Jueves 27 de noviembre de 2008
Las víctimas mortales de los atentados de Bombay superan ya la centena. Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid, era testigo de excepción, al hallarse de viaje oficial en India y verse sorprendida en su propio hotel por uno de los tiroteos. Las fuerzas de seguridad indias han llevado a cabo operaciones para liberar a los rehenes cautivos en los hoteles Taj Mahal y Oberoi, aunque aún quedan algunos terroristas atrincherados en éste último. El primer ministro indio, Manmohan Singh, declaraba que los ataques probablemente fueron orquestados por un grupo con sede en un “país vecino”, en clara alusión a Pakistán. Lo cierto es que dichos ataques ya han sido reivindicados por Deccan Muyahidín, una organización terrorista que reclama la “liberación de todos los muyahidines detenidos” y denunciaba la “la opresión que sufren los musulmanes” en el subcontinente asiático.
El trasfondo de todo ello es la disputa fronteriza por Cachemira, una región que se disputan indios y pakistaníes desde que ambos países alcanzaron su independencia. De hecho, ha habido ya tres guerras por este motivo, y en la actualidad la zona está fuertemente militarizada. Por otro lado, la trayectoria de unos y otros puede arrojar algo de luz sobre un conflicto cuya motivación es perfectamente extrapolable. India es un país tolerante. La religión mayoritaria, el hinduismo, practicada por un 87 por ciento de la población, no es excluyente ni beligerante con otros credos. Pero una minoría musulmana, convenientemente agitada por su vecino pakistaní, lleva décadas envenenando la convivencia en un país tradicionalmente pacífico. Y que, a día de hoy, es una de las economías más emergentes del planeta, lo que suscita más de un recelo.
Ahora resta por saber la autoría real de los atentados, así como la procedencia de sus atacantes. Quienes, por cierto, han actuado en nombre del Islam. Quizá este último dato debería hacer reflexionar a la comunidad musulmana sobre el daño que le causan acciones de este tipo. Y repudiar, de una vez por todas, la violencia como vínculo inexorable de su fe. Es inadmisible que en pleno siglo XXI siga habiendo muertes en nombre de una determinada confesión -por más que en este caso confluyan otra serie de consideraciones-. Más que Alianza de Civilizaciones, lo que urge es una alianza entre civilizados, con independencia de su credo, raza o procedencia. Merecemos vivir en paz y en libertad.
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