Opinión

Cómo frenar el atracón político

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 24 de febrero de 2025

El atracón, dicen los médicos, es un tipo de trastorno que surge en respuesta a la ansiedad y aboca al desgaste emocional. El trastorno por atracón (TPA) es un tipo de alteración de la conducta reconocido desde 2013 por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría y que podría afectar a entre un 2% y un 3% de la población española, pero diríamos que esta cifra se queda corta. En las enfermedades psiquiátricas la verdad es que varía poco el mundo, y nos acordamos de un cierto andar de paso lento y sosegado de las cosas de la política aunque se tratase del periodo transicional: imagínense ustedes si ahora, en pleno cambalache esquizoide de sus señorías, tuviesen que sentarse a negociar la democracia y el futuro del país, con toda aquella liturgia de sentido común y de generosidad que tuvieron que desplegar antagonistas ideológicos tras cuatro décadas de dictadura. Hoy, en plena era de las telecomunicaciones, los amigos online y el Whatsapp, sería inviable. Porque entonces creíamos en el político que dice la verdad o, por lo menos, lo que piensa, como un ser benevolente que disimulaba su poder, pero que convocado a tiempo en las Cortes podía arreglar el desaguisado social de la España nuestra.

Ahora el político es como una epilepsia de sí mismo, se mueve mucho por los platós de televisión para responder a las acusaciones de la prensa, pero hace bien poco. Los hemos visto con la dana mortal y nos darán muchas más “alegrías”, qué duda cabe, a los paganini, los ciudadanos, que somos quienes les solucionamos la vida a final de mes. No valen ni para poner en marcha una mínima respuesta y posterior auxilio ante una inundación que, en sus manos, se convierte en una catástrofe climática con la consiguiente hecatombe de vidas humanas. Tenemos empacho o atracón del político español y necesitamos urgentemente una psicoterapia e incluso un tratamiento farmacológico, con seguimiento médico. Porque uno, cuando se va a dormir al final de un día atareado, se mete en la cama con Ábalos, Koldo, Aldama y todos sus secuaces, incluso con Donald Trump y hasta con Elon Musk, y eso no puede ser. De manera que creemos que la mitad de los casos de alteraciones emocionales, depresiones crónicas y no angustias sobrevenidas que vive la población española responden sin duda a este trastorno por atracón. Recomendamos un pensamiento sobre el político que sea restrictivo, con ayunos intermitentes y cierto tipo de dietas literarias, artísticas y musicales como factor clave para salir del bucle. El político hispánico se ha convertido para la vecindad en un ser inútil y valetudinario, y logra con su cacareo vacuo que al ser pensante que es el españolito se le quiebre la salud, que desaparece indefectiblemente al cabo del telediario.

Así que en este panorama, a diferencia de la bulimia nerviosa que hemos visto en algunos jovencitos fascinados por la arena política, en este tipo de trastorno no hay conductas compensatorias. Más bien, el perfil de estos pacientes –que somos casi todos– víctimas del hartazgo político está asociado a cuadros de descontrol en cuanto a su consumo. Y uno termina con una sensación de culpabilidad, malestar y miedo al coco, que suele tener el aspecto de tal o cual dirigente de pesadilla de cualquier partido. La ansiedad por escucharlos o ver sus declaraciones en la sobremesa o por la noche es una clara respuesta a nivel cerebral. Habría que desprenderse de esta vieja costumbre de escuchar al candidato o al secretario, al portavoz de turno, que cumple admirablemente la tarea de engañar al personal con la propaganda política. Y cuando soñamos con un nuevo diluvio universal, pensamos que será selectivo y que solo se los llevará a ellos, a los políticos, en vez de a la pobre gente de Valencia, anegada sin auxilio ninguno, salvo el del prójimo. Solo así, gracias a la Naturaleza, podríamos salir a la calle o leer un buen libro sin escuchar las falacias de la casta parasitaria, que es mucha y tan resistente como las cucarachas. Ante esa vuelta que pueden dar las inclemencias del cambio climático, a través de las riadas y los chubascos, yo propondría un tifón controlado y manipulado con la más moderna tecnología con epicentro en el Hemiciclo, que se fuese moviendo a control remoto por una junta de vecinos, los más ancianos del lugar, con cinco o seis objetivos claros en el que abundasen los políticos. Porque al final, todo en esta vida es cuestión de voluntad, y por cuanto su juego es desmesurarnos y sacarnos de quicio, el nuestro bien podría ser librarnos del empacho siguiendo un método científico y burlón.