Opinión

Y sin embargo: Trump en perspectiva histórica entre Spielberg y Bradbury

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 12 de febrero de 2025

A pesar de la voluntad y las buenas intenciones de alejarse un poco del tiempo dominante del fenómeno Trump, de todos modos el nuevo presidente de Estados Unidos sigue dominando la conversación y la actualidad por el inicio ciclónico de su segundo período de gobierno del 20 de enero de 2025 al 20 de enero de 2030.

Aquí se escribió alguna vez que Trump representaba un desafío a las ciencias sociales, pero habría que comenzar por rehacer la metodología analítica de un personaje bueno, malo o peor que en otras circunstancias no pasaría de ser un dictador tropical, pero que se hizo cargo de las riendas de la primera potencia mundial del planeta.

Estados Unidos fue construido por personajes de trabajo personal y político, no por grandes hombres ni por filósofos. Los padres fundadores llegaron todos ellos a fijar la creación de un país que desde el principio --por su origen puritano inglés-- se asumió con el Destino Manifiesto de haber recibido la orden del Todopoderoso Dios de gobernar al mundo. Y puede agregarse la maldición Tocqueville en La democracia en América: Estados Unidos y Rusia gobernarán el mundo.

El ciclo imperial internacional de EE UU corrió de los 14 puntos de Wilson en 1918 para capitalizar la Primera Guerra Mundial hasta el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1989-1991. La victoria coyuntural estadounidense no ha reconocido que la configuración imperial de la Unión Soviética no daba para un escenario de tiempo histórico largo, pero Washington no pudo entender la lógica de la crisis de la URSS y creyó la conclusión de Fukuyama de que la historia --en términos de la dinámica ideológica del marxismo-- había terminado con la derrota del socialismo y la consecuencia de victoria --en automático-- del capitalismo.

Estados Unidos no entendió la crisis de ese tiempo. El colapso soviético a finales de 1989 con el desmoronamiento del Muro de Berlín tuvo un escenario secundario del que tampoco se percataron de su importancia: el discurso del Consenso de Washington a finales de 1989 que anunció el fin de los capitalismos nacionales y comenzó el ciclo de la globalización productiva y comercial.

Las presidencias de Ronald Reagan y George Bush Sr. habían sido ideológicas y con un escenario histórico coyuntural: reventar el poderío militar de Moscú y por lo tanto explotar el llamado campo soviético de países aliados. El ciclo de la globalización comercial comenzó con Bush Sr. en 1990 y el punto de partida está perfectamente determinado por hechos históricos: México, EE UU y Canadá iniciaron las negociaciones para construir un mercado comercial entre los tres países, con el objetivo de competir con la reactivación de la Comunidad Económica Europea rumbo a la Unión Europea.

Los gobiernos de William Clinton a Joseph Biden (1993-2025) dejaron correr las dinámicas coyunturales de la economía, descansaron en la ausencia de un adversario ideológico como la URSS y en los hechos desdeñaron la dinámica del terrorismo musulmán radical que era más religioso que ideológico o económico. Estados Unidos perdió el dominio de la economía productiva y se convirtió en un país importador de productos cotidianos con precios más bajos en el mercado.

Con las dificultades propias de un empresario antiestado, con una cultura baja que se revela en un discurso de plazuela y sin un proyecto concreto de reconstrucción imperial, Donald Trump recogió las penurias cotidianas de los estadounidenses, las quejas sociales por pérdida de bienestar y --como todo imperio-- se fabricó sus adversarios a la medida de las pasiones de una sociedad que ha carecido siempre de origen histórico-cultural-racial, en medio de una crisis económica cíclica que comenzó con la pandemia y se extendió con decisiones de Biden para evitar un colapso de pobreza con dinero sacado de las maquinitas de la FED, a costa de una inflación desarticulada.

El discurso de Trump que se reduce a proponer la recuperación de la grandeza de Estados Unidos define el de la Segunda Guerra hasta 1989 y su propuesta se centra en la reconstrucción de Estados Unidos como país-potencia. Su propuesta de reconcentrar en territorio americano a la planta productiva dispersada por la globalización pudiera tardar mínimo 20 años porque buena parte de la industria intermedia se fue a otros países, hoy sobre todo China y Vietnam.

En este sentido, la propuesta de Trump es muy sencilla: regresar al imperio que dominó al mundo y que se desarticuló con la globalización productiva. Si se rasca un poquito en los discursos de Trump se pueden encontrar evidencias de que el nuevo presidente de Estados Unidos considera que no hay ningún país ni ninguna alianza de países que pudiera competir todavía con el poderío económico y militar de EE UU, porque tardarán mucho tiempo en sustituir al dólar como moneda y --con excepción de Rusia-- ningún otro país tendría conciencia para utilizar bombas nucleares en la imposición de su dominio.

El modelo de Trump pudiera parecer un regreso al futuro en modo de Steven Spielberg: un poderoso auto retrotrae a sus protagonistas de 1985 a 1955, solo para probar que los futuros son progresivos y no regresivos, quizá también en el modelo del pasado-futuro de Bradbury. La dialéctica McFly-Brown y la mariposa de los viajes del presente al pasado y de ahí al presente convierten las reconstrucciones o recuperaciones históricas en ciencia ficción.

El proyecto de Trump descansa en él y en su aliado Elon Musk, pero todo su demás gabinete es de burócratas conservadores republicanos, pero nadie de su primer círculo pudiera ofrecer indicios de consolidación y extensión del modelo de recuperación presidencial de la grandeza americana. Detrás de la parafernalia antimigratoria y de aplastamiento brutal de cárteles del narcotráfico no parece existir en el discurso programático de Trump para eso de la grandeza, a pesar de que cuenta con estructura ideológica y de propuesta del más importante y sólido neoconservadurismo: la Fundación Heritage y el Proyecto 25.

Así que, con algo de esfuerzo, puede considerarse que detrás de Trump hay todo un aparato ideológico, institucional y social que busca, en efecto, el regreso de la grandeza americana de los años sesenta, por al presidente le va a seguir faltando la madurez institucional y la serenidad del poder para ir al 1955 spielbergiano en salto cuántico de setenta años al 2025, con la circunstancia agravante --esencia de la ciencia ficción-- Bradbury y la mariposa aplastada.