Opinión

El divismo digital

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 17 de febrero de 2025

La importancia que ha alcanzado el divismo digital es verdaderamente exagerada. Hay que recordar los días en que no había Internet para darse cuenta de la prosopopeya memorable con la que ocurrían las cosas. Es donde más apresto tenía la vida, en lo analógico, y más nos blindaba de las inclemencias ajenas, porque no sabíamos más que de la vida del vecino y la mayoría de las veces ni eso. Cuando estamos al margen de lo digital, que es la realidad verdadera y parece que ahora es incluso el reverso de lo virtual y no a la inversa, recapacitamos sobre la vida y hasta tomamos la medida de nuestra historia reciente mientras participamos en ella. Porque el espasmódico clic nos vuelve zombis alegres y volvemos a desembocar hacia la planicie neuronal, porque a las redes es fácil bajar, pero es difícil subir.

Se les mira a los divos digitales más que a los artistas y que a los científicos, y en los actos del cibermundo virtual, los jefazos de las grandes corporaciones quieren más divos y divas digitales que hablen de su negocio, porque le dan seguridad a la empresa gracias a sus poderosas cifras de seguidores, los “followers”. Las grandes empresas prueban sus productos con estos grandes protagonistas, cada vez más atiesados por el “éxito”.

Hay una competencia de divos en nuestra vida y el gran triunfo es ser los más seguidos y admirados. Todo se puede con un gran divo digital: subir a los grandes salones, bajar a los garitos de la noche, ir a un estreno un día de grandes estrellas o reírse de las circunstancias más críticas con la que está cayendo. Nuestros padres tuvieron buenos referentes y, además, con trayectoria y vidas de lujo detrás, de Gala a Cela, pasando por Alfredo Kraus o Maria Callas. Un artista podía aspirar a la admiración del público y, en cambio, un payaso extemporáneo podía salir trasquilado de su exhibición ridícula. El verdadero divismo consistía en que se sostuviese su éxito a lo largo del tiempo y en medio del cambio sociopolítico, siempre con una sonrisa dispuesta y un discurso interesante. Quizá abandonar la mediocracia y volver a esos verdaderos divos de la música, el teatro, la literatura y el cine nos permita cambiar el falso oropel del “influencer” y vivir de nuevo otra época de la auténtica socialité. Por variar un poco.