Opinión

Motivos de alegría

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 09 de febrero de 2025

Las imágenes pueden verse por doquier. Hay un escenario por el que se pasean hombres armados y con el rostro cubierto. La megafonía repite consignas y canciones que exaltan la lucha y el sacrificio. Todo parece algo caótico, pero es un caos orquestado. Las mujeres que gritan, los niños que gritan, los hombres que gritan... Todos gritan lo que Hamás ordena, mejor dicho, lo que cualquier habitante de Gaza sabe que debe gritar. Llegan vehículos todo terreno. Bajan a un hombre demacrado, desnutrido, deteriorado por meses de encierro en túneles sin luz. Pasean a una chica aterrorizada. Rodean a un hombre que mantiene la presencia de ánimo para ir con la cabeza alta. Parece un superviviente del Holocausto. A todos los rehenes los fotografían, los graban, los zarandean esos hombres armados que han reaparecido al mismo tiempo que desaparecieron los médicos, los conductores de ambulancias y los cooperantes. A algunos rehenes se los obliga a leer un papel. A otros ya los forzaron a rodar algún vídeo. Los terroristas pretenden explotar hasta el final el potencial propagandístico de unas liberaciones que les permiten cantar victoria.

Hamás ha comprendido, pues, el poder de los discursos performativos en la era digital: ha vencido quien sale celebrando el triunfo sobre estos hombres, mujeres y ancianos desarmados a quienes sacaron de sus casas los terroristas. Resulta victorioso quien puede grabarse en vídeos virales disparando al aire para festejar que mataron a familias enteras, a matrimonios, a parejas jóvenes, a bebés y niños. Alcanza el triunfo quien, a pesar de emplear a su propio pueblo como escudo humano, puede jactarse enmascarado y con el AK-47 en la mano de haber matado un perro o de haber incendiado una casa. En esta Europa confusa y oscura, nadie preguntará sobre quién se ha alcanzado esa victoria -hombres, mujeres, niños y ancianos desarmados- sino que verá el alborozo del alto el fuego.

La otra parte de la celebración es la llegada de los terroristas presos en cárceles israelíes. A Hamás no le basta apropiarse de la alegría de la victoria. Reclama también el monopolio del sufrimiento. Las madres con hiyab abrazan a sus hijos según bajan de los autobuses. Los hermanos y los primos sacan a hombros a los autores del tiroteo, de la puñalada y de la bomba que cumplían condena en Israel después de un juicio con unas garantías que ninguno de los rehenes tuvo. Algunos han pasado temporadas largas en prisión impuestas por su culpabilidad penal. Los rehenes, en cambio, sufrieron su encierro sin culpa alguna. Se celebra su libertad como acción performativa: se soslayan sus crímenes recibiéndolos como héroes, como hijos predilectos, como modelos de conducta. La educación en el odio empieza en niveles profundos como éste. El bebé ya aprende que a los que informaron de objetivos terroristas, a los que colaboraron en un atentado, a los que mataron o hirieron a israelíes, se los recibe con una fiesta.

En Europa ya se vivió esto. Los nazis y sus colaboradores en toda la Europa ocupada ya exaltaron el asesinato de hombres, mujeres y niños desarmados como una acción gloriosa. Recuerdo las palabras de Heinrich Himmler en el primero de los «Discursos de Posen», que pronunció en 1943 en esa ciudad de la Polonia ocupada. Allí decía el Reichsführer-SS que «la mayoría de ustedes sabe qué significa ver 100 cuerpos uno junto al otro, o 500 o 1 000. Haber soportado esto y al mismo tiempo haber seguido siendo decentes -con excepciones debido a nuestra debilidad humana- nos ha hecho fuertes. Esto es una página de gloria en nuestra historia que no se ha escrito ni se escribirá [...]».

Ochenta años después de la victoria sobre los nazis, Hamás no sólo escribe sino que graba, difunde y exalta la matanza de judíos mientras reclama para sí, además, la condición de víctima.