Opinión

Días con CJD

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 02 de marzo de 2025

Siento una profunda gratitud por los autores que parecen ser descubiertos a toro pasado pero en realidad nos vienen en el momento adecuado. Su lectura es bálsamo y abrasión. Nuestra incredulidad es total por repetirnos cómo no ha podido ser antes. Nos completan desde su maestría o interrumpida perfección, y esto último es lo que desafortunadamente sucedió con la vida y la obra de Carmen Jodra Davó, con la prematura muerte que impidió futuras muestras de su talento, pero quedándose uno con los tres títulos poéticos en su haber, es menester no detenerse en la alabanza doliente de su figura ida y celebrar que lo que dejó pervive, que su nombre como hecho literario sigue proveyendo a quienes lo descubren de saberes e inspiraciones. Así lleva sucediéndome desde que me topase con la noticia de su muerte en el verano de 2019, y la mala suerte se trocó rápidamente en fortuna de hallazgo. Quién fue, y sobre todo, qué escribió.

Después de ser galardonada con el premio Hiperión en 1999 por el muy bello Las moras agraces, de un canto desengañado que ennoblecía la lástima de los años juveniles junto a las referencias neoclásicas, vendrían dos libros más, reeditados todos en La Bella Varsovia. Como es sabido que febrero es uno de los peores meses del año, por esa mezcla de cortedad y asfixia por la misma repartida en sus veintiocho o veintinueve días, según disponga, conviene buscar lecturas que colmen esa sensación de nadería para causar un efecto contrario en nuestro ánimo. Un menos por menos es más, digamos.

Rincones sucios es un ejemplo digno de ese carácter asustado que amedrenta eso tan escurridizo que es el alma humana pero a su vez evita que caigamos en determinaciones graves, o peor aún, académicas. Lo dice en el primer poema, “Darse cuenta”: ‘Es tan fácil hablar sobre uno mismo:/ uno es el héroe de su propia historia,/ se convierte en gran héroe con tan solo/ unas pocas palabras escogidas./ Uno llega a creerse más que Aquiles,/ pero afuera en el mundo no hay palabras’. La poeta las busca de todos modos, con su aquel rebelde y dispuesta al agradecimiento por la belleza que nos reserva el mundo, inconstante y manirrota. Rincones sucios es un libro que quiere reírse y desapartarse de las pautas del anterior, pero esa jactancia se debilita pronto y deja un poso triste, desencantado pero tirando al pasotismo. ‘Al fondo de su voz hay un jadeo./ Dolorosa fatiga la de enfrentar la sombra/ que es parte de nosotros [...]/ Que se venga conmigo./ Fundaremos un club de desequilibradas/ y seremos felices’, asume con naturalidad. A su manera se divierte, pero estos poemas saben que nada se salvará, que la sed no es prueba de la existencia del agua. Los sueños, por tanto, se arriman a las consideraciones terrenales. La finura de sus versos se reparte entre lo quejoso y la tristeza que se deja acariciar por ‘el viento ruso’ que lleva hasta las creaciones de su siguiente e inédito hasta que finalmente sus allegados dieron el visto bueno a publicarlo.

Su cubierta rojiza, entre el granate del adobe reluciente al sol y la sangre bullente por lo primaveral, hace reconocible a El libro doce en cualquier estante. La poeta quiso regresar a la Antología palatina para regodearse en los temas poéticos predilectos: la belleza consoladora y dañina, el paso del tiempo. La impudicia del anterior se torna en una escritura más equilibrada, más atenta a lo embriagador de los cuerpos de los que desean ser amantes, no tanto amados, pero una separación imposibilita que se cumpla ese llamado febril, y sin embargo favorece notablemente el hálito lírico. Siguiendo ese viento ruso, lo que escribe en “Belleza de los hijos del invierno”: ‘No me asombra saber que Mihail,/ como Gabriel, nació en lo más amargo del invierno,/ al filo del solsticio, cuando los días no entibian/ y las noches son largas y mortales./ Por eso la piel pálida y el talle erguido y fino de los pueblos del norte./ Pero después tienen los ojos verdes/ como todas las promesas de la tierra’. Ese misterioso Gabriel, diana de las adulaciones y maravillas que Jodra Davó le dirige por consumar de alguna manera lo que despierta su esplendor radiante, es una inmejorable representación de la poesía: algo etéreo a lo que nos aferramos porque pensamos que va a ser inquebrantable, y en esa fe está la mentira, más o menos piadosa, que desarrolla la emoción y su calidad poética.

Es un libro póstumo. Es uno incompleto, en cierta medida. Tal y como nos ha sido entregado es como debe tomarse. Dice al final que hay que dar el tiempo por sentido, a veces con angustia, a veces con indiferencia. La poeta entendió a la perfección que los dones recibidos tuvieron su cumplimiento en nosotros. Traen de nuevo esos vientos consigo. Como los versos de estos libros, estremecen.