Los libros no iban a ser menos en esa cadena de impresiones. Este año va trayéndome el interés por los títulos del poeta Adam Zagajewski, y ya era hora de que uno les prestase la atención debida, pues cumplen esa expectativa poética que los libra de todo tecnicismo. Los de Zagajewski son poemas imprevistos y libres de plan, naciendo del pensamiento y las inseguridades. Reivindican el fervor. La visión de su autor no precisa de arbitrariedades semánticas ni distorsiones similares. Habla directamente aunque recurra para ello a hechos banales, tiñéndolos con su afable cordialidad. Otros, sin embargo, exponen su maestría con la exactitud de sus palabras; para los que estamos en esa brecha, un factor siempre complicado y envidiable, queriendo que nos sucediera más a menudo con esa misma facilidad.
De entre los muchos de su libro Asimetría que valdrían para ejemplificar lo anterior, resaltaré “Un poema floreciente”: ‘Cada poema, incluso el más breve,/ puede transformarse en un largo poema floreciente,/ y dar la sensación de que podría incluso estallar/ porque por doquier se esconden unas reservas/ inconmensurables de crueldad y maravillas y esperan/ pacientes nuestras miradas que puedan liberarlas/ y extenderlas como se extienden las cintas de carreteras en verano,/ sólo que no sabemos qué prevalece, ni si nuestro ingenio/ puede irle a la zaga a esta realidad tan rica;/ por eso cada poema tiene que hablar/ de la totalidad del mundo; por desgracia, no estamos/ lo suficientemente atentos, nuestros labios son/ estrechos y filtran las imágenes/ como el avaro de Molière’.
Zagajewski se vale de la poesía para la preservación de la memoria. Sus versos son el ámbar que aprisiona lo implacable que caracteriza la remembranza de la relación materna —todos los dedicados a su figura tienen esa tensión latente—, el recuento de las calles y los vecinos anónimos o cercanos que las habitaron, otra constante en su lírica respecto a su vida marcada por la posguerra, por la inmigración. Desde cualquier parte del mundo, se pregunta por lo intrincado y lo justo que resulta lo que experimentamos, aunque la cuestión signifique dejar más puertas abiertas. ‘Una cosa sí sabía: tampoco hace falta justificar/ la noche, ni el dolor, en ningún lugar’.
De este modo, al mes de marzo, con su soberbio carácter, podremos sentirlo como el paso de un siglo de soledad y nieve, pero ya sabremos nosotros inclinarnos hacia el lado más confiado que equilibre esa simetría desigual y que las preocupaciones se extiendan bajo nuestra mirada sin perder su chamusquina, ardiendo mudas pero ya rebajadas de importancia.