Cuando Francisco sucedió al dulce Benedicto XVI mi primera impresión al verle y oírle fue muy negativa; me parecía un gruñón desabrido, carente de las maneras suaves y casi angelicales del erudito Papa dimisionario. Pero pasados los años, y vistas quiénes eran las organizaciones nefarias y criminales, pero muy católicas, que lo calumniaban acerbamente y que anhelaban defenestrarlo en vida, bajo el tejado tolerante de la Iglesia, y percibidos los malvados individuales ensotanados que lo demonizaban abiertamente y con furor, rezando al demonio para que se muriese – esas cosas sólo se pueden pedir al demonio -, comencé a entender y hasta a justificar su mal humor de viejo cascarrabias honrado; hasta tal punto, que me he hecho un poco un humilde escudero suyo, un fámulo anónimo al que no conoce su amo argentino, en este país nuestro tan hinchado en su retrato moral de buenos cristianos que el Papa considera que es mejor no visitar, dado que a las naciones de cristianos perfectos nada se les puede enseñar.
La última encíclica del Santo Padre Francisco, Dilexit nos, constituye toda una verdadera metafísica del corazón, y también toda una antropología del mismo concepto. Asimismo, es remate de sus encíclicas anteriores en las que se desarrolla el amor a Dios, luego a la Creación en general, y, finalmente, el amor al hombre en particular. Todo un hilo argumental perfectamente elaborado que termina en el Sagrado Corazón de Jesús. Recuerda el Papa que ya en la Ilíada el corazón no sólo es la sede del sentir – sentido que se ha ido imponiendo -, sino también del pensar bien o del buen juicio. Así en el Canto XXI, v. 441, vemos que se utiliza el corazón, “kradíê” – jónico ático kardía – como buen juicio, “¡Ah, tonto, y qué poco seso que tienes!”. En otros fragmentos el corazón es sobre todo sede de la prudencia: “En quien corazón prudente destaca y bravo denuedo” ( X, v. 244 ). Es interesante este verso en cuanto el corazón hace hendíadis con el vocablo thymós, que tendría que ver con la fuerza vital otorgada como un soplo. En la ética del gran Demócrito la palabra thymós tiene con frecuencia un significado muy cercano al de kardía, hecho que coincide con Proverbios, 4, 23: “Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida”. En la Virgen María el corazón es el depósito de los recuerdos propios de una madre: “Maria autem conservabat/sunetêrei omnia verba conferens/symbállousa in corde suo”. Las madres juntan todos los recuerdos de sus hijos desde distintos ángulos y tiempos en el corazón. Cuando el corazón gobierna nuestra vida la “euthymía” democritea o bienestar está asegurado: “Necesitamos que todas las acciones se pongan bajo el “dominio político” del corazón”. El corazón, que no la cabeza, debería gobernarnos. Diríase que el Papa Francisco se pronuncia por una “cardiocracia”, no en un sentido de romanticismo sensiblero, sino como una emoción que nos impele a hacer siempre el bien a nuestros hermanos de manera directa, útil y tangible: “Ver llorar a las abuelas sin que se nos vuelva intolerable es signo de un mundo sin corazón”. Nos hacen mucha falta la poesía y el amor, que nacen del corazón, y a los que los algoritmos de la IA jamás podrán llegar, y para expresar que algo es sincero, que brota realmente del centro de la persona, se afirma: “te lo digo de corazón”.
La Iglesia ha dejado la imagen del Corazón de Jesús para representar “carnalmente” el amor humano y divino de Jesucristo y el núcleo más íntimo de su persona. Su Sagrado Corazón debe orientarnos a contemplar a Cristo en toda su hermosura y riqueza de su humanidad y de su divinidad. La mirada dirigida al Corazón del Señor debe contemplar una realidad física, su carne humana, que hace posible que Cristo tenga emociones y sentimientos radicalmente humanos, igual que nosotros, aunque plenamente transformados por su amor divino. Este Papa no para de subrayar el hecho de que el Corazón de Jesús es de carne, y llega a citar a nuestro gran teólogo abulense, Olegario González de Cardenal, para ponderar esta idea: contra el jansenismo y el misticismo superferolítico la sabia religiosidad popular ha mantenido siempre viva la idea de la materialidad corporal de Jesús: su Corazón, sus Llagas, su Sangre, su Costado abierto. Y Benedicto XVI refuerza esta realidad: “Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la física condición humana, por ello tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno”. Nuestra caduca y mortal carne se eleva y “celestializa” en el Corazón sangrante de Jesús. Ahora bien, su corazón de carne, humanísimo, no es una meta, sino una puerta abierta por la herida de la lanzada que nos lleva al Padre, nuestro destino definitivo: “Hêmîn heîs Theòs Patêr” ( 1 Co8.6 ). León XIII sostenía que en este Sagrado Corazón de Jesús debemos poner todas nuestras esperanzas.
La encíclica hace un precioso repaso por las respuestas que dieron muchos grandes santos a la devoción del Sagrado Corazón; comenzando por San Agustín sigue con San Ambrosio, San Bernardo, San Buenaventura, Santa Gertrudis de Helfta, Santa Matilde, San Francisco de Sales – el primero que habló de la santificación de la vida ordinaria -, Santa Margarita María Alacoque, San Claudio de La Colombière, San Carlos de Foucauld y Santa Teresa del Niño Jesús. Para esta santa el Corazón de Jesús elimina por el fuego de su amor todo pecado por monstruoso que fuese: “Aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que de toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida”. Con esta frase el Papa Francisco tapa la boca a las mentes eticistas que pretenden llevar el control y la supervisión burocrática de la misericordia y la gracia.
Ahora bien, nos es obligado ahondar en la dimensión comunitaria, social y misionera de toda auténtica devoción al Corazón de Cristo. Porque el mismo tiempo que el Corazón de Cristo nos lleva al Padre, nos envía a los hermanos. Nos es imposible dirigirnos a uno sin dirigirnos a los otros. En los frutos de servicio, fraternidad y misión que el Corazón de Cristo produce a través de nosotros se cumple la voluntad del Padre. De este modo se cierra el círculo: “In hoc clarificatus est/edoxásthê Pater meus, ut fructum plurimum afferatis, et efficiamini mei discipuli”.
Benedictus sit semper papa Franciscus, pauperibus et suburbiis amicus, Christi vicarius, squaloris sacricolae mundator. Refice, Virgo Mater, salutem eius perituram. Eum semper recordabimur.