En realidad, no es que una edad sea más propicia que otra a la hora de pasar esos trances. Prueba de ello son los relatos autobiográficos de La lengua entre los dientes, en los que Guillermo Alonso va sacando las historias de su cuenco frutal como para decirnos, mira, en esta época ya empezaba a ir mal la cosa, en esta otra, más de lo mismo. Siempre algo puede olernos a podrido, y esto suena rematadamente dramático, pero Alonso sabe manejarse con la actitud cínica y la distancia necesarias para que el lector no salga espantado de la galería de tragaldabas, aprovechados, raros, estupendos y extraordinarios por sus caracteres corrientes pero impredecibles. Reales como la vida misma, como suele decirse, tanto que la mayor parte de las veces, cuando se los quiere trasladar al papel, cuando se aplican a sus andanzas los mínimos retoques que necesita la ficción, resultan increíbles. ‘Tienes 22 años y tratas de descubrir con torpeza en qué consiste exactamente la dignidad’, dice en la primera línea. Desde esa primera juventud, retrocediendo a la adolescencia y la infancia hasta volver a edades más recientes, Alonso escribe de todas las situaciones susceptibles de haber acabado así, negro sobre blanco, porque la baza humorística ‘de ser incapaz de recordar’ le permite una justa naturalidad a la hora de contar las dificultades de los apegos y el lado más dulce que puede albergar un fracaso, sea amoroso, laboral, o familiar.
En este último apartado especialmente es donde se aglutinan las mejores páginas del libro, las de Las once casas de papá, en las que una relación que parece haberse mantenido siempre entre la ausencia y la constatación de un cariño subyacente, no pretenden enmendar plana alguna, no lo hacen porque sería iluso, ni siquiera la literatura tiene la capacidad de paliar toda una vida de idas y venidas. Solamente cuando se acaba uno se reconcilia, pese a que las maneras previas hayan sido extrañas, frías y silenciosas. ‘La gente perdona a sus muertos arrogándose todo el poder en una charla cínica, injusta y unidireccional. Yo prefiero escuchar. Los hijos son una raza que se adjudica el derecho de guardarte rencor para el resto de su vida por los errores que cometiste cuando estabas aprendiendo a ser padre. Si alguien me guarda rencor para el resto de su vida no quiero haberle dado esa vida yo’.
Siguiendo unas declaraciones que dio a la prensa en 2023, habría que contrariarle por su opinión de que ‘la gente que escribe sobre sí misma, aunque me encante, es un poco vaga’, pues él guardará su preferencia por la invención de tramas y personajes estrafalarios, pero en La lengua entre los dientes le bastan unas pocas pinceladas para resaltar la viveza de un decorado cartón piedra, para rebuscar en la nostalgia estival que le procuró ciertos hallazgos, para esa otra búsqueda que tampoco sería necesario definir —ya se escribe para dar sentido a ese afán— pero no renuncia a la ternura entre la dureza inherente de nuestros actos.