Sílex. Madrid, 2024. 162 páginas. 19 €.
Por Alfredo Crespo Alcázar
En Identidades solapadas. La conciencia de un intelectual periférico, Miquel Escudero nos presenta un ensayo que combina a partes iguales política y filosofía, cuya lectura supone una vacuna frente a la intransigencia sectaria. El autor realiza un recorrido histórico magistral en el que reivindica valores como la convivencia y la tolerancia, tan poco atractivos en la actualidad, lo cual contradice que “la Declaración Universal de los Derechos Humanos no tiene fecha de caducidad (…) Es un compromiso por la dignidad y el valor de cada persona, por la igualdad de derechos de hombres y mujeres, e importa su continuo cumplimiento” (p. 139).
En este sentido, trazando una continuidad entre pasado y presente, nos brinda ejemplos de sobra conocidos que le sirven para certificar sus afirmaciones: “La ocupación militar de la península de Crimea y, muy en particular, la invasión de Ucrania iniciada en 2022 son serios retrocesos para el porvenir de una sociedad civilizada. La fuerza bruta que no duda en matar y mutilar no atiende a razones, ni responde a la condición humana y personal” (p.35). No obstante, en ningún caso la intransigencia debe limitarse, geográficamente hablando, a ciertos escenarios y a ciertos personajes, por muy tentadora que resulte esta alternativa.
En efecto, el nacionalismo como herramienta al servicio de la persecución y exclusión de determinados colectivos, permea como eje transversal por la obra que tenemos entre manos. Un buen ejemplo es Alemania en la época de Hitler. Miquel Escudero nos acerca la actuación de algunos individuos que desafiaron al nazismo, como Sebastian Haffner y Fiedrich Reck-Malleczewn; el primero tuvo que exiliarse, mientras que el segundo murió en un campo de concentración. En íntima relación con este argumento, cabe apuntar que en nombre del nacionalismo se han producido numerosos magnicidios a lo largo de la Historia, algunos de los cuales aparecen detallados en este ensayo, por ejemplo, los asesinatos de Ghandi, Abraham Lincoln o Martin Luther King.
En consecuencia, pensar que la exclusión pertenece al pasado supone un error. Así, países con aspiraciones de liderazgo global, como es el caso de India, a través del partido en el gobierno, el BJP, “considera extranjeros a cristianos y musulmanes”, defendiendo una identidad nacional hindú. Se trata de un modus operandi que va contra el mensaje que nos quiere hacer llegar Miquel Escudero: la clave de la convivencia radica en el respeto y la consideración a la condición personal de cualquier ser humano. A la hora de transmitirnos esta idea, destaca la capacidad mostrada para relacionar diferentes filósofos y pensadores pertenecientes a épocas distintas, si bien cabe puntualizar que la figura de Julián Marías guía de forma sobresaliente muchas de las reflexiones del autor.
Con todo ello, de una forma más particular, el autor nos recuerda los excesos derivados de la intransigencia en sociedades poco sospechosas, en principio, de ir contra las libertades de minorías étnicas o religiosas, como Estados Unidos. En este sentido, Rosa Parks o Elisabeth Jennings desafiaron las convenciones que justificaban diferencias arbitrarias en derechos individuales. Sin embargo, la tibieza legislativa frente al Ku Klux Klan o la actuación de las tropas norteamericanas durante la guerra de Vietnam deberían servir como base para una necesaria autocrítica por parte de la “República moral”.
En definitiva, una obra que nos advierte acerca de los riesgos que implican los extremismos y los fanatismos como obstáculos para el avance de las sociedades. Frente a ello, Miquel Escudero insiste en la importancia tanto del solapamiento de identidades como de contemplar al hombre ciudadano y no súbdito. Sin embargo, esta reivindicación topa con la realidad presente en la que se multiplican las persecuciones no solo de tipo político sino también por razón de sexo y de género.