Juan Velarde Fuertes | Jueves 27 de noviembre de 2008
¿Por qué no fue capaz España de aprovechar la Revolución Industrial, como hicieron sus antiguos rivales, Francia y Gran Bretaña, o como lo lograron los alemanes o los estadounidenses? Entre las causas esenciales esto se debe a que apostó en favor de energías caras casi sistemáticamente. En la nueva etapa de la Revolución Industrial, la basada en el carbón, se decidió que nuestra hulla debería ser la asturiana, más cara que la británica. Sus consecuencias se expusieron ya en 1935 por Perpiña Grau en su “Memorandum sobre la política del carbón”. Se apostó a fondo, desde comienzos del siglo XX por una energía nueva, la hidroeléctrica, pero el clima español, al generar lluvias torrenciales y poco regulares, motivó que nuestros embalses tenían que ser enormes para recoger, cuando llegasen cantidades importantes de agua. Resultado: una inversión grande que encarecía automáticamente a esta energía alternativa al carbón. Un estudio de Castañeda y Redonet sobre el asunto de las tarifas y las restricciones de electricidad, lo puso bien de manifiesto. Simultáneamente surgió la energía derivada de los hidrocarburos. A causa del pasado geológico no existe significativamente en España. Incluso cuando apareció en un territorio de dominio nacional, caso de Guinea Ecuatorial, tras la descolonización y, de modo inexplicable, por lo menos en lo que yo sé, y a pesar de que tras la ejecución de Macias se firmó un documento que concedía prioridad a España para explotar estos yacimientos, el caso es que han pasado a manos de compañías norteamericanas y francesas. Sobre nuestro territorio cayó pronto una situación oligopolística, y por ello encarecedora, basada en la Standard norteamericana, la Shell angloholandesa y la Nafta rusa a través de Petróleos de Porto Pi, del financiero March. Para atajarla, desde 1926 se puso en marcha un monopolio estatal, administrado por la CAMPSA. Poco duró el abaratamiento porque durante la II Guerra Mundial, atenazada España por el bloqueo que experimentó en este sentido por parte de los aliados, decidió emprender una política de tipo autárquico, con la Empresa Nacional Calvo Sotelo. Todo cambió en los años cincuenta al apostar francamente a favor del siempre barato petróleo de importación. Todo un plan muy valioso de refinerías, de implicación de empresas extranjeras y españolas pareció haber dado, al fin, una solución. Se vino abajo, hasta ahora, tras el choque petrolífero de 1973 y los acontecimientos siguientes. Un reciente libro de Juan Rosell nos informa sobre el encarecimiento del gas natural, una alternativa que más de una vez se intentó para abaratar la energía que consume España. En el fondo, también se ha cartelizado este producto.
Tras el choque petrolífero se pensó que la única solución era la energía nuclear. Dos ministros, Santos Blanco y Álvarez Miranda lograron la colaboración de las empresas privadas y de la investigación de importantes físicos. El resultado fue un importante auge nuclear, especialmente barato que se truncó con el desmantelamiento de Lemóniz, en primer lugar y con el parón nuclear decidido por el Gobierno González. Como alternativa se han incentivado las llamadas energías renovables, que sólo pueden tener algún peso con importantes subvenciones del Sector Público, esto es, con un enmascaramiento de su carestía que, a efectos del conjunto de la economía no deja de suponer una carga.
Todo ello se complica porque las amortizaciones y otros costes se transmiten mal a las tarifas eléctricas, y ello con dificultades para la financiación de nuevos equipos. El bloqueo de las tarifas se ha debido siempre a un enmascaramiento de la realidad que provoca, automática y desgraciadamente, caídas en la inversión y posibilidades de escasez de la energía o de mala calidad de la misma. Y he ahí que Kindleberger señaló en este sentido que una base obligada de todo desarrollo económico es una energía abundante, barata y de buena calidad, tres cosas que han faltado, demasiado sistemáticamente, antes y ahora en nuestra economía.
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