, ambos, como legatarios de aquel Tartarín que, en Königsberg y con el puño en la mejilla, «todo lo llegó a saber», perciben la ineludible y lastimera condición de ser mero tiempo.