Cultura

El limo, de Rosa Jiménez

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Viernes 07 de marzo de 2025

Determinados episodios vitales suponen una herida viva que nunca cicatriza. La conciencia vuelve de vez en cuando al recuerdo de lo sucedido, cada vez menos nítido por el paso del tiempo y, por ello, más difícil de comprender. Esa imposible comprensión es lo que impide sanar aquella parcela de nosotros que nos duele, por lo que el pensamiento únicamente se vuelve flagelo en una especie de actitud masoquista.

Sin embargo, todo dolor incurable se convierte en fuente de inspiración creativa. Una poderosa temática que guía a quien escribe y envuelve a quien lee. Este es el caso de El limo, impactante novela de Rosa Jiménez que publica Tusquets en su colección Andanzas. La autora, con un estilo propio y único por poderoso, narra una historia áspera acontecida en el pasado de un pueblo —no importa cuál, aunque se expongan detalles del mismo que hagan más visuales las escenas— y puesta en escena por unos personajes afilados, aunque vulnerables en su interior. Será precisamente ese talón de Aquiles de cada una de sus personalidades el que les obligue a volver a esa época que no pueden dejar atrás, que les marcó en contra de su voluntad.

Sus protagonistas serán, principalmente, Vera y Olivia. Aunque les une la consanguinidad de ser primas, poseen dos identidades aparentemente opuestas. Tal vez esa debilidad interna sea la que las una, algo que las concilia con su humanidad. Ambas vivirán un verano inolvidable —y no precisamente en el aspecto positivo esperable— en aquel lugar que les trenza a sus raíces y que, a diferencia de lo que parece, será todo menos hospitalario por su paisaje y paisanaje. Unos nutren a otros —vecinos, amigos, conocidos—, generando en cualquier faceta descrita de su idiosincrasia una clara hostilidad. Esa actitud desconfiada seguramente suponga una coraza para no desvelar una naturaleza insegura por acomplejada o frustrada. Un arma para sobrevivir ante lo demás y los demás en un ambiente amenazante. Ya lo dice el refrán mejicano: “Pueblo chico, infierno grande”. Todo se sabe, todo se acrecienta y solo una gota es necesaria para hacer rebosar el estanque.

Aunque Vera parece el personaje más fuerte, Olivia también hará uso de su fuerza en el episodio que dé inicio a la historia. Es ésta la protagonista más interesante, dada su psique enigmática y compleja. El título del libro precisamente provendrá de un sueño repetido y doloroso. “Desde que tiene esa pesadilla la vergüenza es para ella unos ojos verdes que le derraman limo sobre el cuerpo”. Ese cieno o légamo estará presente en los cursos de agua que también describen aquel lugar agreste. Sin duda, ese agua en constante movimiento acabará convirtiéndose en un personaje más del relato.

No menos importantes serán los personajes secundarios de la trama: el Padre —progenitor de Vera y origen de su personalidad dura y sensible al mismo tiempo—, la madre —presente y ausente a la vez—, Aitor —personaje que concilia a Vera con su lado más humano—, Gusi —personificador del amor ideal y fácilmente desilusionante de juventud— o Erica —lo que ahora se denominaría, en un lenguaje tan artificioso como impostado, como “amiga tóxica”—, así como otros conocidos por su apodo o mote: Urraca, Tarado, Avioneta o Cojo. Algo que refiere al modo de relacionarse de estos lugares ajenos a lo “civilizado” de las ciudades, mezcla de confianza y desprecio. Un elemento bien castizo que nos hermana con personajes literarios míticos concebidos por escritores referenciales de nuestra tradición: de niños como Daniel “el Mochuelo” de El camino de Delibes, pasando por “el Muecas” de Tiempo de silencio de Martín-Santos o “el Rojo” de La taberna fantástica de Sastre. Ello, unido a un lenguaje verista —podría decirse, como de El Jarama de Ferlosio, que la autora colocó un magnetófono a sus personajes para captar fielmente los diálogos— que no renuncia a un estilo inmaculado —lo “feo” puede ser perfectamente “bello” utilizando una narrativa adecuada—, por concienzudamente estudiado y pulido.

En definitiva, acercarse a El limo supone asumir cierta exigencia por parte de la narradora hacia el sujeto lector, pues en dicha complejidad reside la calidad escritural. Quien acepte el reto deberá también comprender su temática acerada y poco amable, pero real como la vida misma de quienes han podido inspirarla —bien de una forma más o menos literal o literaria, o bien siendo referencias más o menos mínimas que, unidas, conformen seres de ficción—. Todo un regalo que demuestra que la literatura continúa siendo necesaria, porque remueve conciencias desde un listón de absoluta calidad.