Opinión

Argelia al filo de unos quiebros cabalísticos

Víctor Morales Lezcano | Jueves 27 de noviembre de 2008
El inmenso país argelino viene registrando acontecimientos de calibre considerable desde hace cincuenta años. O sea, desde 1958.

Por poco que buceemos en las aguas de su pasado próximo, hace acto de aparición ante nosotros, sin mayor esfuerzo, la inapelable Memoria histórica del Magreb -actualmente tan invocada-.

Fue en el verano de 1958 cuando de Gaulle quiso pactar con el FLN, proponiendo a su cúpula organizativa “la paz de los bravos”. Es decir, la paz entre el General y los musulmanes de Argelia sublevados en noviembre de 1954 contra la república francesa. Las hostilidades habían llegado demasiado lejos después de la batalla de Argel como para que se prestara oídos a la propuesta del General.

Por supuesto, de Gaulle vino a saber unos meses más tarde que se acababa de proclamar desde Túnez un Gobierno Provisional de la República de Argelia (GPRA). Una nueva legitimidad en ejercicio de rebeldía se enfrentaba a la metrópoli.

El desenlace de aquella guerra colonial, en 1962, es harto conocido. Por ello no se abunda aquí en sus términos.

El hombre fuerte de Argelia, coronel Bumedián, se había decidido a construir desde 1965 un Estado fuerte, de tónica militar, a impulsar la industria-industrializante, y a planificar una acción exterior ambiciosa “desde el Sur” que liderara Argelia. Fue precisamente en 1968 cuando su gobierno decretó la nacionalización de las sociedades argelinas de hidrocarburos, con la firma Sonatrach como buque-insignia de aquella operación desafiante donde la hubiese entonces.

Pero no olvidemos que los clásicos siempre tienen razón: en consecuencia con ello, diez años más tarde (octubre 1978), Bumedián pasó a mejor vida imprevisiblemente. Y no tardó en sucederle en la primera magistratura política de Argelia un veterano de la guerra de liberación, un auténtico ancien combattant.

Se llamaba Chadli Benjedid, y su mandato coincidió precisamente con la mayor eclosión de descontento popular sucedida en Argelia desde la terminación de la guerra de liberación.

El pretexto -recuérdese- fue económico. Las raíces del descontento, empero, se hundían en el fracaso relativo de la política industrial-industrializante iniciada en los años 60. A partir de aquella fecha (¡siempre el año ocho de cada decenio desde hace medio siglo!) no sólo emergieron grupos de islamistas radicales en el panorama de la sociedad argelina -con el FIS haciendo de tajamar- sino que se abrieron otros decenios de sangre, sudor y lágrimas para la milenaria península (Djazirat) de tránsito entre Túnez y Marruecos.

Pasemos de puntillas por el patético paréntesis de ¿discordia, guerra? civil que tuvo lugar entre 1988-98. A su cabo, la presunta paz por decreto -y por las bayonetas- que consagró la elección del general Liamine Zerual a la presidencia de Argelia, no impidió que el pulso entre el aparato del FLN -cum el sólido respaldo de la retaguardia militar- y los movimientos sociales de raigambre islamista, abriera un horizonte esperanzador en Argelia con la dimisión de Zerual en 1998 y la nominación presidencial de Buteflika, presunto amicabilis compositor (mediador diplomático) entre las partes encontradas durante más de un par de generaciones.

Buteflika llegó aureolado con más de un 70% de apoyo en las urnas. Vino a ofrecer a los suyos, otra, diferente, “paz de los bravos”; blandiendo, no la espada, sino la banderola de la amnistía.

Afortunadamente, este primer año ocho del siglo XXI, no ha traído para el país vecino y sus gentes ningún acontecimiento estremecedor, aunque continúa produciéndose la violencia de intensidad media y al goteo. Eso, al menos, nos cuentan los periódicos en ráfagas cada vez más aisladas.

Mas allá de este recorrido por la Memoria histórica de la Argelia contemporánea al filo de un quiebro cabalístico, parece objetivado que se trata de un gran país, no muy sabiamente dirigido, que constituye para España un referente fronterizo, mercantil, -y sobre todo, energético- al que nos une un pasado de confluencia civilizacional con entidad propia e imborrable.

Ahí es nada el conato de inventario que se acaba de relacionar. No será, por tanto, por falta de legitimación, que no abunden los puentes tendidos entre los dos países. Convendría, en consecuencia, ir pensando en configurar una Liga o Asociación Hispano-Argelina, capaz de potenciar los lazos que habrían de unir más intensamente a dos pueblos del Mediterráneo tan conspicuos como son Argelia y España.

Soy del criterio, empero, de que de llevarse a efecto la sugerencia asociativa a que he apuntado, habría que procurar que, como en casos parecidos, la voluntad de los forjadores viniera servida por apoyos constantes, y no esporádicos. Y, por último, por una visión clara de lo que se pretende asociar y cómo abocarlo para que se convierta en un logro.

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