Opinión

Mi casa es mi castillo

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Martes 18 de febrero de 2025

Yo quiero creer que esta exclamación es tan antigua, en España, como la que, seguramente, era propia de los nobles de la Edad Media, de aquella España erizada de castillos que, en un alarde de orgullo o de soberbia, exclamarían: “Mi castillo es mi casa”.

Hasta tiempos muy recientes no era concebible, en España, un proyecto de familia sin un hogar en propiedad. El alquiler de viviendas, a diferencia de los países europeos, era mínimo y casi siempre para situaciones temporales.

España guarda memoria de haber vivido situaciones de extrema pobreza y existe o existía, la tradición, de que la vivienda, en propiedad, es más importante que el alimento. Un mendrugo de pan, pero “en casa de uno”.

En la posguerra uno de los negocios más boyantes y que fue el origen de muchas fortunas y carreras de emprendedores, fue “el ladrillo”. Todo el que soñaba un proyecto de familia, se embarcaba en la aventura de comprar un piso “sobre plano” y a la vista del solar del que iban emergiendo los cimientos. Y que la pareja, futura propietaria, iba a visitar los domingos, al salir de misa. Era el gran sueño.

Los compradores se embarcaban en una hipoteca o en “cómodos plazos” que, a muchos, no les permitía más que el lujazo del cine del domingo. Y cuando se veían libres de la condena hipotecaria, con el piso amueblado, “que era la envidia de sus parientes y amigos” y con los hijos “con carrera” o “bien colocados”, entraban en el paraíso en la tierra. La vida en horizontal o cuesta abajo.

Tiempos difíciles en los que todo el mundo se afanaba en buscar la prosperidad o la estabilidad o la seguridad.

Pues bien, amigos. Os voy a contar una situación chocante, que ninguna de las personas cuyas vivencias acabo de contar hubiera podido, nunca, soñar estar viviendo o imaginar que la pudiera vivir, algún conocido suyo.

Una pareja de jubilados empieza su jornada. Él sale a resolver algún asuntillo o a pasear con los amigos y ella a hacer la compra. Cuando vuelve la señora a casa, para preparar la comida, no puede abrir la puerta. El cerrojo interior está activado.

Piensa que su marido, por alguna razón, ha vuelto ya. Pero no imagina por qué puso el cerrojo. Llama al timbre de la puerta y no tiene respuesta. Repite la operación varias veces, con el mismo resultado. Llama a la vecina de al lado que no tiene explicación.

Se alarma pensando que su marido haya podido tener algún percance. Esta alarma desaparece cuando el marido llega a casa, pero una nueva se hace presente cuando el marido repite la operación con el mismo resultado.

Llaman al 091, llegan los agentes, repiten las operaciones y ocurre lo mismo. Entonces, ellos ya saben lo que ocurre. Hay un intruso dentro. Insisten en las llamadas y a voces hacen saber, al intruso, que son la autoridad.

Este no les contesta o comunica a la autoridad o propietarios que no va a salir, porque él está necesitado de vivienda y no tiene trabajo, ni dinero para comprar o alquilar una.

Los agentes recalcan al propietario que, de ninguna manera, debe forzar la puerta. ni emplear violencia o algo parecido, pues les acarrearía un gran problema judicial.

Y entonces… Deben exhibir el título de propiedad, para comenzar un procedimiento legal, que pudiera durar hasta dos años y que obligue al okupa a desalojar el piso,

“El mundo al revés” dirían todos los afectados, sin poder imaginar que, ese mundo al revés, lo han creado sus hijos o los hijos de sus hijos. Quizá, algún día, el hecho okupa se recuerde como un “hasta aquí llegaron las aguas” de esta degenerada democracia representativa que estamos viviendo.