Norberto Alcover | Miércoles 26 de noviembre de 2008
Está claro que la vida política produce desasosiegos absolutamentes imprevisibles. Sobre todo si las personas se debaten entre obediencias diversas, aunque puedan ser complementarias. Es lo que le ha sucedido al ínclito de José Bono con el asunto un tanto pintoresco de la placa que se pretendía colocar en el Congreso de los Diputados en memoria de la Madre Maravillas, monja santa y católica.
Resulta, como ustedes saben muy bien, que la citada religiosa vivió durante un tiempo en una casa que en la actualidad forma parte del edificio de nuestros representantes democráticos, y uno de los diputados del grupo popular, Jorge Fernández, propuso a la Mesa del Congreso la concesión de la placa en cuestión. Los miembros de la Mesa, es cierto que no por unanimidad, votaron que el plan propuesto siguiera adelante. Y aquí no ha pasado nada.
En estas estábamos cuando el grupo socialista en el Congreso, ordenó al ínclito de José Bono recular hacia posiciones ortodoxas, dejándose de concesiones ridículas para la sensibilidad del partido. Y José Bono obedeció al partido cuando poco antes parece que había obedecido a su conciencia, entre democrática y religiosa, suponemos. Nueva reunión de la Mesa congresual, y la buena de Madre Maravillas se quedó fuera del hemiciclo, pienso que más contenta que insatisfecha.
Jorge Fernández se equivocó desde el comienzo. Pero José Bono, una vez más, perdió los papeles al descubrirse con el corazón partío. En política, decía Maquiavelo, hay que tener muy presente que el Príncipe no admite excusas en la fidelidad. Y resulta que el Evangelio, por su parte y con gran sagacidad, afirma que es muy difícil servir a dos señores. Es posible, por supuesto, pero este tipo de servidumbre acaba mal, muy mal. Incluso en el ridículo.
TEMAS RELACIONADOS: