Opinión

Las guerras que alimentan la Guerra

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 08 de marzo de 2025
Las tres primeras líneas del Prólogo primero del Quijote rezan: “quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza”. También hubiera podido quejarse de lo mismo Aristóteles, dada la frecuencia con que contravenimos las más elementales reglas del razonamiento, que parecen lastradas por algún tipo de disnoesis o quebranto mental que impide articular lógicamente el discurso. Nuestro modo de expresarnos, tortuoso y magullado, responde a nuestro modo de entender. Es una obra de romanos abrirse paso hacia él.

Parece, pues, que hablando no se entiende la gente. Basta con prestar alguna atención a los debates del Parlamento, o a cualquiera de las arengas con que los líderes vociferantes de los partidos dirigen a sus feligreses, los cuales, como pollos descabezados, asumen las soflamas corriendo masivamente hacia no saben dónde, pero lo antes posible. Son admiradores de una fiesta a la que nunca estarán invitados, a no ser como comparsas. No es la palabra con sentido, el lógos, sino los drones incendiarios, la moneda de circulación corriente entre sus señorías sin señorío. De la inclusión de la blasfemia y de todo lo soez en las películas, por ejemplo, para qué hablar. Decía Francisco Umbral que el lenguaje grosero y zafio sólo podía usarlo quien al mismo tiempo gozase de un léxico y de una cultura superiores. Pero quiá, “no hay cosa que pueda estar tan indecentemente hacinada, tan insulsamente concebida, tan desmayadamente redactada o tan inútilmente dicha que no encuentre su asiento en las librerías”.

Me gustaría saber si los gobernantes que han cursado (o comprado) carreritas en universidades patitos corrompiendo tribunales han leído algo que no se venda en los aeropuertos, pues no lo parece, y sin embargo sus pláticas están barnizadas de oratoria tipo Fray Gerundio de Campazas, alias Zote, para enardecer a los ya persuadidos, la mayor parte de los cuales muestra un entusiasmo que no sería tan intenso si los paniaguados laborales y sus ingresos no dependieran tanto de la benevolencia selectiva de sus líderes. El papel del gobierno es administrar el capitalismo de los capitalistas para los capitalistas, aunque estos lo niegan vehementemente estos últimos considerándose incluso salvaguardas y ángeles custodios de los demás.

Hablando a gritos y con crescendos fáciles al sarcasmo y denostación del adversario, cada vez más entendido como el enemigo, lo que hace la gente es embriagarse de su propio sectarismo, y de los aplausos cautivos de sus subalternos, sin que en esas tenidas verbales se distinga una sola idea, sin que en el ruido de la artillería retórica de chabacanería deplorable y de vulgaridad abismal haya escape porque vienen hacia nosotros como el bosque de Hamlet: por el temblor de nuestros pulgares lo sabemos.

Decía Azaña que, si las personas hablaran solo de las cosas que saben y cuando tienen algo sustantivo que decir, por España se extendería un gran silencio muy beneficioso para trabajar. Hablando, en vez de entenderse, lo que hace muchas veces la gente es envenenarse, o injuriar a personas que no son culpables de nada, o difundir embustes que luego ya no se pueden corregir. Un picadero de indignidad: “el que sabe calla; el que habla no sabe”, dice un epigrama del Tao Te Ching. Hablando no se entiende la gente porque muchas veces el que habla está escuchándose a sí mismo, y el que tendría que escuchar aguarda con impaciencia el momento en que el interlocutor haga una pausa de tomar aire para quitarle la palabra.

Como dice uno de los escritores que más me gustan, un peligro de hablar en público es que nos acostumbramos a ser escuchados sin interrupción y con un respeto en el que hay una parte inevitable de distancia jerárquica entre quien habla y el público, distancia a la vez física y mental que no llegan a reducir las preguntas de un coloquio. No hay comunicación verdadera que no sea igualitaria. Y la atención de un auditorio favorable puede fácilmente halagar la vanidad y relajar la propia exigencia, la conciencia crítica de uno mismo. Los golpes ingeniosos y los chistes en voz alta premiados con risas excesivas acaban corrompiendo la inteligencia. El zumbido de un charlista sabelotodo en la radio o de un intoxicador profesional nos acompañan. Nos adornamos con la bisutería de palabras casi siempre mal usadas: cool. spoiler, running, bullying, huimosel ghosting, lawfare, binge-watching, streaming, networking, feed back para nuestros inputs. Una barbería pierde toda su arcaica connotación española si se llama barbershop, y en un gimnasio ya no huele a grosero sudor masculino si en la puerta dice wellness center. Una semana de la moda cobra una instantánea relevancia si se la bautiza como Fashion Week. Una escuela de negocios prepara mejor a los futuros halcones del poder y del dinero si se llama Business School. Con nuestro inglés chatarra andamos al rebufo de las ventosidades de Trump.

Seguramente, como es frecuente, algunos me tildarán de pesimista y cansalmas por este artículo. Yo lo escribo desde el sufrimiento de los pobres, que tienen la desvergüenza de no aplaudir los latigazos que reciben. Pero nunca votaré a ese conocido político mexicano según el cual “la moral es un árbol que da moras y que sirve para la chingada”. Si no cambiamos toda esta bola de mugre del escarabajo pelotero (¡scarabeus sacer, atención al adjetivo), ¿de qué sirve quejarse de las guerras y afirmar con la mejor voluntad que estamos en su contra? Claro que estamos contra la guerra, pero de la que enciende la Guerra sin disparar las alarmas.

A pesar de su antimodalismo, Arrio afirmaba que Dios no fue siempre padre, sino que hubo un tiempo en que estaba solo. El Padre es invisible para el Hijo. El Hijo no sólo no conoce con exactitud al Padre, sino que además tampoco conoce su propio ser (ousía). Permanecen para siempre siendo absolutamente distintos entre sí, tanto en sustancia como en gloria”. Según Arrio, Jesucristo es Dios generado por el Padre, pero se vale de este concepto para distanciarlo del Padre en vez de acercarlo a él. Este solipsismo teológico concibe a Dios en soledad eterna, en gran medida por influencia del neoplatonismo, frente al cual reacciona el Concilio de Nicea. Yo, que no soy arriano, siento la distancia infinita, para empezar, entre los seres humanos.

El número de maestros es en este siglo mayor que nunca La suma de e-learning y de cauchinología es el pedagoginés, y su figura clave el facilitador: nada de dificultad, nada de profundidad. La elevación produce vértigo, así que play (juego), clay (manualidades), way, quien mueve las piernas mueve el corazón. Hay que ponerlo facilito por un plato de lentejas, no vaya a herniársenos el cliente. Es lo que hoy se llama desarrollo personal y liderazgo. La escuela de la simulación, esta socratitis, mataría a Sócrates. Mucho socratismo de prestidigitación, pero a Sócrates le echarían del colegio por asegurar que quien añade ciencia añade también cansancio, y que el entendimiento alumbra como las velas, derramando lágrimas.