Cuando dos etarras se colaron en la casa de ABC y dieron pasos en el salón donde se iba a celebrar la cena de los Cavia; cuando mis escoltas descubrieron una tapa de alcantarilla removida para instalar un explosivo por donde pasaba todos los días mi coche, comprendí que Jaime Mayor Oreja tenía razón y que la amenaza de la banda terrorista permanecía. Frente a algunos dirigentes del Partido Popular que se movían en el voluntarismo y creían en una tregua etarra, ordené que se robusteciera la vigilancia y tal vez eso me salvó la vida.
No he visto la película, pero si tiene la calidad artística que se ha subrayado, me parece un acierto que los jurados, superando lo políticamente correcto del sanchismo, hayan concedido el Goya a La infiltrada. Pedro Sánchez necesita los seis escaños de Bildu para permanecer en el poder. Se comprende su posición ambigua, pero es una indignidad que se trate de blanquear a ETA y que se olviden los crímenes cometidos a lo largo de demasiadas décadas. Los siete años que presidí la agencia Efe y los quince que dirigí el ABC verdadero, y también durante un tiempo posterior, varios escoltas admirables se esforzaron por mantener mi seguridad. La banda terrorista no fue una anécdota. Asesinó a cerca de un millar de españolas y españoles, hirió a varios miles y deterioró la vida de incontables personas. Olvidar todo esto, por intereses partidistas, constituye un inconmensurable error. Es necesario recordarlo y decirlo.
Por eso hay que celebrar el éxito de una película que narra la singular aventura y el extraordinario valor de una agente de policía, Carmen Tejada, que se infiltró en la banda, convivió con los terroristas, se jugó la vida y evitó con sus informes numerosas desgracias. Por mucho que se trate de ocultar esta realidad, un sector amplio de la opinión pública está ahí para proclamarla, para sentir enorme satisfacción por el Goya con que se ha galardonado el arte cinematográfico y el valor policial.