Florentino Portero | Miércoles 26 de noviembre de 2008
Por distintas razones la presencia de tropas españolas en Afganistán continúa siendo noticia. Si ayer nuestro editor, José Varela, analizaba el discurso de José Blanco sobre el papel de España en aquel lejano teatro de operaciones, con el trasfondo de la supuesta refundación de las relaciones entre España y Estados Unidos, un vídeo “colgado” en la Red por un grupo talibán deja bien a las claras lo ya sabido, que para los islamistas España es un enemigo a batir.
Hay noticias cuyo interés radica no en lo que dicen, sino en la reacción que provoca. A nadie debería sorprender que los talibán nos consideren su enemigo. Desde antes de los atentados del 11-M grupos y personalidades del entorno islamista vienen repitiéndolo. Para ellos hay tres razones de peso que hacen inevitable el choque. España fue sede de un Califato, es por tanto tierra sagrada, donde permanecen edificios de enorme valor y simbología religiosa y cultural que deben volver cuanto antes a su legítimo propietario. Pero, además, España es tierra de frontera entre dos grandes culturas que, a juicio siempre de estos radicales, son incompatibles. España representa un modelo de sociedad que, a su manera de ver, corrompe a la sociedad musulmana y la empuja hacia la decadencia. Una decadencia, y ésta es la última de las razones, de la que somos directamente responsables, por apuntalar gobiernos impíos y corruptos, en el doble sentido de la palabra, en las capitales del mundo musulmán. Para los talibán en concreto somos una nación que trata de imponer en Afganistán un régimen político contrario a los principios establecidos en el Corán. No sólo nos entrometemos en sus asuntos, además violamos conscientemente la voluntad de Alá.
El 11-M, como antes el 11-S, estaban anunciados, explicados y justificados. Si nosotros no hemos reconocido lo obvio es porque el Gobierno de Rodríguez Zapatero, con la complicidad de buena parte de las empresas de comunicación, lo negó. Se nos dijo que el 11-M era la respuesta a una agresión previa perpetrada en las Azores y que sin provocaciones por nuestra parte los riesgos y amenazas desaparecerían. El análisis del presidente del Gobierno era sólo comparable al que por las mismas fechas hizo de la evolución de ETA. Los hechos demostraron que los presupuestos eran infundados. ETA volvió a matar y los islamistas lo intentaron sin éxito en territorio nacional y con más fortuna allí donde nuestros hombres se encuentran destacados en distintas misiones internacionales. Si hoy un vídeo grabado en Afganistán nos llama la atención es porque hemos querido engañarnos sobre lo que allí ocurría. La realidad resultaba evidente para todo aquel que quisiera informarse.
La ministra Chacón dio un paso importante en sus recientes declaraciones realizadas en la base de Herat, cuando reconoció que la misión española en Afganistán tenía como objetivo combatir al terrorismo islamista. El discurso oficial se desmoronaba ante los féretros de nuestros soldados y proseguir con la misma monserga resultaba ridículo. Pero de ahí a asumir la realidad dista todavía un largo trecho. Recordaba ayer José Varela que Blanco trataba de justificar la contribución española mediante labores de reconstrucción. Chacón en su última intervención ante la Comisión de Defensa matizó sus declaraciones de Herat al tiempo que trataba de rechazar la crítica de seguir una política contradictoria.
Utilizó la expresión “terrorismo islamista” y no la nadería de “terrorismo internacional” acuñado por Zapatero para no molestar a oídos sensibles del mundo musulmán. Reconoció la obviedad de que la ISAF se encuentra bajo el capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas y que es una misión de imposición de la paz, no de mero mantenimiento, “para llevar la paz a un país que ha conocido la guerra y que vive actualmente una situación de violencia terrorista generalizada que pretende derrocar al incipiente y débil Gobierno afgano, a la incipiente y débil democracia afgana. Es una amplísima ofensiva terrorista declarada por los islamistas fanáticos y caudillos tribales contra el Gobierno legítimo de Afganistán, una amenaza global promovida por Al Qaeda y sus aliados talibanes para sojuzgar a los afganos y para recuperar una plataforma territorial desde la que multiplicar su campaña de terror internacional”. Rechazó la posibilidad de abandonar Afganistán, porque ello supondría el triunfo de los radicales y porque convertiría de nuevo aquel país en una base de operaciones para al-Qaeda y agrupaciones similares, lo que tendría consecuencias graves para nuestra seguridad. Una afirmación encomiable, pero que choca con la retirada de Iraq y la invitación a que otros hicieran lo mismo ¿Por qué era aceptable que los radicales se hicieran con el control de Iraq? Planteó una nueva y común estrategia para las fuerzas en presencia, pero a la hora de apuntar sus líneas maestras rehuyó el problema fundamental, reconocido por ella previamente: “la existencia de una situación de violencia terrorista generalizada”. Un mayor papel de Naciones Unidas, la reconstrucción del estado afgano o una mejora de las relaciones con los estados vecinos son instrumentos insuficientes para derrotar a las fuerzas talibán. Porque se trata de derrotar al enemigo, algo que no pasa por la cabeza de nuestro Gobierno y que le aboca a una reiterada contradicción. Bien está que nuestra ministra haya actualizado el discurso oficial reconociendo lo evidente, pero no es suficiente. Hay una guerra, hay un enemigo y las opciones son sólo dos: vencer o ser vencido. En Iraq hemos podido ver como sólo derrotando a los distintos grupos radicales se ha podido reactivar el proceso político y la reconstrucción económica. El uso de la fuerza no es suficiente pero es imprescindible.
El contribuyente español va a sufragar nuevas instalaciones para que nuestros hombres estén más seguros, al tiempo que se modernizan vehículos y armamento. Bien está. Pero mientras sigan evitando el encuentro con los talibán éstos continuarán ganando control del territorio y forzando a las poblaciones a plegarse a sus dictados. Confiar en que sean las fuerzas armadas afganas quienes realicen esa misión es repetir exactamente el mismo error que cometieron Rumsfeld y el general Casey en Iraq, que llevó al agravamiento de la situación y a sus respectivas destituciones. Mientras no estén preparadas nos corresponde a nosotros perseguir y combatir a los talibán. Por mucho que las palabras de nuestra ministra den a entender el papel central que nuestra diplomacia está jugando en este asunto o la buena sintonía que hay con Estados Unidos la verdad es muy otra. Las presiones son contínuas para que asumamos, por fin, nuestra responsabilidad en un entorno de guerra y dejemos de hacer con nuestra inacción el juego a los islamistas.
TEMAS RELACIONADOS: